Las ropas litúrgicas

Nuevamente con nosotros el Padre Luis García, con él vamos a la Santa Misa Tradicional, a la Misa Tridentina

Me acercaré al Altar de Dios

“Las ropas litúrgicas”, un artículo del Padre Juan Luis García

Como sacerdote me siento muy edificado cuando voy a una iglesia a celebrar y me encuentro con enseres litúrgicos bellos, cuidados, limpios, bien planchados… Inmediatamente pienso “aquí creen en Dios”.

No en todos los templos vamos a encontrar un terno de brocado en oro del s. XVIII pero si nuestros antepasados fueron capaces de elaborar esas riquísimas ropas litúrgicas para la Misa ¿cómo podríamos decir que no se pueden hacer hoy con la cantidad de telas bonitas y vistosas que se pueden adquirir a precios asequibles? ¿No estaremos encubriendo el vicio de la comodidad, incluso de falta de fe, bajo una falsa austeridad?

“En la liturgia tenemos que centrarnos en lo esencial y no distraernos con las formas” dicen algunos. Esa argumentación no tiene en cuenta que, si bien, el fin de la liturgia es adorar a Dios ese culto se lo tenemos que dar los hombres y teniendo en cuenta que al ser humano se le describe como “animal simbólico” es lógico que usemos los símbolos para expresar las realidades profundas y ¡qué más profundo que Dios mismo!

La liturgia tradicional de la Iglesia ha huido siempre de dos extremos igualmente peligrosos:

Uno, creer que el ser humano no puede hacer nada agradable a Dios porque no seríamos sino “viles gusanos” ante Él (esto es herejía jansenista) recordando que Dios es Padre y no “patrón mandamás”.

Me viene a la mente el recuerdo del despacho de un padre, alto ejecutivo, lleno de dibujos y manualidades hechas por sus hijos pequeños que, aunque mal ejecutadas por la poca destreza de los niños sin embargo constituyen una preciosa muestra de amor y, por tanto, un tesoro para ese padre que tenía los dibujos junto a un verdadero cuadro del genial Velázquez.

El otro extremo sería fruto de una falsa reflexión y vendría a decir que como Dios es muy bueno (lo cual es cierto) no es necesario esforzarse porque todo le gustará: “la confianza da asco” (diría el refrán español). A los que así razonan habría que recordarles, sin más, como el sacrificio de Abel era agradable a Dios y no, en cambio, el de Caín. Aquél le ofrecía con agrado las primicias y lo mejor mientras que éste a desgana aquello que le sobraba.

Dios no necesita nuestros sacrificios ni nuestras alabanzas lo enriquecen pero como es Padre y tiene un corazón que ama al mundo le agrada todo aquello que le ofrecemos y que, aunque imperfectamente, pongamos todo nuestro corazón, toda nuestra mente y nuestra fuerza sin escatimar. Recordemos que el primer mandamiento es adorar al Señor con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda nuestra fuerza. (Mt. 22, 37-39)

Frente a la herejía jansenista que afirmaba que el alma está corrompida y que ningún acto humano puede agradar a Dios y por tanto sólo por la Gracia nos salvamos, la Iglesia tuvo que recordar que el alma no está corrompida sino dañada y que con la ayuda de la Gracia el ser humano puede hacer obras verdaderamente meritorias. (La Gracia es necesaria pero no exclusiva).

Esa visión negativa y pesimista llevó a los jansenistas a promover una liturgia muy triste en la que se prohibió todo adorno como las puntillas en las albas y sobrepellices, los colores vivos y brocados en oro, los grandes arreglos florales, imágenes o música expresivas en demasía y que deriva de su intransigencia respecto a la naturaleza humana, dominada, según ellos, por instintos y sentimientos peligrosos, y también una «fuga mundi » (huida del mundo) tan radical que presenta en ciertos casos manifestaciones realmente aberrantes.

Frente a esa herejía la Iglesia promovió la piedad y con ella expresiones bellísimas del arte, de la música que tienen su máxima expresión en el barroco.

Según se opte por una u otra teología, la herejía jansenista o la doctrina católica así será nuestra liturgia. El gran Papa Benedicto XVI no se ha cansado de decir que tal cómo sea nuestra fe así será nuestra liturgia y que tal cómo celebremos la liturgia expresaremos nuestra fe. Cuando uno ve celebrar a un sacerdote y cómo los fieles asisten a la Misa se puede hacer una idea de cuál es la fe en la transubstanciación.

La Santa Misa es la expresión del amor de Dios por nosotros. Esta verdad tendrían que tenerla presente siempre cada sacerdote que celebra como los fieles que asisten al Santo Sacrificio de la Misa. Y el mismo razonamiento que usamos a la hora de valorar el amor humano cuando decimos que lo importante son los pequeños detalles y “el día a día” podríamos aplicarlo como elemento de juicio, sin miedo a equivocarnos, a la hora de nuestro trato con Dios tanto en nuestra oración personal como en la pública oración: la Sagrada Liturgia.

En cada Misa hay verdadera inmolación del Cuerpo de Cristo y derramamiento real de Su Sangre.

Hay en cambio sacerdotes y fieles que creen de una manera general y abstracta y asisten o celebran como quien va a comer a la mesa pero no tiene hambre y lo hace sólo porque tiene esa costumbre.

“Tanto amó Dios al mundo que ha enviado a su Hijo para que ninguno de los que creen en Él perezca” (Jn. 3, 16) Esta es la premisa de la que tiene que partir toda buena liturgia y sana relación con Dios: Él nos amó primero con un amor de veras. Lo mínimo que podemos hacer es corresponder a ese amor; “Amor con amor se paga”.

De ahí la importancia de cuidar esas ropas sagradas con las que el sacerdote sube al altar para celebrar revestido de Cristo Rey. Cosa diferente es que ese mismo sacerdote lleve una vida austera y viva la pobreza personalmente. Pero… poco ejemplo de pobreza daremos si usamos una casulla de pobre tergal y desvaído tono verde o rojo, o un cáliz de barro o madera y sin embargo ese mismo sacerdote use un móvil de última generación o ropa de marca… Haríamos realidad la crítica de aquél chascarrillo en la cuál tres sacerdotes están compartiendo cuánto dinero de la colecta destinaban al culto y cuánto a ellos mismos; cada uno expresaba su método hasta que uno dijo que él se ponía delante del crucificado y tiraba las monedas al aire y que la que agarraba el Señor era para el culto y las que caían al suelo para el cura.

Hecha esta larga introducción paso, a continuación, a nombrar, describir y explicar el uso y sentido de las distintas ropas litúrgicas que usa el sacerdote cuando celebra la Divina Liturgia.

Las vestiduras y ornamentos sagrados son los vestidos y prendas que se ponen el sacerdote y los ministros sagrados en el ejercicio de sus funciones litúrgicas.

Las principales son:

El amito, el alba, el cíngulo, el manípulo, la estola, la casulla, las dalmáticas, la capa pluvial, el paño de hombros o humeral, sobrepelliz, roquete y bonete o birrete.

Los señores obispos tienen, además de los anteriores, la mitra, el báculo, el anillo pastoral y la cruz pectoral.

El Papa tiene como ornamento propio de su dignidad y poder pontificio la tiara.

El amito: es un lienzo blanco y cuadrado de medio metro, que cubre el cuello y los hombros del sacerdote.

Significa la protección de Dios contra los ataques del demonio.

Al ponérselo el sacerdote dice la siguiente oración: “Pon, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de la salvación, para rechazar los asaltos del demonio”

El alba: es una túnica larga y blanca, con la que se cubre el sacerdote desde los hombros hasta los pies.

Significa la blancura de pureza que debe adornar el alma del sacerdote.

Mientras se la pone reza el sacerdote la siguiente oración: “Hazme puro, Señor, y limpia mi corazón para que santificado con la sangre del Cordero pueda gozar de las delicias eternas”

El cíngulo: es un cordón largo rematado en sus dos extremos por dos borlas y sirve para sujetar el alba por la cintura.

Representa la mortificación de las inclinaciones de la carne y la vestidura de la castidad, que la pide el sacerdote rezando la siguiente oración mientras se lo pone: “Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza y apaga en mis carnes el fuego de la concupiscencia para que more siempre en mí la virtud de la continencia y la castidad”

El manípulo: es una tira estrecha de la misa tela y color que la casulla y que el sacerdote lleva sujeta sobre el alba en el antebrazo izquierdo.

Recuerda al sacerdote los dolores y lágrimas a que está sujeta la vida evangélica y los gozos y alegrías que al fin le han de merecer sus trabajos. Mientras s elo pone reza la siguiente oración: “Merezca, Señor, llevar el manípulo del llanto y del dolor para que pueda recibir con alegría el premio de mis trabajos”

La estola: es una banda larga y estrecha de la misma tela y color de la casulla que cuelga del cuello del sacerdote y se cruza sobre el alba por delante del pecho, sujetándola con el cíngulo. Los diáconos se ponen la estola cruzándola por debajo del brazo derecho y los obispos la dejan caer desde el cuello verticalmente.

Significa la inmortalidad del alma y la primitiva dignidad que perdimos por el pecado de Adán.

Al ponerse la estola el sacerdote reza la siguiente oración: “Devuélveme, Señor, la estola de la inmortalidad que perdí con el pecado del primer padre y, aun cuando me acerque sin ser digno, a celebrar tus santos misterios haz que merezca el gozo sempiterno”.

La casulla: Es la principal vestidura que el sacerdote se pone para celebrar la Santa Misa. Cuelga a modo de escapulario de los hombros del sacerdote por delante y por detrás. Representa la caridad que debe tener el sacerdote y que le hace dulce y suave el yugo del Señor. Mientras se reviste con ella el sacerdote dice la siguiente oración: “Señor, que has dicho: “Mi yugo es suave y mi carga ligera”; haz que lo lleve de tal modo que consiga tu gracia”

Las dalmáticas: Son dos túnicas abiertas y con mangas del mismo color y tela que la casulla. Las usan los diáconos y subdiáconos en las misas solemnes, en la exposición y bendición solemne del Santísimo y en las procesiones.

Las planetas:Son como casullas dobladas más cortas por delante que por detrás. Las usan el diácono y el subdiácono en las misas solemnes de Cuaresma, Adviento, en las Vigilias y en las Témporas.

La capa pluvial: Es una vestidura de solemnidad, a modo de manto, que cubre totalmente al sacerdote, sujetándose por delante con un broche. Su nombre deriva de que al principio servía para cubrir al sacerdote de las lluvias. Se usa para la exposición y bendición con el Santísimo, en las procesiones y para las vísperas y rogativas.

Paño de hombros: también llamado banda o humeral, es una banda de tela del mismo color que la casulla que cubre los hombros del subdiácono en las misas cantadas desde el ofertorio hasta el Páter Noster.

Lo usa, también, el sacerdote para llevar el Santísimo Sacramento. Entonces siempre es de color blanco.

El roquete: Es un alba recortada.

La sobrepelliz: Es parecida al roquete; algo más estrecha y sus mangas son más cortas y abiertas.

El bonete o birrete: Es el gorro con el que cubre el sacerdote su cabeza en ciertos momentos de las funciones litúrgicas. En España (y sus antiguas provincias de ultramar) el bonete tiene cuatro picos y en el resto del mundo católico la forma usada es el birrete romano, con tres aletas.

El bonete quiere recordar a los fieles la alta dignidad de los ministros de Jesucristo.

ORNAMENTOS EPISCOPALES

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Mitra:Es el ornamento que llevan los obispos en la cabeza cuando celebran pontifical. La mitra es plana y puntiaguda con dos cintas de la misma tela que cuelgan por las espaldas.

Significa el honor y el poder que tienen los obispos.

Además de los obispos pueden usar la mitra los abades de algunas órdenes religiosas y de algunas Iglesias colegiales.

Báculo: Es un atributo de la autoridad episcopal. Tiene forma de un bastón muy alto con una gran curvatura en la parte superior.

Recuerda a los fieles los oficios de padre, juez y pastor que tiene el obispo.

Anillo pastoral: Significa los desposorios del obispo con la diócesis que el Papa le ha encomendado. Los fieles besan el anillo en señal de amor y respeto.

Pectoral: Es una cruz dorada o plateada que el obispo lleva pendiendo de una cadena metálica sobre el pecho.

La Tunicela: Es como una dalmática de seda, pero más corta y con las mangas recogidas que los obispos se ponen sobre el alba y debajo de la casulla, cuando celebran de pontifical. Usan dos y son del mismo color litúrgico del día.

Además de todo lo anterior los obispos usan, cuando celebran de pontifical, zapatillas (o mulas) y guantes, estos últimos también llamados quirotecas y tanto unas como otros son del mismo color litúrgico del día.

Los arzobispos usan el palio, que es una banda estrecha de lana blanca y adornada con seis cruces de lana negra. Se lleva colgando sobre el pecho y la espalda a modo de escapulario.

La lana del palio es tejida en Roma el día de Santa Inés y antes de ser entregados a los interesados son bendecidos por el Papa y expuestos en el sepulcro de San Pedro.

El palio significa la plenitud del oficio pontifical.

La Tiara: es una especie de mitra alta ceñida por tres coronas de oro y terminando en cono rematado en una cruz. Representa los tres poderes que el Papa tiene sobre toda la Iglesia de Jesucristo. Esos tres poderes son: regir, enseñar y santificar a toda la Iglesia de Jesucristo.

La tiara pontificia se le impone el día de su coronación. El último Papa que la utilizó fue Pablo VI aunque a todos los posteriores les han regalado una que no han usado.

Quien esté interesado en conocer con más profundidad los ornamentos y su uso a lo largo de la historia y algunas particularidades puede consultar los siguientes enlaces que le salen en un buscador poniendo: ceremonia y rubrica de la iglesia española; el otro se encuentra tecleando: liturgia papal.

Padre Juan Luis García

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Padre Juan Luis Garcia

Padre Juan Luis Garcia

Datos biográficos: Juan Luis García Rodríguez n. Guadix (Granada) 1976. Sacerdote desde 2003. Ha ejercido su ministerio como sacerdote en Galera, Huéscar y Puebla de Don Fadrique (Diócesis de Guadix) y profesor de religión en el IES La Sagra de Huéscar durante ocho cursos. Actualmente es Capellán Castrense.