Liberarse de sí mismo

Germán Mazuelo nos habla de esas ataduras que limitan el crecimiento del alma: nuestros gustos, caprichos…

Este artículo fue escrito para el diario La Patria

“Liberarse de sí mismo”, un artículo de Germán Mazuelo-Leytón

Es fundamental la afirmación de Jesús: «El que quiera seguirme niéguese a sí mismo».

Jesús ha rechazado como venida de Satanás, toda forma de religión que sea signo de poder sobre los hombres. Todo régimen opresor aliena al hombre, pero cuando nos adherimos a las diversas formas de poder, por ejemplo el dinero, no nos damos cuenta de que estamos bajo su dominio, a tal punto nos identificamos con ese poder, que llegamos a tener la ilusión de que somos más, en la medida que más tenemos. Se trata de una trampa sutil, porque el enemigo está dentro de nosotros y se hace pasar por nosotros mismos, es que toda tentación externa tiene su aliado en algo que está dentro del hombre: el egoísmo, ese egoísmo que nos aprisiona y nos traiciona. 

«Nuestro tiempo no es el de los ateos, pero sí el de los idólatras. En efecto, el hombre que vive como si Dios no existiera, al no poder vivir sin religión, acude a dioses suplementarios a los que no deja de ofrecer el incienso de su secreta adoración. Cuando el hombre no adora a Dios, lo reemplaza por ídolos. Hay, pues, que empezar por liberar al hombre de cualquier idolatría… Hay dos formas de idolatría: la primera cuando el nombre mismo y/o la imagen del Señor son manipulados o pervertidos: la segunda, cuando el Señor mismo es reemplazado por otros dioses, o falsos dioses. De ahí que desembarazarse de toda idolatría, es la liberación más importante. Liberar al hombre del círculo diabólico del egoísmo para abrirlo a la adoración a Dios» (Cf.: Adoración, G Fenili / Stefano de Fiores).

Pedro y los demás apóstoles corrieron el riesgo de traicionar a Dios por egoísmo.

Judas traicionó a Jesús por ese mismo egoísmo no superado por él. Por tanto, es inútil pensar en la «liberación del hombre» si no comenzamos por la liberación interior, y es en el interior de cada hombre donde uno ha de librar la primera y decisiva batalla.

Desde esta perspectiva, negarse a sí mismo, significa que quien quiere la liberación que trate Jesús debe comenzar liberándose en su propio interior de cuantas fuerzas internas lo tienen aprisionado. Liberarse de la mentira, del orgullo y de la vanidad, del afán de lucro y de la autosuficiencia. No nos queda otra alternativa, o el hombre se niega a sí mismo en cuanto hombre opresor, y entonces podrá llenarse de la libertad de Cristo, o bien optará por un vivir para el mismo, rechazando la fe de Cristo.

«Si eres consciente de tener un apego, algo o alguien que te hace mal, una circunstancia pecaminosa o algo que te impide crecer espiritualmente, es necesario desprenderte interiormente de ello, pidiendo a Dios nuestro Señor lo contrario. El que es esclavo de apegos o afectos desordenados -dice el P. Ignacio Bojorge, S.J.- no siente lo que debe sentir, no piensa lo que debería ni cómo debería pensar, no juzga rectamente, no hace lo que debe hacer, no va a donde debe ir ni está donde debe estar. Es evidente que en esta situación no puede ni debe tomar decisiones ni entrar en elecciones, porque en ese ofuscamiento del juicio y la razón proliferan incontroladamente los actos injustos».

San Gregorio hace notar que cuando el fuego de la concupiscencia se apodera de alguno, ya no puede ver el sol de la inteligencia. Es la doctrina de San Agustín sobre la «mens mundata» (mente limpia).

Las palabras de Jesús constituyen un enigma que se entrelaza con el misterio de la vida.

El hombre afirma su personalidad en la capacidad de darse a los demás, renunciando a ese sí mismo, que intenta oprimirlo y oprimir a los demás.

Esta es la cruz del cristiano, la que él mismo elige como forma de vida, él debe buscarla y asumirla si se la imponen es un esclavo cristiano, esclavo al fin, si no la toma es esclavo de sí mismo, y si la toma morirá en ella, morirá con la cruz, y morirá como hombre libre, por eso vivirá, esa es la paradoja.

La advertencia procedente de Jesús es significativa: «Si alguno desea seguirme», porque Jesús no lleva a fuerza de amenazas, sino por la sola fuerza del amor, ahí reside el secreto del cristianismo, en comprender la belleza de su vocación, en la entrega a los demás, el primer paso es el más difícil, puesto que supone la superación del vergonzoso egoísmo que dirige la existencia de la mayoría de los seres humanos.

El egoísta busca dos cosas: primeramente hacer su propia voluntad: «¿De dónde las guerras, de dónde los pleitos entre vosotros? ¿No es de eso, de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? Deseáis y no tenéis; matáis y codiciáis, y sin embargo no podéis alcanzar; peleáis y hacéis guerra. Es que no tenéis porque no, pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de saciar vuestras pasiones» (Santiago 4, 1-3).

En efecto, el egoísta quiere lo que él quiere, incluso cuando sirve a Dios, puede tener la intención de servir a Dios, pero a su manera, no a la manera de Dios. Ora para que se cumpla su voluntad, no los deseos del Señor.

En segundo lugar el egoísta persigue la adulación, el halago, y la aprobación de los demás.

Si es criticado, está presto a defenderse a sí mismo. Si hace bien, está ansioso por publicarlo, su principal preocupación estriba en lo que piensan de él los demás.

Dos signos indican si somos egoístas o no: el primero ¿Dios ocupa el primer lugar de nuestros pensamientos? En segundo lugar ¿Damos rienda suelta a nuestros gustos y caprichos, dejando que se desaboquen sin freno?, o, ¿los disciplinamos y los sometemos practicando la mortificación?

La idolatría, el culto a los falsos dioses, así como las otras idolatrías que se llaman dinero, placer, mando, alcohol, droga y que hoy se multiplican, preparan los castigos de Dios.

Germán Mazuelo-Leytón

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