El esplendor del silencio

El valor del silencio en la celebración litúrgica

Hace unos años, el Cardenal Robert Sarah publicaba un libro titulado La fuerza del silencio. Frente a la dictadura del ruido. Inspirándose en el valor del silencio en el ambiente del claustro cartujano, el Prefecto del Culto Divino y de los Sacramentos habla de la importancia del silencio en la vivencia de la fe cristiana frente a la “dictadura del ruido” que caracteriza a la sociedad posmoderna. En uno de sus capítulos hablaba del silencio y la liturgia, un valor perdido hoy, después de cuarenta años de la reforma conciliar, y que se hace preciso recuperar en nuestras celebraciones.

Hablar del silencio en la liturgia, y en especial en la Santa Misa, es hoy por hoy un tema tabú. Los cantos incesantes, la palabrería vana del celebrante, las interminables moniciones, anuncios, saludos…, han pervertido el sentido sacro de la celebración y la han hecho un espectáculo teatral y chabacano para no aburrir y motivar a los asistentes. Quien no se ajusta a esta manera “populista” de celebrar la Santa Misa no conecta, según los “pastoralistas”, con el pueblo y hace de la celebración un acto pesado y personalista.

Silencio y revelación divina

Puede parecer que defender el silencio en la Liturgia es algo que contradice el carácter mismo de la fe cristiana, una fe viva, alegre y compartida. Parece ser algo extraño a ella, propio de mentalidades introvertidas, poco sensibles al deseo de los fieles de participar en la celebración.

Sin embargo, una mirada atenta a la misma revelación cristiana nos hace darnos cuenta del valor del silencio, del silencio sacro evidentemente, en la misma manifestación de Dios a los hombres. Desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo, desde los patriarcas hasta los apóstoles, el silencio ha sido valorado como un espacio de encuentro del hombre con Dios, más que el ruido y el estruendo. No fue en el ruido, por ejemplo, como Dios estableció su alianza con Abrahán o como se manifestó a Elías en el Horeb, sino en el silencio de la noche o en el paso sigiloso del viento entre las hendiduras de la caverna. No fue en el bullicio del día como Dios manifestó su gloria entre los hombres, sino en el silencio de la noche, ante los pastores; no era en el ajetreo del día como Jesús oraba al Padre, sino en el silencio de la noche y en la más absoluta soledad. Y qué decir del Misterio Pascual de Cristo, iniciado en la noche del Jueves Santo y culminado en el silencio misterioso de la mañana de primer dia de la semana.

El silencio está, pues, muy ligado a la misma revelación, que no se ha manifestado en el ruido y el estruendo. Un silencio sagrado, místico, profundo como el vivido por Jesús en su pasión: muy pocas palabras pronuncia Jesús en su pasión, siempre impera el silencio, la contemplación y la entera unión con el Padre. Se puede decir, sin exagera, que Jesús vive orante su pasión, como “oveja muda”, pero siempre unido en voluntad al Padre. Pero Jesús no sólo vive el silencio, sino que lo enseña como un espacio de especial encuentro con el Padre: su oración nocturna, solitaria, silenciosa en la noche o el amanecer, es un dato que recogen casi todos los evangelistas con especial atención, como proponiéndola a los lectores, acostumbrados, fueran judíos o gentiles, a un culto exuberante, lleno de palabrería y ausente de silencio. Él mismo Jesús enseña a sus discípulos a una oración sencilla, breve, sentida y confidencial; no es la oración de los paganos, llena de palabrería, ni de los judíos, llena de palabras altisonantes, sino la del alma que entra en sí misma para encontrarse con Dios.

El silencio no es, pues, extraño a la revelación y, por ende, al culto cristiano. Dios se ha revelado en el silencio, en la soledad y en la noche, para anunciar con voz clara y a plena luz la Buena Nueva de la Salvación. Y si el culto cristiano, en todas sus manifestaciones, renueva ese misterio salvador, no puede prescindir del silencio, darle sus espacios y hacerlo valorar como un momento de especial presencia de Dios en medio de su pueblo.

Silencio y Liturgia

El Cardenal Sarah en su citado libro habla larga y tendidamente sobre el tema del silencio y la Liturgia. Señala, con acierto, una especie de “alergia” en Occidente al silencio en la celebración liturgia.

Ante todo, hay que reconocer que la participación de los fieles en la Liturgia, y en concreto, en la Santa Misa, es un elemento indispensable, manifestación de la fe del Cuerpo Místico de Cristo. Elemento siempre presente en la Liturgia, pues, nunca se negó a los fieles el acceso al misterio celebrado, la participación de los fieles en la misma no se limita al “hacer cosas” sino, como diría san Benito del Oficio divino, a sentir con el corazón aquello que se pronuncia con los labios. Ello, evidentemente, exige una labor catequética importante, una vivencia profunda del misterio por parte del celebrante y un deseo de entender aquello que se dice y celebra.

Sin embargo, por un motivo u otro, no ha calado esta vivencia intima del misterio en la Liturgia en muchos ambientes de la catolicidad. La concepción de la Liturgia como una “fiesta”, como un espacio de entretenimiento más profano que sacro, los experimentos litúrgicos, la falta de una seria preparación litúrgica y doctrinal de los responsables parroquiales de la misma…, han producido una malformación de la vivencia litúrgica.

En este ambiente “pseudoliturgico” se ha generado una alergia al silencio que choca con el carácter mismo de la liturgia romana, que siempre ha brillado, frente a la oriental, por la sobriedad en las formas y la vivencia. Una sobriedad que, lejos de ser “pesada”, abre espacios de encuentro del hombre con Dios en el marco de la celebración. Los silencios rituales, más breves en el rito ordinario que en el extraordinario, abren momentos de encuentro personal del hombre con Dios que, de otra forma, apagados por los cantos, las alocuciones, los gritos…, no podrían darse.

Un ejemplo, citado por el Cardenal Sarah y recogido del Ordenamiento General del Misal Romano, que a su vez lo recoge de la tradición litúrgica occidental, es el silencio antes de la oración colecta (OGMR 54). La oración colecta recoge, de modo breve, una súplica de petición a Dios ligada a la temática de la celebración o al tiempo litúrgico; el silencio que la precede es un momento de recogimiento para el celebrante y los fieles, en el que, en teoría, se presentan sus intenciones particulares, que presentan a Dios al recitar la oración. ¿Cuántos celebrantes respetan ese momento? ¿Cuántos fieles presentan sus peticiones a Dios ahí? ¿Se ha molestado alguien en enseñarles su sentido? Sinceramente, creo que no, y lo mismo puedo decir del silencio previo al acto penitencial, es hay cuando cada uno, no sólo hace repaso breve de sus pecados, sino que pide a Dios que le perdone y le haga digno de participar en el misterio que se va a celebrar.

 Otro momento de silencio que pasa desapercibido es el de la comunión, momento de mayor intimidad entre el alma y el Señor que viene, porque, recordémoslo, antes de la consagración proclamamos: “Bendito el que viene en nombre del Señor”, y este no es otro que Cristo que se hará presente en la Eucaristía. Pues bien, cuantas veces los cantos ahogan ese momento de acercarse al Señor, cuantas veces vemos al celebrante y al que va a comulgar cantar sin decir las palabras que la liturgia indica para la recepción del Sacramento. No es que el canto no ayude, pero es labor de la Schola no del celebrante o del fiel recitar el canto mientras se da y se recibe la comunión; y si no hay Schola, la meditación atenta de la antífona de comunión, recitada por el sacerdote antes de la misma, debería ser estimulo suficiente para acercarse al Señor.

Se podrían poner otros ejemplos, como el silencio después de las lecturas o de la homilía, que recomienda el Cardenal Sarah para meditar la Palabra de Dios escuchada y la Palabra de Dios explicada, o del Credo como Palabra de Dios hecha doctrina, etc. Pero basta con los expuestos, para cerciorarnos de la “alergia” al silencio que afecta a nuestras celebraciones y a muchos pastores y fieles, y si no, les invito a que lo comprueben en sus parroquias o en las de sus vecinos, y verán que lo que les digo es verdad, o al menos, se acerca a ella.

Silencio y vida

Lo dicho hasta aquí nos lleva a una conclusión: la gente pide una liturgia “exprés” porque vive una vida “exprés”. La pausa, el silencio, la sobriedad, el recrearse en lo bello del misterio y en el misterio mismo no cuadra con el modelo de vida que llevamos, ni el modo en que se vive la fe en nuestra sociedad.

En el reciente Sínodo de la Juventud, algunos obispos llegaron a afirmar que los jóvenes no van a Misa porque no les atrae, no les dice nada. Bueno, habría que preguntarles si en sus diócesis, parroquias, centros juveniles, seminarios y noviciados, se han molestado en explicarles el sentido de la Misa y en significado de sus ritos. Si uno abre un libro escrito en chino y no le enseñan a leer chino, conocer su cultura y su historia, tampoco le dirá nada, lo vera poco atractivo y lo dejará.

Por otra parte, vivimos en un mundo poblado por gente impaciente, que no tiene tiempo para el disfrute pausado de las cosas, de los momentos, que solo desea acumular experiencias y cuanto más novedosas mejor. Como pedir a una sociedad que no valora la pausa, el silencio, la concentración, el disfrute de lo bello…, que viva la Liturgia con devoción, sin prisas, que comprenda que cada vez que se inicia la Santa Misa el tiempo se detiene y entra en lo eterno, lo trascendente, lo inmutable.

Pero no, cada celebración tiene que ser distinta, motivadora, excitante, popular e incluso chabacana. Un producto de consumo fácil, que permita al participante terminar cuanto antes para dedicarse a sus devociones particulares o “cubrir el expediente” del precepto de la Iglesia; una macrocelebración con todo tipo de efectos sentimentales que conecte con la sensibilidad de la gente, tan cambiante como las modas de nuestros tiempos.

La vida se hace liturgia, y la liturgia se empobrece, se convierte en un producto de consumo, como ir al cine o al teatro, y deja de ser un momento especial, único, porque cada Misa es única e irrepetible, como el misterio que renueva, en el que el Dios paciente y misericordioso se encuentra con el hombre. Lo que hoy sirve para motivar la fe de los fieles, mañana ya no lo es, y surgen así las deformaciones, las alteraciones, los adornos y artificios que desfiguran la celebración y la convierten en producto de consumo.

Conclusión

El silencio ese gran desconocido, como el Espíritu Santo, es la gran riqueza del misterio celebrado en la Liturgia. Amado y venerado en el pasado, olvidado y denostado en el presente, sigue siendo el único camino valido para el encuentro del hombre con Dios.

Sin embargo, una advertencia final: el silencio no es la meta, no es el punto y final de la vivencia cristiana de la fe en la Liturgia. El silencio no puede ser estéril, no debe ser estéril; el silencio, el verdadero silencio, el de María ante Gabriel, el de Cristo en su Pasión, el de la Iglesia en oración, es fértil, da fruto en tanto y cuanto es antesala del anuncio, de la entrega, del apostolado. La contemplación del misterio en el silencio de la Liturgia, de la Santa Misa, del rezo del Oficio divino es el descanso del guerrero de Dios en la dura batalla contra el Mal, contra el Pecado y contra la Muerte. Comprender esto nos ayudara a revitalizar nuestra fe que nació en el silencio y se anunció por la palabra.

Vicente Ramón Escandell Abad, pbro.


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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna