Motivos de la Pasión de Cristo

De la mano de Germán Mazuelo-Leyton nos adentramos de lleno en la Muerte del Señor, se nos presenta una oportunidad de encontrar el sentido cristiano en el padecimiento. Un artículo publicado inicialmente en el diario: La Patria

“Motivos de la Pasión de Cristo”, Germán Mazuelo-Leytón

La Semana Santa en la que se realizan los dos acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad, comienza con un efímero recibimiento glorioso de Jesús en la ciudad de Jerusalén, cánticos y palmas, entusiasmo y olvido, mientras las fuerzas enemigas de Cristo tratan de eliminarle inmediatamente.

Para comprender la Pasión y Muerte de Jesús y su sucesiva Resurrección, hay que colocarse entre cuatro interrogantes que han constituido la base de la profunda meditación de todos los tiempos y son: ¿Quién padece? ¿Qué padece? ¿Cómo padece? ¿Por quién padece?

1. ¿Quién padece?

No es un hombre cualquiera, es el Dios que creó el Cielo y la Tierra, con todas las maravillas que en ellas detectamos. Es Dios justo, recto, noble, leal a todos, no como los dos que están clavados junto a Él en el Calvario. Que son malhechores, uno de ellos manifestará a su compinche: «Nosotros lo tenemos todo merecido y pagamos nuestros crímenes, pero Él no ha hecho nada malo».

Es el Taumaturgo que resucitó a muertos, curó a miles de enfermos de toda clase, detuvo la tempestad y los vientos, es el Dios que ha de juzgar a todos con su suprema y única autoridad, es el Rey del más allá, que se asienta en su trono de felicidad perpetua, dominando a todos los ángeles. Si es Dios y es tan poderoso, ¿cómo es posible que se encuentre clavado, inutilizado, asesinado de ese modo tan humillante?

Está en la cruz porque lo desea, es el precio que debe dar por nuestra salvación. Como indicó a Pedro: «Si Yo quisiera, no crees que el Padre de los cielos, me enviaría una legión de sus ángeles para defenderme?» Pero Él está en la cruz siendo Dios, porque quiere ser esclavo de amor de toda la humanidad.

2. ¿Qué es lo que sufre?

Tormentos físicos, hambre y sed, flagelación terrible, hasta quedar descubiertos los huesos de su espalda, coronación de espinas que penetraron como agujas de acero hasta el fondo de su cerebro. Bofetones, patadas, golpes de todo género transporte de una pesadísima cruz hasta la cumbre del Calvario, penetración de gruesos clavos, colocados a fuerza de martillo que rasgaron sus venas convirtiéndolas en fuentes de sangre, suspensión de todo el peso de su cuerpo, de los dos clavos de sus manos, tremenda sed que le hizo gritar en busca de consuelo, torturas emanadas por todas sus llagas, sus heridas purulentas y sus raspaduras.

A los tormentos físicos se añaden los morales: el apresamiento vil, como si se tratase de un criminal indecente, los desprecios de los soldados que jugaban con su dolor como si se tratara de un simple juego de naipes, la temible soledad por el abandono de sus apóstoles, que le dejaron sólo en medio de los lobos de sus adversarios. La solemne y pública condenación, cual si fuera un impostor peligroso. Los juicios ante Herodes, Pilatos, Anás y Caifás, siempre humillado por los testimonios de falsos testigos. La ingratitud del Pueblo Escogido a cuyo favor había predicado en luminosa doctrina, realizando millares de curaciones milagrosas. El odio de las autoridades religiosas, la seguridad de que su tétrica Pasión y Muerte no servirían para la salvación de tanto malvado.

3. ¿Cómo sufre?

Jesús inventa una escuela de dolor. Para Él no existe ninguna casualidad ni simple malicia de los hombres que provocan el sufrimiento. En el fondo de todo dolor asoma la voluntad del Padre que del sacrificio ha de sacar mucho fruto para la salvación de la humanidad. Estas son las tres condiciones del sufrimiento de Jesús:

Primera: sufre voluntariamente. En diversas ocasiones había señalado a sus íntimos que Él sería detenido, condenado, maltratado y martirizado, y que lo haría voluntariamente. Se había ofrecido para la salvación de toda la humanidad pecadora, y el precio de la Redención era nada menos que la serie interminable de los dolores y angustias de su Pasión. Por eso, aunque le aterra la perspectiva de su Pasión, dirá con valentía al Padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya», y la voluntad del Padre es su Pasión.

Segunda: Jesús sufre serenamente. Ni una protesta en medio de las torturas, ni una llamarada de odio hacia los que sí le odian, ni una amenaza contra sus torturadores, lo mismo cuando le acribillan de golpes y salivazos, como cuando le agujerean manos y pies para suspenderle de la cruz. 

Tercera: sufre su Pasión desinteresadamente. Vino a salvar. Morirá por todos, comenzando por sus paisanos los judíos, aun cuando sabe que algunos no lo apreciarán como ya lo comprobó según testimonio de Juan, después de tantas señales milagrosas que Jesús había hecho delante de ellos, los judíos no creyeron en Él.

4. ¿Por quién padece?:

Desde el pecado de Adán la humanidad llega al mundo inficionada con el pecado original. Todos nacimos pecadores. Qué bien lo confiesa el profeta David: «Pecador me concibió mi madre».

Debemos aprender a leer el Evangelio bajo esta clave: Jesús me salva a mí, y para salvarme acepta voluntariamente todas las enormes torturas de la Pasión. Ha pagado la deuda de mis pecados, y puedo ser Hijo de Dios, a condición de que escuche su palabra y la cumpla.

Porque aun cuando Jesús murió por la salvación de todos, el Evangelio contiene la realidad de que algunos, quizá muchos no se salvaron.

Lo verán con claridad en la conducta libre y personal de los dos ladrones clavados en el Calvario. Uno de ellos se arrepiente, admira la paciencia de Jesús, comprende que Cristo muere por él, se avergüenza de sus pecados, confiesa su confianza en Jesús y obtiene la salvación: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

El otro malhechor sólo desea su vida sin arrepentirse de sus maldades y se atreve a inquirir a Jesús: «¿Así que Tú eres el Cristo? Sálvate pues y también a nosotros». Lo pronuncia como una blasfemia, hasta el punto de que su mismo compañero de infortunio, lo reprochó severamente diciéndole: «¿No temes a Dios tú que estás en el mismo suplicio?»

Germán Mazuelo-Leytón

Esperamos que este artículo sobre la Pasión de Cristo les ayude espiritualmente.

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