Hay conciencias muertas

Un artículo de Germán Mazuelo-Leyton publicado inicialmente en la Patria. ¿Qué es la conciencia? ¿Cómo está la nuestra?

“Hay conciencias muertas”, un artículo de Germán Mazuelo-Leyton

Curiosa esta persona que conversando sobre su vida personal repitió varias veces su estribillo: «A mí no me remuerde mi conciencia».

El señalado interlocutor siguió diciendo: «A mí no me remuerde la conciencia», y podría ser verdad, porque de tanto desoír la voz de la conciencia, puede morir, como voz de Dios en el interior.

A los fariseos y escribas, a los que tan gravemente condenó Jesús, no les remordía la conciencia tampoco.

La conciencia es la presencia de Dios en el alma.

Va inspirando lo que cada uno debe practicar en todo momento, señala los peligros para que se aparte de ellos a tiempo, invita a la práctica de las buenas obras, condena las malas dando a las personas una sensación de dolor, de vergüenza y de insatisfacción. Pero las personas pueden acostumbrarse a no hacer caso a su conciencia, a tomar por quimera sus advertencias, a manifestarse a sí mismos que más tarde hará caso a las protestas de su interior. De tanto despreciar la voz de la conciencia, ésta muere, desaparece.

Mi interlocutor era alcohólico, un desastre como familiar, un incompetente en su profesión, todo descontrol, y a pesar de todo salía siempre con el mismo sonsonete: «A mí, no me remuerde la conciencia». 

La conciencia no es propiamente una facultad, sino un acto de conocimiento reflejo sobre lo que se ha hecho y lo que se debe hacer (Santo Tomás de Aquino).

La «conciencia actual» consiste en el juicio práctico de la razón sobre la moralidad de una acción a realizar.

Esta conciencia puede ser cierta (si no hay temor de errar) o dudosa (si hay motivos que militan a favor y en contra de la acción); además, la conciencia moral puede ser verdadera o errónea, según que vea y escoja lo justo o se engañe.

El error es invencible o sin culpa cuando no puede evitarse, y vencible, y por lo tanto culpable, si puede superarse. En la duda no es lícito pasar a la acción, sino que es necesario antes resolver la duda por medio de la reflexión, el consejo, la oración, hasta llegar a una certeza moral (que no es matemática) sobre la honestidad del acto.

Escribió el Papa Juan Pablo II en la encíclica Veritatis Splendor:

«La conciencia no está exenta de la posibilidad de error. El mal cometido a causa de una ignorancia invencible o de un error de juicio no culpable puede no ser imputable a la persona que lo hace, pero cuando la conciencia es errónea culpablemente porque el hombre no trata de buscar la verdad, compromete su dignidad» (nº 63).

“El hombre tiene obligación moral grave de buscar la verdad y seguirla una vez conocida” (nº 34).

La razón de todo esto es que Dios juzga nuestros pecados tal como los tenemos en la conciencia. Lo que Dios castiga es la mala voluntad que tenemos al hacer una cosa, no las equivocaciones o errores involuntarios.

«Si el objeto de la acción concreta no está en sintonía con el verdadero bien de la persona, la elección de tal acción es moralmente mala»


(Juan Pablo II, Veritatis Splendor nº 72).

«La conciencia -dice san Buenaventura- es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar». De ahí que el hombre está obligado a seguir siempre el dictamen de la conciencia cierta.

A la conciencia se hallan ligadas la libertad y la responsabilidad:

la conciencia que obliga, manda, prohíbe, reprende y remuerde es señal evidente de la libertad; y si el hombre es libre es responsable de sus acciones ante el tribunal de la humanidad, y lo es más ante el de la propia conciencia, cuyo juicio sería un enigma si no estuviese subordinado a un Legislador y Juez Supremo.

«La formación de la conciencia es una grave obligación moral; el hombre está obligado a formar una conciencia recta. En caso contrario, se hace responsable de todas sus faltas».

El desprecio de la voz de la conciencia, produce la ceguera espiritual, que supone la privación de la luz divina y una perversión positiva del juicio. A quien afirma «A mí no me remuerde mi conciencia», se le podría finalmente contestar: «Es que Usted ya no tiene conciencia la ha asesinado».

Dos elementos necesarios para constituir este triste estado del alma:

Primero, vuelve a la inteligencia inepta para recibir las verdades, o al menos para percibirlas de una manera útil, una vez así, ya no saca ningún provecho de los sermones, conversaciones, o lecturas piadosas.

El segundo elemento: falsea el juicio sobre las cosas concernientes a la salvación, se atiene a lo falso por verdadero, el mal por bien, la oscuridad por la luz, la duda por la certeza. De la ceguera llega el endurecimiento en la voluntad. Lo mismo que la luz divina excita en la voluntad una cierta disposición para seguir las inspiraciones de Dios, la ceguera espiritual produce el endurecimiento, la obstinación en el mal, de donde se sigue que la voluntad del pecador no se doblega ni por las advertencias venidas del exterior, ni por las inspiraciones internas, ni por las amenazas de Dios.

Muerta la conciencia, no tiene Dios más que el milagro para sacudir y convertir al alma.

Germán Mazuelo-Leyton

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