In memoriam Miguel González, el Celletti español

Esta semana, Miguel Toledano, nos habla de una gran figura musical, quizás desconocida para muchos, les invitamos a adentrarse en la vida de un hombre único: Miguel González Escobar

Para los menos aficionados a la ópera entre los lectores de Marchando Religión, valga explicar que Rodolfo Celletti en Italia es considerado el mayor experto en la voz humana, lo que en la tierra del belcanto equivale a la primera autoridad en la musicología y, por extensión, en todo el orbe del arte vocal.  Pues bien, el pasado 22 de enero falleció discretamente en nuestra capital Miguel González Escobar, acompañado de su encantadora e inseparable esposa Charo; el mundo lírico español dice adiós a su más concienzudo investigador.

En efecto, Miguel González dedicó la mayor parte de su vida al estudio del teatro musical clásico, legando al mundo una obra gigantesca, su Diccionario de Óperas; como buen escolar de matriz decimonónica, el título de su Diccionario es en realidad mucho más largo, pero nos basta decir que, aún por el momento inédito, sus miles de entradas hacen palidecer a cuanto antes se haya escrito, tanto por la extensión como por la precisión de su contenido.  Para acreditar la calidad del resultado, el autor habitualmente contaría el número de errores por cada página desperdigados en el “Grove”, considerado por muchos la Biblia de la ópera; el referente anglosajón queda, así, en evidencia ante el despliegue del madrileño.

Sin embargo, era Miguel poco dado al encomio público; más bien le caracterizaba una socarrona versión de la modestia.  La importancia de su legado sólo se advertía al visitarlo en su casa, cuyo despacho recordaba al del Superintendente de la Scala, por la maravillosa inundación de materiales de todo tipo relevantes para la historia de la composición y la representación, dispuestos con organización prusiana.  Destacaba entre todos un busto imponente del maestro de maestros Alfredo Kraus, que saludaba desde el primer momento a todo aquel que se beneficiaba de la hospitalidad y generosidad de Miguel y Charo, y eso que nuestro homenajeado parecía a veces más pavarottiano que krausista – dicho sea esto con matices.

Miguel González Escobar se carteaba habitualmente con los más importantes musicólogos de todo el mundo, a fin de podar una y otra vez las innumerables ramas de su Diccionario, para hacerlo siempre más y más perfecto.  Fue amigo de Victoria de los Angeles, Helen Donath y Montserrat Caballé, entre muchos otros intérpretes, y era tal su pasión por la soprano tarraconense que, en una ocasión, mostró su molestia por la crítica, por otra parte motivada, que el gran especialista Arturo Reverter hiciera de la decadencia vocal de la inolvidable “Montse”, como se refería a ella el fallecido.  De las tres divas resaltadas recordaba Miguel su sencillez, que coincidía con la de él mismo, y su simpatía, que él igualmente prodigaba con ellas y con todos.

Pasar una tarde o una mañana -o ambas, con paréntesis de opíparo almuerzo preparado por Charo- trabajando con Miguel en su incansable objetivo era divertidísimo, porque entre referencia y referencia escrita que añadir a su repertorio contaba mil chistes y anécdotas espontáneamente sacadas de su memoria enciclopédica de la historia lírica, sazonadas por la exhibición de un autógrafo aquí o un retrato allá de las glorias musicales del pasado y del presente.  La conversación fructífera era sólo interrumpida por las apariciones ocasionales del perro bulldog “Tito”, que había aprendido de su dueño la delicadeza en el trato y la elegancia de la buena educación.  Su viuda recuerda que en más de cuarenta años de matrimonio jamás lo vio malhumorado una sola vez; cuantos lo conocimos podemos corroborar esa sencillez de niño grande que asegura a las almas el paraíso, sin perjuicio de las debidas cautelas que los que aprendimos nuestro Catecismo -y él no lo había olvidado- guardamos en relación con la justificación de los muertos.  Para mí tengo que sólo una pasión humana ponía a prueba su indulgencia, a saber, la chabacanería; e incluso a este defecto de la España contemporánea oponía un fino estoicismo, de resonancias castizas de la época de sus padres y de sus suegros, hoy tan injustamente tratada.

Como adalid de Rossini, Donizetti y Bellini que fue, compartía con Valle-Inclán su proverbial incomprensión por el amor de los efebos y por el estilo germánico, su aburrimiento por los desarrollos wagnerianos y su escándalo por hacer de la voz un altavoz del grito.  Con su ironía de hidalgo viejo se jactaba de apreciar un único momento en toda la partitura del Caballero de la Rosa:  el aria del Tenor.  Y advertía a los espectadores que ocupaban las primeras filas del teatro de la posible necesidad de abrir el paraguas si la velada estaba dedicada a un texto en lengua alemana, que los sufridos cantantes habrían de interpretar con considerable esfuerzo de su pronunciación, agotamiento fonológico y lanzamiento de proyectiles salivales por encima del foso de la orquesta.  Esto parece de broma, pero con palabras más diplomáticas que Miguel lo decía el mismo Alfredo Kraus cuando explicaba su preferencia personal por el italiano, el francés o el español como idiomas aptos para la expresión de la música.

La desaparición de González Escobar evidencia un hueco que la Asociación de Amigos de la Opera de Madrid y/o la Fundación del Teatro Real deben colmar:  la edición y publicación urgente de su Diccionario de Óperas.  Es urgente porque la ciencia y el público lo merecen; es urgente porque ya ha esperado demasiado; y es urgente porque no hay motivo para no ponerse manos a la obra, como Miguel hubiera seguido haciendo si el Padre no lo hubiera llamado a su casa. 

Yo conocí a Miguel gracias a la iniciativa que, desde los Amigos de la Ópera de Madrid, su Presidente Juan Cambreleng y su Gerente Julio Cano -dos directivos clave en el impulso contemporáneo de la organización de la música española- lanzaron en la década de los ochenta del pasado siglo para poder acometer el magno proyecto.  España tiene que estar en la primera línea de la bibliografía musicólogica mundial y el esfuerzo inédito del fallecido lo permitiría con medios razonables, si las dos primeras instituciones de la ópera en Madrid así lo establecen, como esperamos, dándolo a la imprenta con la debida aportación de material gráfico y soporte digital.

Finalmente, en el recuerdo a Miguel es sencillamente imposible no referirse a quien ha sido su perenne compañera desde que los dos tuvieron la dicha de encontrarse; joven y competente jurista de empresa, Charo formó con Miguel una de esas parejas tan complementarias y compenetradas que sólo el misterio insondable de la muerte a la vida eterna puede explicar en lo que, de otro modo, resulta una cruel incógnita de la experiencia humana y un destino trágico después de un camino de felicidad.  La Fe que a ambos unía en la alegría permite soñar a Charo, nos permite soñar a nosotros, que el Celletti español goza de la comunión de los Santos junto a Cecilia en el Cielo, a donde ya ha sido conducido a los sones de “Angiol di Pace”, de la Beatrice di Tenda.

Miguel Toledano


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Miguel Toledano

Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibio su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovision carlista, esta casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. En la actualidad es subdirector de un colegio internacional en Bruselas. Ha sido secretario general de la Fundación Nacional Francisco Franco y afiliado del partido político Alternativa Española. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Ha publicado distintos artículos en diferentes medios.