La Voz del Escritor

La expresión de la realidad a través de un estilo sencillo y bello, las claves de un buen escritor.

“La Voz del Escritor”, un artículo de Gilmar Siqueira

El estilo es la voz misma del escritor. En el principio de su oficio aquél que desea convertirse en escritor imita a sus maestros para poder darle una forma a su propia visión de las cosas, para poder contar una historia que es, claro está, suya, pero que para contarla por primera vez tiene que recurrir a formas anteriores; y entonces imita a los maestros que le son más cercanos, aquellos cuyo estilo ha sentido que de alguna manera reverberan en su alma.

Y ese estilo ajeno, que primero es imitado, va fundiéndose en el alma y en la pluma del que desea también poder contar una historia: como el escritor es, antes que nada, un lector, asimila los escritos ajenos como todos los lectores, pero, además de eso, asimila también el estilo de los que toma por sus maestros. Y así ocurre porque el escritor sabe que necesita encontrar su propio estilo y que ese estilo vendrá con el tiempo y con el esfuerzo, con su madurez: la busca por el estilo es la busca por la propia voz, es decir, la manera en que el escritor puede narrar, con la máxima veracidad ante el tribunal de su conciencia, las experiencias que él tiene gran necesidad de comunicar.

El escritor es un testigo de la realidad

contará entonces, en una historia posible, sentimientos y experiencias que serán comunes a él y a sus lectores. Y las contará porque el papel del testigo es contar lo que ha visto. Pero si el escritor miente – o bien por falta de pericia en su oficio, o bien por querer imponer a fuerza una idea – tanto el lector como él mismo (aunque lo niegue) percibirán la mentira. Si leemos una novela histórica, por ejemplo, quizás no sepamos si los acontecimientos narrados realmente han tenido lugar o si el autor nos quiere traer su visión de dichos acontecimientos; sin embargo, lo que sí podemos saber es si las reacciones y sentimientos de los personajes son humanamente posibles o si el autor se las inventa a servicio de algo.

Otro detalle muy interesante es que generalmente los maestros tienden a la sencillez.

Hay que tener cuidado con esta palabra: con ella no quiero decir facilidad (por lo menos no más que aparente), sino más bien tanto la falta de adornos excesivos en la narración como la máxima cercanía entre lo que se ha narrado y la imagen que los lectores formamos en nuestros pensamientos a partir de la lectura. Pondré un ejemplo de la pluma de José María de Pereda. A seguir transcribiré parte de un párrafo de la novela La Puchera donde el maestro pone delante de nuestros ojos al personaje Cruz amamantando a su hijita Inés:

               ¡Se regalaba tanto la hermosa niña saboreándole codiciosa, mientras clavaba en los de su madre sus ojos negros y risotones! ¡Hacía unas monadas con aquella boquita, sonriendo y chupando al mismo tiempo! ¡Y cuántas veces la pobre madre, que se extasiaba contemplándola así, regó la carita de ángel con sus lágrimas! ¡Y cómo lo reía la inocente, recibiendo, como tibio rocío que la consolaba, aquellas gotas de hiel destiladas por un corazón que no latía ya sino para ella!

Estas líneas son hermosas de por sí y, aunque el lector no haya leído la novela de Pereda, habrá notado la belleza de la escena, la candidez de la niña, el sufrimiento de la madre y la intensidad de las frases (todas ellas exclamaciones doloridas). Porque nos suele ocurrir muy a menudo que, en medio de grandes sufrimientos, alguna pequeña cosa enternezca nuestro corazón a punto de hacer con que nos salten las lágrimas, a punto de hacernos creer que todavía ni todo está perdido. Pero una cosa es que yo lo diga ahora, abstracta y flojamente; y muy otra es lo que hizo Pereda con una imagen tan hermosa que a todos nos emociona.

Y ahí está la sencillez de Pereda: las palabras parecen exactamente hechas a la medida de la imagen que nos quiso mostrar, todo parece tan bien acabado y sin adornos que, si por alguna locura nos atreviéramos a cambiar alguna de las palabras o bien a quitarlas, todo el conjunto fenecería. Y esta sencillez, que nos parece tan cercana, también invita la imitación. Pero es donde nos deparamos con un problema. Dejemos que nos lo cuente Don Benito Pérez Galdós, contemporáneo y amigo de Pereda:

Es que las obras más perfectas son las que más incitan, por su aparente facilidad, a la imitación.

Luego viene, como diploma más alto de su mérito, la inutilidad del esfuerzo de los que quieren igualarlas, y tratándose de aquélla [Blasones y talegas] y otras obras de Pereda, hay que darles a boca llena, y sin género alguno de salvedad, el dictado de desesperantes. Son de privilegio exclusivo, y… ¡ay del infeliz que ponga la mano en ellas! No le quedarán ganas de volverlo a hacer.

Tengo que confesar al lector que estas palabras de Pérez Galdós han motivado este artículo (aunque, claro está, el pobre de Pérez Galdós ninguna responsabilidad tiene por las barbaridades que escribo): porque también yo, “por su aparente facilidad”, tuve ganas de imitar a Pereda y también me sentí desesperado. Lo bueno de todo esto es que, una vez quitada la falsa capa de la facilidad, he podido apreciar algo mejor la sencillez del estilo de Pereda. Pondré aquí otro ejemplo, éste sacado de la novela El Sabor de la Tierruca, cuando el personaje Pablo se acerca a los becerros de que cuidaba:

Pues ¿y los becerrillos? Horas se pasaba con ellos rascándoles el testuz y dándoles palmaditas en la cara. ¡Y cómo se arrimaban a él, y le miraban con sus ojazos bonachones, y se iban adormeciendo poco a poco con el cosquilleo y presentando la cerviz para que también se la rascara; y después las orejas, y luego es pescuezo, y vuelta al testuz y a la cara! Y cuando se cansaba Pablo, la mimosa bestezuela le golpeaba suavemente con la cabeza, le lamía las manos y tornaba a presentarle la cerviz. Lo cierto es que, fuera del corderillo, no hay otro animal de faz más atractiva ni que más se haga querer.

También esta descripción es perfecta. Lo sé yo como testigo porque crecí en el campo y tuve el mismo contacto que Pablo con los becerros: entonces he podido evocar la imagen enseñada por Pereda en mis propias reminiscencias. Y, ¡cosa curiosa!, nunca antes había pensado en describir cómo se ponen los becerros cuando reciben caricias. Tanto mejor que no lo haya hecho, porque me siento muy contento en haber podido encontrar una descripción tan hermosa en la sencillez del maestro José María de Pereda.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental