Dios es amor, God is love

¿Se imaginan a Leticia, a Juan Carlos o la señora de Sánchez celebrando al órgano la majestad de Cristo Rey? Esta semana, Miguel, nos trae un tema que les hará vibrar: God is love

“Dios es amor”, un artículo de Miguel Toledano

Por esas paradojas de este mundo, después del Concilio Vaticano II la Iglesia Católica, depositaria de la Tradición de los apóstoles, ha abandonado de forma casi total el tesoro litúrgico musical acumulado durante toda su historia.  En su lugar predominan aquí y allá cancioncillas más o menos ligeras acompañadas a la guitarra y, lamentablemente, coros improvisados insufribles de señoras otoñales (incluso invernales) o agrupaciones de boy-scouts (o girl-scouts) que hacen del desafino a capella un ejercicio insuperable, un alarde de la cacofonía en plena Misa y una permanente cuaresma para el pobre oyente a lo largo de todo el año, incluso en Navidad y en Pascua florida.

Por esas mismas paradojas de la vida humana, las sedicentes iglesias protestantes, por definición innovadoras, mantienen con mayor fidelidad su propia tradición musical, superando habitualmente en decoro el acompañamiento de sus servicios religiosos frente a la desolación de los países católicos – excepción hecha, claro está, de las honrosas individualidades que, como nuestra Sonia y otros organistas con más moral que apoyos, mantienen la llamita de los Cabanilles, los Victorias y los Cabezones. 

Como la música amansa las fieras, yo querría ver en la dignidad de los himnos congregacionales un elemento para un sano ecumenismo, entiéndase iuxta modum y con las debidas correcciones basadas en la mejor doctrina.  Es, creo, la tercera vez que trato de música desde estas líneas y pienso, en efecto, que existen en las partituras reformadas momentos de dignidad que no convendría perder el día en que, si Dios quiere, vuelvan los evangélicos separados a la Fe de Cristo.  Constituye también esto una llamada a perfeccionar con poesía católica melodías de factura más que aseada, al igual que se revistió con ornamentos góticos la catedral de Córdoba o se canta todavía el Veni Creator en el panteón de Roma, ante la presencia estólida del fantasma de Victor Manuel II, excomulgado por el Beato Pio IX.

De entre todas las antífonas anglicanas, mi favorita es “God is Love”, con música extraordinaria del galés William Rowlands y texto de su paisano Timothy Rees, pseudo-obispo de Llandaff, en cuya catedral está enterrado.  Se da la circunstancia de que ambos, compositor y clérigo, pertenecían a la misma generación, pues los dos nacieron en la segunda mitad del siglo XIX y fallecieron en los albores de la última guerra mundial.  Como comprobará la audiencia de Marchando Religión, viene al caso esta pieza en la festividad del Domingo de Ramos, que anticipa el triunfo del Reino de Dios.

La estructura de la obra es tan sencilla como eficaz. 

Ésas son las mejores piezas musicales; recordemos la admiración de Brahms por las primeras notas del Danubio Azul o la popularidad universal de Ravel gracias a su repetitivo Bolero.  En el caso de Rowlands, 32 compases, con un total de 4 secciones, bastan para lograr la inmortalidad.  Cada una de las secciones tiene exactamente la misma longitud; en la primera y la segunda, los cuatro compases que les dan inicio son idénticos y establecen en el oyente el ritmo interno de la composición, que luego aparece reflejado en el texto.  La tercera está construida con una ascensión en un intervalo modal menor, que es lo que confiere fuerza y dramatismo a la interpretación.  La cuarta recapitula la primera y la segunda, descendiendo desde la máxima extensión de la partitura hasta la tónica.

El compás ternario de subdivisión binaria no es aquí sinónimo de danza, sino que sirve, como veremos, a su perfecta simbiosis con la letra, toda vez que se produce una sucesión regular de un pulso fuerte o acentuado y dos débiles o átonos.  Las tonalidades en las que se interpreta la pieza, fa mayor, sol mayor o, a veces, si bemol mayor, expresan los caracteres de potencia, fuerza, alegría, serenidad y nobleza asociadas a ellas.

El texto es de 1922, es decir, que el todavía monje anglo-católico Rees lo escribió diecisiete años después de la música de su paisano galés.  El poema se compone de tres estrofas, cada una de las cuales repite íntegramente la partitura de Rowlands.  La métrica de los versos es 8-7-8-7.D, esto es, cada estrofa se compone de cuatro versos duplicados, de ocho sílabas respectivamente el primero, el tercero, el quinto y el séptimo, y de siete el segundo, el cuarto, el sexto y el octavo verso.  Es ésta una estructura relativamente frecuente en los himnos protestantes, en este caso compuesta de pies troqueos, que -si el lector desempolva sus recuerdos de latín y griego- se reconocen por la alternancia de una sílaba acentuada (impar) por otra no acentuada (par), lo que precisamente produce una identidad perfecta con la melodía, según ya hemos comentado.

Las tres estrofas del Padre Rees comienzan con el famoso versículo de San Juan, Deus caritas est. 

El objetivo no puede ser, por tanto, más tradicional.  El poeta asigna a cada una de las estanzas una perspectiva distinta, creciente, del amor de Dios, todas ellas con la habilidad retórica que le hicieron famoso y le otorgaron una considerable autoridad moral entre sus fieles.

En la primera, la caridad sobrenatural se manifiesta en la creación, como fruto concreto de dicho amor, que por tanto debe adorar y exaltar a su autor con una sola voz; máxime si Dios no ha abandonado dicha creación, sino que está presente en ella.  Surgen aquí las interesantes notas de majestad universal, de unicidad de su Santa Iglesia y de permanente acompañamiento encarnado de la divinidad cristiana, tan alejada del deísmo filosófico.

La segunda estrofa comienza insistiendo en el amor infalible de Dios, que a todos los niños y todas las razas abarca.  Se ven aquí los rasgos católicos, aunque imperfectos, del escritor, que contrastan con la ausencia de referencia al cuerpo místico de Cristo.  Hacia la segunda mitad, en el quinto verso, exactamente en el ecuador de la obra, el poeta gira en dirección a los problemas que plantea el corazón humano, sin mencionar la naturaleza caída, pero reconociendo que la tristeza e incluso la desesperación se pueden apoderar de nosotros.  Una vez más, sin hacer referencia a la esperanza, la encarnación o la pasión, el monje anglo-católico nos recuerda que Dios comparte nuestro dolor.

La tercera y última sección aborda el pecado desde la ceguera del hombre, que no es exactamente lo mismo que la explicación ortodoxa de la afrenta de nuestros primeros padres y su herencia, o el libre arbitrio, tema por supuesto espinosísimo para ellos.  Tampoco hay coincidencia en el remedio de la confesión, que Nuestro Señor nos transmitió a través de la sucesión apostólica.  Mas sí hay un lejano punto común en el origen de dicha solución:  la misma misericordia divina, que vence al pecado y a la muerte.  El amor de Dios, que es Dios mismo aunque no haya alusión explícita a la Trinidad, reina sobre el universo; apelación final, como al principio, a la majestad divina sobre la tierra y el cielo.

Para que la cuestión no quede en un ejercicio teórico sin apoyatura de ejemplo, la nube digital nos ofrece una interpretación que yo juzgaría de canónica:  la celebración en la primera de las Abadías londinenses, el año pasado, del centenario del armisticio de la Gran Guerra; el lector puede disfrutarla en el sitio web https://www.youtube.com/watch?v=ffHLZfU90ZM.  En el mismo lugar donde hace pocos meses fueron esparcidas las cenizas del ateo Stephen Hawking, las fuerzas vivas de la Gran Bretaña rinden homenaje a Aquel a quien adoran los cielos y gobierna el cosmos. 

Como curiosidad, los más observadores habrán advertido que en el templo anglicano no existe altar-mesa y se conserva como por arte de magia el viejo ara medieval, que los discípulos de Lutero y Calvino en esas tierras respetaron no se sabe si por incoherencia, o por conservadurismo, o por ambos.

Sí, ya sé que a muchos de nuestros lectores les produce urticaria ver sentados en el trono de San Eduardo a los sucesores del elector de Hannover, acompañados del Presidente de la república federal de Alemania; les aseguro que yo también padezco de la misma alergia.  Por supuesto que, antes de que la dinastía liberal se hiciese con el poder en nuestra Patria, la monarquía tradicional española lucía modos que harían palidecer de vulgaridad a los ceremonieros ingleses.  Pero, francamente, no me imagino ni a Leticia ni a Juan Carlos celebrando al órgano la majestad de Cristo Rey, ni a la señora de Sánchez recitando oraciones dominicales con sombrero de luto.

Miguel Toledano Lanza

Domingo de Ramos, 2019

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Miguel Toledano

Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibio su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovision carlista, esta casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. En la actualidad es subdirector de un colegio internacional en Bruselas. Ha sido secretario general de la Fundación Nacional Francisco Franco y afiliado del partido político Alternativa Española. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Ha publicado distintos artículos en diferentes medios.