Etiquetas para acallar

Es un tema álgido en nuestra página, las etiquetas, hoy, de la mano de Miguel Serafín hablamos de las que se ponen para acallar

“Etiquetas para acallar”, un artículo de Miguel Serafín

Recuerdo cuando estudiaba los últimos años en el colegio, tenía un compañero de clase que era de los “grandes”. Los grandes era un grupo de chicos que destacaban por ser de mayor estatura y por tener la capacidad entablar conversación con los profesores de varios temas a nivel de amigos. 

Estoy hablando de la década de los 80 cuando los maestros eran quienes nos enseñaban cuestiones académicas y nuestros padres nos instruían comportamiento y moral desde casa y que debíamos tener completo respeto por los profesores. No quiero decir que el grupo de los grandes los irrespetaran por acercarse a ellos a nivel personal, simplemente quiero decir que no era fácil para el grupo de los introvertidos como yo, entablar conversación fluida con los profesores. Nuestra única opción de llamar la atención de los maestros era obteniendo buenas notas. O al menos era lo que pensábamos. 

El asunto sobre mi compañero el “grande”, es que a mi mejor amigo y a mí, no nos caía bien. No sé por qué. ¿Envidia? Creo que sí, debo reconocer. 

Un día este compañero en una clase, entabló una conversación con un profesor sobre un tema que no tenía nada que ver con la clase, pero todos resultamos involucrados. Es decir, la mayoría escuchaba, pero como siempre, solo los grandes opinaban. 

Al final de la clase le dije a mi mejor amigo algo así como: “este tío es un engreído, es un pelota, se cree muy importante. Mi mejor amigo, el peleonero, el que no tenía miedo nunca de enfrentarse a golpes con nadie incluso sería capaz de darle un puñetazo al “grande”, me dejó frío con su respuesta: “todo lo que dices puede que sea verdad acerca de él, pero si prestaste atención a lo que estaba diciendo, lo que él decía es verdad y tenía razón.”

No sé si aprendí la lección de una vez por todas. Pero desde entonces trato de hablar menos y escuchar más, y no rebatir un argumento basado en los atributos o defectos de las personas. 

Esa técnica se usa mucho en nuestros tiempos. Etiquetar al oponente en una categoría que resulte odiosa a los demás, y tratar de tener la razón desde allí. 

Un ejemplo es el de un amigo americano al que hace unos años le preguntaron, “¿por quién votaste en las pasadas elecciones?, ¿imagino que por Obama?” El respondió, “no, no voté por él.” La respuesta inmediata de su interlocutor fue “ah, eres un racista”. 

Mi amigo explicó que cuando estudió el plan de gobierno para el segundo término de Obama, incluía un plan de salud llamado “Obamacare” que incluía la promoción del aborto pagado por los impuestos de los ciudadanos norteamericanos, también la promoción de la eutanasia para matar a las personas con enfermedades graves llamado muerte digna asistida. También dijo que los cuatro primeros años de mandato había dado claras muestras de persecución a todo lo que tuviera que ver con Cristo, y una muestra es que fue el primer presidente de su país que no juró sobre la Biblia, e implantó muchas reglas anticristianas que no caben ser mencionadas aquí. Mi amigo, por supuesto es católico, y como buen católico estaba en contra del aborto y la eutanasia como lo establece la doctrina recta de la Iglesia Católica; y aunque en otro sentido el plan de salud lo beneficiaba a él, prefería perder los beneficios del plan, por algo tan prioritario como salvar la vida de millones de bebés que iban a ser asesinados con los impuestos de los contribuyentes. De todos modos, la manera de atacar a los que no votaban por Obama era utilizar la etiqueta del “eres un racista”. Punto.

Lo mismo le sucedió cuando llegaron las elecciones y los candidatos eran Trump, y Hillary Clinton. Otra vez, los aspectos que primaron en su decisión fueron desde el punto de vista católico, y no votó por Clinton pues empujaba fuertemente por el aborto y las ideologías de género que están abiertamente en contra de la doctrina recta de la Iglesia Católica. Su voto fue por Trump. Al igual que Trump, que fue defensor de la vida de los bebés, (y lo ha demostrado)fue atacado por sus frases indiscretas, mi amigo fue etiquetado sin más como un “misógino” por no votar por la promotora de muerte de bebés, Clinton.

Hay un conferencista y analista en ese país que no daré su nombre, que por sus ideas conservadoras (que defiende magistralmente), y como no pueden rebatir sus ideas con argumentos válidos, le han llegado a llamar: fascista y nazi. Él se ríe a veces y dice “si supieras de lo que estás hablando no harías el ridículo en llamar a un judío como yo pronazi y fascista cuando mi familia ha padecido las persecuciones nazis de la guerra”. 

Pero lo importante aquí es etiquetar a la persona y de allí tratar de ganar la razón del argumento sin argumentos y así avanzar campañas presidenciales, discusiones y promover ideas que no tienen sentido. Es llamar a alguien, anticuado, asesino, misógino, homofóbico, fariseo, excluyente, etc. porque ninguno de esos adjetivos gusta a nadie, y la gente del común suele asociarse con los que los utilizan.

De tal manera que el lenguaje que se utiliza hoy intenta elaborar una sociedad nueva desacreditando los valores cristianos de una manera escondida y a veces no tan escondida.

El lenguaje de inclusión, de la no ofensa se ha estado tomando nuestra sociedad sin darnos cuenta.

Se trata de deconstruir el lenguaje y darle nuevos significados.

Un sacerdote solía iniciar la Celebración Eucarística: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… HERMANOS, para iniciar estos sagrados misterios…”. Hoy vemos cada vez más que los sacerdotes dicen hermanos y hermanas, niños y niñas. Porque si no lo dice teme ser “excluyente”. Y cualquier cosa que diga será inválida por ser excluyente. O “falto de caridad”. Así que no estamos lejos de tener que escuchar saludos como “hermanos y hermanas, y los que no se sientan en ninguna de esas categorías, para iniciar estos Sagrados Misterios reconozcamos nuestros pecados”, para no ser tildados de homófobos o de excluir géneros . Hay un video en YouTube, en donde un diputado alemán resalta lo absurdo de tratar de ser incluyente con todos los “géneros” que se han inventado. El video es del 2016, y desde entonces se han creado más géneros. El diputado del AFD, rechaza una petición, para hacerlo, antes saluda a 60 “géneros” y resulta interminable pero muy diciente en esevideo.

Hace muchas décadas atrás, se solía decir, “soy” casado. El verbo ser y estar se diferencian en modo general, por la permanencia a largo o corto plazo del estado que se describa. Una persona “es” alta. Su condición se entiende en general que no iba a cambiar. “Estoy” caNsado. Era una condición que se esperaba cambiar pronto. Hoy decimos “estoy” casado, porque subliminalmente nos han metido en la cabeza que esa condición puede cambiar, cuando en principio pensábamos que una vez casados eso no cambiaría a menos que la muerte cambiara esa condición. Vemos cómo esos valores cristianos se han ido minando. Se hace en muchas formas. Nuestros familiares cuando éramos adolescentes nos preguntaban a los chicos si teníamos “novia”. Hoy es común preguntar si tienes “pareja”, para no ofender, porque un chico puede tener novia o novio.

Ser incluyente en el lenguaje, es algo que se utiliza para ir sacando poco a poco los conceptos cristianos que había en la sociedad. “Eres excluyente”, es la etiqueta a utilizar cuando no estás de acuerdo con algo y lo manifiestas por medio del lenguaje. Siempre habrá una etiqueta.

Hay un ataque despiadado contra los valores cristianos con respecto a la familia y la moral alrededor de ella.

El feminismo radical, el homosexualismo y la ideología de género, tratan de tirar abajo con constantes ataques a la familia. “va tanto el cántaro al agua que se rompe”. Esa es la estrategia, insistir, insistir, insistir, hasta que la sociedad por miedo a las etiquetas se deje llevar al rincón donde se quiere llevar.

Un árbitro de futbol, por la naturaleza de su trabajo tiene que tener las opiniones claras, especialmente con respecto a la autoridad y función que desempeña. Imaginemos que alguien le pregunta, ¿un jugador da una patada a un contrario, es una falta? El árbitro, que ha estado viendo los diarios y controversias de alguna situación y quiere quedar bien ante todos, y tal vez por temor a perder popularidad, además cuando él juega también da patadas, y para no ser tildado de fariseo, dice algo como  “bueno, si tiene buenas intenciones y está tratando de mejorar, ¿quién soy yo para juzgar?”

O un padre alcohólico, que ha salido de su vicio, tiene un hijo adolescente que empieza a tomar el mismo camino de su padre, es interpelado por su mujer o por cualquier otra persona y le dice “oye, mira tu hijo que está cayendo en el alcoholismo, trata de hablar con él y aconséjalo sobre los peligros del alcoholismo”. Este padre medita unos minutos y dice, “bueno, sería fariseísmo tratar de corregirlo porque yo mismo soy alcohólico. ¿Quién soy yo para juzgar?”

La respuesta al primer caso es: tú eres el árbitro. Es tu deber decir con claridad las faltas para evitar el juego peligroso y proteger la integridad física de cualquier jugador. Para eso estás ahí.  En el segundo caso, la respuesta es, tú eres el padre, es tu obligación proteger a tu hijo, aunque te llame fariseo por ser tú también alcohólico. Tu obligación de padre está primero que cualquier otra cosa. Para eso estas ahí.

Nuestra obligación de cristianos es justamente evitar que toda la sociedad se corrompa.

Para eso estamos ahí. Callar, es como si dijéramos en el segundo ejemplo, el padre debe proteger el bienestar de su hijo sin ofenderlo y mejor sería invitarlo a que “vayamos de copas los dos.”

Bernard Nathanson, un Dr. judíonorteamericano, precursor proaborto en los años 70, quien según su propio testimonio dijo haber practicado cerca de 75000 abortos, cuando se dio cuenta de su error, se convirtió al catolicismo, se hizo bautizar y fue un gran líder provida y utilizó esos 75000 abortos para decir que tenía autoridad para hablar de algo que era muy malo. Y hoy día los provida lo admiramos por su conversión y le respetamos aún fallecido. Él dijo que sólo la Iglesia Católica era el mayor obstáculo y la que realmente se oponía y dictaba opinión sobre la inmoralidad del aborto, por ello había decidido aprender la doctrina Católica y bautizarse. Otro caso parecido: Abby Johnson, quien trabajó para Planned Parenthood promoviendo el aborto. La película Unplanned acerca de su testimonio de cambio fue lanzada el 28 de este marzo. 

Cuando renunciamos a los valores cristianos, por cualquier motivo, especialmente por temor a que nos llamen excluyentes, discriminadores, intolerantes, fariseos, anarquistas y otros más, estamos dando paso al nuevo orden mundial que quiere acabar con las enseñanzas de Cristo, implantando un comunismo cultural escondido detrás de las libertades y los derechos humanos.

Y la Iglesia ha estado cayendo en esa trampa, y es por eso por lo que las homilías de los curas en muchas partes del mundo carecen de enseñanza moral. Se les exige que hablen del amor, del perdón, de la paz, del cambio climático, de la naturaleza, “confiemos en el Señor” (eso no es malo, pero debemos actuar también) y que den mucha esperanza. Se cuentan historias como “una vez en el supermercado del cielo…y cuando fue a pagar al ángel del cielo… y compró unos litros de paz, y libras de armonía, docenas de cariño y respeto”. Todo suena muy bonito, pero nada basado en la realidad de cómo se llega al cielo. Son conocidas como “historias de guerra”, que endulzan el oído del oyente para captar la atención y que digan, “tan bonito que habla”.

Democratizar el lenguaje para que todos se sientan alegres, sin ser molestados, sin sacarlos de la zona de confort.

No hablar de la cruz, del camino estrecho y difícil para ganar el cielo. Convertirnos y cambiar de vida es una gran dificultad y no queremos escuchar nada de eso, y peor aún, nos cambian el lenguaje para que no despertemos del aletargado sueño en el que Cristo nos encontrará como a las vírgenes que se durmieron sin estar preparadas. Me pregunto si ya no podremos citar nunca más la carta de San Pablo a los corintios que nos dice que “ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino De Dios” ((1 Corintios 6 8-12). Repito, ¿ya no podremos citarla nunca más sin que nos llamen fariseos? ¿No podremos alegrarnos y hacer fiesta por los hijos pródigos que vuelven a casa?

Si la Iglesia que somos todos, renuncia a predicar el evangelio, entonces ¿quién lo hará?¿Quién nos alertará de los peligros y nos enseñará lo que es bueno y es malo? Sería renunciar por nuestro propio pecado a las palabras de Santiago “Confesaos los pecados unos a otros y rezad unos por otros para que os curéis. Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo encamina, sabed que uno que convierte al pecador de su extravío,se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados”. (St. 5 16. 19-20).

Cuando el Papa contestó ¿Quién soy yo para juzgar? algunos sensatos, se dieron cuenta y de inmediato respondieron (no fui uno de ellos): tú eres el Papa, el vicario de Cristo, es decir el que actúa en su nombre. El que heredó las llaves de Pedro, para emitir criterio sobre dos aspectos: 1. Lo que debemos creer basado en la larga tradición de la Iglesia y 2. Lo que debemos hacer. Es decir, el Papa está ahí justo para proteger y pronunciarse en lo que debemos creer, y lo que debemos hacer. Fe y obras. Ni más ni menos. Es inherente al cargo. Orientar al pueblo. Es más, es lo principal que debe hacer.

Miguel Serafín

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