John Henry Newman: Calixta

Hoy, Gilmar Siqueira nos trae un libro del gran John Henry Newman, su reseña literaria hace referencia a Calixta, ¿Se animan a adentrarse en el universo literario?

“John Henry Newman: Calixta”, una reseña literaria de Gilmar Siqueira

“ El amor me dio la bienvenida, sin embargo mi alma retrocedió”

Culpable de polvo y pecado”. George Herbert. Love (III).

Algunas mentiras modernas han sido capaces de envenenar incluso – aunque no totalmente todavía – nuestro sentido común, de manera que si leemos, por ejemplo, en la Ilíada, la emocionante despedida de Héctor y Andrómaca o si vemos en nosotros mismos reacciones de cólera semejantes a las de Aquiles, exclamamos: ¡pero esto es muy moderno! Y esto ocurre porque nos han inculcado la idea de que los hombres de antaño – especialmente los católicos – fueron una caterva de bárbaros ignorantes e insensibles, incapaces de conocer o pensar acerca de nuestros sentimientos más “avanzados”, estando ellos tan lejanos de nuestra era de luces y progresos. Pero, a fuerza del mismo ejemplo mencionado, basta con que nos acerquemos a los clásicos para darnos cuenta de que, por lo menos, hay algo en el hombre que parece permanente; o que, cuando menos, no ha cambiado desde Homero.

Y así, con la idea de que el muy moderno es lo bueno, muchos intelectuales han buscado – distorsionado – en la historia las justificativas para sus respectivas ideologías; o, sin llegar a tanto, echaron un ojo a los acontecimientos pasados con la mentalidad moderna: porque, es preciso recordar, el hombre tiene el deseo de conocer; y resulta más sencillo leer y aceptar que, por ejemplo, la Edad Media ha sido terrible, que preguntarse, ¿habrá sido realmente tan terrible la Edad Media? El trabajo de reconstruir imaginativamente, a partir de documentos y testimonios, una época ya lejana es bastante difícil; eso lo saben muy bien los historiadores. Pero, al contrario de lo que se puede imaginar, a mí me parece incluso más difícil hacer tal reconstrucción por medio de la ficción: porque entonces el novelista tendrá que reconstruir también la vida interior de sus personajes sin caer en caricaturas ni anacronismos. Además, para la gran mayoría de los lectores, la imagen de un personaje en una “novela histórica” será como una clase de símbolo de aquella época; un símbolo que permanecerá en su memoria mismo si después deciden aventurarse por los derroteros de los tratados historiográficos.

Tal símbolo se puede encontrar en la novela Callista, de John Henry Newman, que cuenta la historia del martirio del personaje Callista en la ciudad de Sicca, cercana a Cartago, durante las persecuciones del emperador Decio en el siglo III. Los primeros personajes que nos presenta el Beato Newman son los hermanos Agelio e Juba: ambos hijos de un soldado que se había convertido al cristianismo y muerto cuando los dos eran todavía pequeños; entonces un tío suyo, el pagano Jucundus, los educó hasta que pudieron cuidarse solos. Juba muy pronto se olvidó del cristianismo de su padre y se dejó llevar por la vorágine de los tiempos; Agelio, sin embargo, conservó un fervor religioso y se hizo bautizar por el obispo de Sicca. Eran muy pocos los cristianos que quedaban en Sicca y, tras la muerte del obispo, Agelio se quedó solo y muy pronto llegaron las inquietudes:

Él había recibido esa disciplina que hace que la soledad sea más agradable para el viejo y más insoportable para el joven. Él tenía miles de preguntas que necesitaban respuesta, miles de sentimientos que necesitaban simpatía. Él quería saber si sus suposiciones, sus perplejidades,las pruebas a su mente, eran una peculiaridad suya o hasta qué punto eran compartidas por otros y cuál era su valor.Él tenía capacidades para elgoce intelectual y una sed de conocimiento insatisfecho. Y los canales de ayuda sobrenatural fueron le fueron removidos  en el momento en el que la naturaleza fue más impetuosa y más clamorosa.

Agelio se sentía sólo porque, además de su esclavo que también era cristiano, no tenía nadie con quien hablar de lo que realmente le importaba. Si por un lado era cristiano y por eso estaba alejado de los demás, por el otro no tenía más cristianos con quienes hablar y compartir sus inquietudes. Al parecer incluso su fe se enfrió un poco; y esa impresión lo desalentaba. Por entonces empezó a correr la noticia de que Decio lanzaría un edicto obligando a todos al sacrificio público para probar su lealtad a Roma. A Jucundus, que andaba preocupado por su sobrino, se le ocurrió la idea de presentarle a los hermanos griegos Aristo y Callista, dos jóvenes paganos que habían estudiado filosofía. Era una trampa para que Agelio, enamorándose de Callista, se alejara de una vez del cristianismo. Su plan casi tuvo buen resultado: Agelio incluso decidió casarse con Callista, pensando que ella podría en adelante hacerse cristiana. Pero hasta entonces ni siquiera él conocía el alma de la joven:

               No puedo ser de tu religión. ¡oh dioses! ¡Cómo me han engañado! Pensé que los cristianos eran como Quione. Pensé que no podía haber cristianos fríos. Quione hablaba como siel primer pensamiento de un cristiano fuera la buena voluntad hacia los demás, como si su estado fuera de tal bienaventuranza que su mayor anhelo era compartirlo con los otros. Y he aquí que me encuentro con un hombre que está tan lejos de sentirse bendecido, pensando que ¡yo puedo bendecirlo!Viene a mí…a mí, a  Calixta, una hierba del campo,  a una mala hierba, expuesta a diario a  los vendavales, y encogiéndose ante el sol voraz, a mí viene él a buscar consuelo a su corazón.

Aquí al mismo tiempo el lector y Agelio conocen lo que Calixta guardaba en su corazón desde que, de niña, fue cuidada por la cristiana Quione: quedaba en ella una huella dejada por aquella buena mujer, como una esperanza que se podría cumplir en el futuro. Porque a Calixta todo le parecía triste e insulso; había en ella una nostalgia – una saudade, como decimos en portugués – que ningún placer ni belleza eran capaces de aplacar. Por la manera como se puso nerviosa al ver que Agelio, el cristiano Agelio, se le acercó deseando que ella fuese su consuelo, la antigua y última esperanza pareció desvanecerse.

               (…) pero ¡oh! ¡Qué decepción cuando me di cuenta por primera vez que tú estabas pensando en mí solo como cualquier otro, y que sentías por mí como los demás y que me estabas buscando a mí, no a tu Dios, y que tenías mucho que decir de ti mismo, pero nada sobre Él. Hubo un tiempo en que pudiste haber logrado que yo te adorara, Agelio, pero tú mismo lo has impedido adorándome

Calixta tenía una idea muy clara de su propia miseria, rayana al desprecio a causa de sus muchas decepciones e intentos fallidos de encontrar algo que la llenara. Sus palabras duras al pobre Agelio nos dan cuenta de que ella deseaba, quizás, ver a aquél Dios que, él decía amar, a través de él; puede que incluso deseara que él viera a través de ella el mismo Dios. Pero no fue así. Y que Agelio la quisiera casi al punto de olvidarse de su Dios le parecía intolerable. La pasión de Agelio era todavía algo muy pequeño.

                Debo tener algo para amar, el amor es mi vida. ¿Por qué vienes a mí, Agelio, cada día con tu galantería? ¿Puedes competir con las formas de los nobles griegos que han pasado frente a mis ojos? ¿Es tu voz más varonil, tienes un tono más elocuente que aquellos que han trinado en mis oídos desde que dejé de ser una niña?¿Puedes agregar perfume al banquete con tu ingenio, o verter un rayo de sol sobre la gruta y ser un torrente con tu sonrisa? ¿Qué es lo que puedes darme? Existe solo una cosa que pensé que tú podías darme, mejor que cualquier otra cosa, pero hay una sombra. No tienes nada que dar. Me has arrojado de vuelta a mi tristeza,  a mis sombras y a las más profundas heridas de mi memoria.

Es duro, ¿verdad? Y lo es más para nuestros oídos llenos de cursilería. Nos olvidamos que es injusto esperar de otra persona algo que sólo nos puede dar Aquel cuyo Amor es infinito. Si espero el infinito de un ser tan miserable como yo, sufro y lo hago sufrir en la misma medida. Eso lo sabía muy bien Calixta; y sus terribles palabras sirvieron para despertar al tibio Agelio. La verdad es que, en la novela de Newman, Calixta y Agelio fueron instrumentos de la Providencia uno en la vida del otro. Después de escuchar palabras tan duras, Agelio volvió a su casa y sufrió una larga enfermedad. Quien lo cuidó fue otro fascinante personaje de la novela: Cecilio, obispo de Cartago. La enfermedad física de Agelio fue como un símbolo de su enfermedad espiritual: una vez abierta la puerta por Calixta, Dios pudo volver a la vida de Agelio gracias al buen obispo. También por él se acercó a Calixta.

Sabiendo por Jucundus que los perseguidores se los venían encima, Cecilio aconsejó a Agelio a refugiarse con su tío mientras que él tomaría otro camino. Es curioso cómo, antes que huyera Cecilio, Calixta llegó a la casa de Agelio también para avisarle de la persecución. Pero no haré conjeturas sobre ello. He leído en algunas partes que la novela de Newman tiene sus limitaciones, y puede que realmente sea así; pero eso me importa muy poco. Lo que digo a los lectores es que el diálogo ocurrido entre Calixta y Cecilio es maravilloso. Me gustaría transcribirlo todo aquí, pero sería exagerado. Por lo menos os diré que Calixta, tras algunos momentos de reserva, le contó al obispo toda su insatisfacción con las cosas que conocía, su nostalgia de un amor permanente: y, viendo que él tenía la respuesta, lo preguntó cuál era su remedio, su amor. Y Cecilio la respondió:

               Todo hombre está en este estado en el que tú confiesas estar. No tenemos amor por El que siempre dura, sino que nosotros amamos cosas que no duran, las que se terminan.Siendo esto así es que Él, al que debemos amar, ha determinado ganarnos para Él. Con este objetivo Él ha venido a Su propio mundo, en la forma de uno de nosotros, los hombres. Y en esta forma humana Él ha abierto sus brazos y nos obliga a retornar a él, nuestro Hacedor. Calixta, esta es nuestra Adoración, este es nuestro Amor.

Calixta entonces, después de dejar a Cecilio, fue arrestada bajo sospecha de cristianismo. Una vez en prisión, pero aún antes de convertirse, rehusóhacer el sacrificio que la mandaban porque su conciencia la impedía. Su hermano y muchos conocidos intentaron de todo para que la liberaran, pero ella seguía en sus trece, en un deplorable estado de espíritu. Entonces se acordó de que Cecilio la había pedido que guardara con ella un libro sagrado de los cristianos: era el Evangelio de San Marcos. Decidió leerlo y todas sus dudas se desvanecieron: vio que aquél Dios también podía amarla, miserable como era, y entonces Lo aceptó. Cecilio la bautizó secretamente y luego, por segunda vez delante de los jueces, se confesó cristiana y ganó la palma del martirio. Encontró, por fin, a su Amor.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

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Feo, católico y sentimental