La educación en el corazón de Cristo

Un artículo de Pedro Luis Llera publicado inicialmente en su blog de Infocatólica

El presente post se corresponde con la conferencia que dicté en el Centro Cultural Juan Pablo II de Cádiz.


Permítanme que comience con una cita del profesor Mario Caponnetto. Dice:

Hoy no solo nos enfrentamos a doctrinas pedagógicas falsas o erróneas, ajenas a la verdadera naturaleza del hombre y a su fin último. Nos enfrentamos a algo mucho más grave: a una perversa y sistemática deconstrucción del hombre y de la realidad. Mario Caponnetto.

Efectivamente, vivimos tiempos perversos en los que se pretenden destruir los conceptos de hombre y de realidad; una realidad que se está llegando incluso a cuestionar en su propia existencia. ¿Existe la realidad o es una pura construcción mental, una especia de holograma, una proyección de la propia mente?

1.- ¡Cómo está el mundo!

Al mundo moderno podríamos definirlo con cuatro rasgos característicos: el culto a la libertad, el relativismo moral, el individualismo y el hedonismo exacerbado.

1.- Culto a la libertad (negativa): el derecho de autodeterminación. Se trata de la afirmación absoluta de la libertad del hombre por sí misma; es la afirmación soberana de su voluntad al margen de la voluntad de Dios o incluso contra ella.

El mundo actual es el fruto de la cultura liberal (por sus frutos los conoceréis). León XIII, en la Encíclica LIBERTAS PRAESTANTISSIMUM distingue – y condena – tres grados de liberalismo:

I.- Liberalismo de primer grado: “es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad”. “No hay en la vida práctica autoridad divina alguna a la que haya que obedecer; cada ciudadano es ley de sí mismo”.

Este es el origen del Relativismo Moral.

La perversión mayor de la libertad, que constituye al mismo tiempo la especie peor de liberalismo, consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios y rehusarle toda obediencia, tanto en la vida pública como en la vida privada y doméstica.

II.- Liberalismo de segundo grado: niegan que el hombre libre deba someterse a las leyes que Dios quiera imponerle por un camino distinto al de la razón natural.

Esta segunda clase es el sistema de aquellos liberales que, por una parte, reconocen la necesidad de someterse a Dios, creador, señor del mundo y gobernador providente de la naturaleza; pero, por otra parte, rechazan audazmente las normas del dogma y de la moral.

III.- Liberalismo de tercer grado: son los liberales que afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado; es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada”. Conceden a los ciudadanos, todo lo más, la facultad, si quieren, de ejercitar la religión en privado.

Estos son los que niegan la Soberanía Social de Cristo.

Resumamos este aspecto de la exaltación de la libertad negativa en tres puntos:

  • Seré lo que me dé la gana ser y haré con mi vida lo que quiera. “Non serviam”: no cumpliré la Voluntad de Dios. Yo soy dueño de mi vida.
  • Cada uno puede pensar lo que le dé la gana y opinar lo que le parezca y creer lo que quiera. Todas las religiones son potencialmente verdaderas e igualmente falsas. Multiculturalismo, sincretismo religioso… Todo vale lo mismo y nada vale nada. En este sentido, resulta triste analizar lo que hemos tenido que leer hace poco en un documento oficial de la Iglesia que dice que: “la libertad es un derecho de toda persona: todos disfrutan de la libertad de credo, de pensamiento, de expresión y de acción. El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos. Esta Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente. Por esto se condena el hecho de que se obligue a la gente a adherirse a una religión o cultura determinada, como también de que se imponga un estilo de civilización que los demás no aceptan”.

Decir que “la libertad de culto y que la diversidad de religión son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos” y que “esta sabiduría divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente” es gravemente erróneo y está duramente condenado por la Encíclica Libertas de León XIII en 1888 y antes por el Syllabus de Pío IX en 1864.

  • Ideología de género es el liberalismo de primer grado llevado hasta sus últimas consecuencias. Esta ideología consagra esa idea de que puedo ser lo que quiera ser y como quiera ser, al margen incluso de las evidencias biológicas y fisiológicas. El hombre no solo se autodetermina de Dios, sino también de la razón y de la ciencia. Puede haber niñas con pene y niños con vulva. Las leyes LGTBI son el claro exponente de esta ideología que ha sido elevada a la categoría de pensamiento único y que se concreta en leyes aprobadas por unanimidad por todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria.

Este concepto de libertad negativa está en el origen de los otros tres aspectos que voy a comentar: el relativismo moral, el individualismo y la cultura hedonista.

2.- Relativismo moral: en realidad, Dios es un invento. Nada es pecado. El superhombre está por encima del bien y del mal. La realidad ni siquiera existe: vivimos en una especie de Matrix donde nada es verdad ni es mentira. La Verdad no existe. Sólo existen opiniones. El aborto, la eutanasia, los vientres de alquiler… Todo vale si hay consenso de una mayoría. Y para convencer a las mayorías, tenemos la propaganda: las series de televisión, las películas, etc.

 3.- IndividualismoLo importante es que yo sea feliz.

  • Lo fundamental es “realizarme” y alcanzar el “éxito”: llegar a lo más alto profesionalmente.
  • Para ello, los niños son un estorbo. La familia es un obstáculo que me impide realizarme, para llegar a lo más alto.
  • La consecuencia inmediata del individualismo es la soledad. Este es el problema: que cuando llegas a lo más alto, lo más seguro es que vayas a estar solo.

Vivimos en una sociedad cada vez más conectada y donde el hombre está, paradójicamente, cada vez más aislado. Tengo cinco mil amigos en Facebook pero en realidad no tengo a nadie. Estoy SOLO delante de una pantalla. Somos Robinsones aislados, cada uno en nuestra isla, tratando de sobrevivir y de buscarnos la vida cada uno por nuestra cuenta; sin escapatoria, sin salida, rodeados por un mar insondable de nada: este es nihilismo contemporáneo.

4.- Hedonismo exacerbadohay que disfrutar de la vida.

  • La vida es un cúmulo de experiencias. Lo que tienes que hacer es viajar, comer, beber y acumular orgasmos.
  • La revolución sexual lleva años educándonos en la desvinculación del sexo respecto al amor conyugal. “El matrimonio es una institución pasada de moda. Mejor vivir juntos y sin compromisos”. El sexo es una forma de disfrutar de la vida. Y no debe tener más límite que la libertad individual del otro.
  • Es el triunfo del vitalismo nietzscheano: la vida tiene que ser una fiesta, una bacanal. Hoy en día, se rinde culto al orgasmo onanista y estéril.
  • Pero después de la borrachera vitalista, el hombre se siente vacío, sin rumbo: “me aburro”. “No sé qué hacer con mi vida”. “¿Qué pinto yo aquí?” “Me agobio”. Por eso estamos siempre rodeados de ruidos y en búsqueda de experiencias nuevas que nos anestesien. Viajamos para conocer nuevas culturas, para vivir nuevas experiencias y no tener que enfrentarme a mi propio vacío en la soledad de mi propia casa. El hombre actual es un exiliado de sí mismo: huye de sí mismo.

Resumimos. Cuatro características de la mentalidad moderna: culto a la libertad (tengo derecho a hacer lo que me apetezca, sin cortapisas morales; y a autodeterminarme: a ser lo que yo quiera ser), relativismo moral (el bien y el mal se determinan por las opiniones de las mayorías, por consenso social), individualismo exacerbado (lo importante es mi felicidad y “realizarme”) y el hedonismo nietzscheano; o sea, la felicidad entendida como una búsqueda desenfrenada del propio placer; la borrachera como anestesia del propio vacío existencial y de la falta de sentido de la vida.

Este estercolero moral en que vivimos asfixiados no cabe duda de que tiene unas profundas raíces satánicas. Señala el Doctor Angélico que la posibilidad de pecar no es libertad, sino esclavitud. El que comete pecado es siervo del pecado. Nuestra sociedad de hoy está marcada por el “Non serviam” luciferino.

2.- ¿Y ahora qué hacemos?

Yo les confieso que mi felicidad personal me importa un bledo. Yo soy feliz si mi mujer y mis hijos son felices. Y para eso estoy dispuesto a sacrificarme, a desvivirme, a madrugar, a renunciar a lo que me apetece o a lo que me gusta. Pero hoy hay muchas personas que anteponen su propio derecho a “ser feliz” a todo lo demás: yo ya no siento nada por ti, así que me voy con otra. Por eso hay tantos divorcios, porque, con tal de realizarme y ser feliz yo, me da igual lo que le pase a mi mujer y a mis hijos.

El mundo moderno no tiene ni repajolera idea de lo que es el AMOR. El amor no es un mero sentimiento. El amor es una decisión del entendimiento, sustentada por la voluntad: no se ama a quien no se conoce. Yo conozco a mi mujer y la quiero como es: no como me gustaría que fuera; la amo con sus virtudes y sus defectos. Y nos conocemos bien: tanto que casi nos entendemos sin palabras. Y ese conocimiento y esa decisión de compartir un proyecto de vida en común está sustentado por la voluntad de permanecer juntos en lo bueno y en lo maloNo hay amor sin compromiso y sin fidelidad. Pero ese conocimiento mutuo y esa fidelidad, a su vez, se sustentan sobre el cimiento de esa Roca que nunca falla; el cimiento que te permite aguantar diluvios, huracanes y borrascas: Cristo. La gracia de Dios es la base del amor conyugal católico. Es la gracia de Dios la que completa la ecuación del Amor, compuesta por la suma del corazón, la cabeza y la voluntad. La gracia es el sumando del Amor eterno y sobrenatural, sin el cual nada podemos.

El Amor se vive en la FAMILIA. Yo amo a mi mujer porque entre todas las mujeres del mundo, solo ella es ella. Y el amor de los esposos es creador, es fértil, y acoge la vida de los hijos. Y el padre y la madre viven para sus hijos, para educarlos, para criarlos, alimentarlos… para que no les falte nada de lo necesario. Sobre todo, para que no les falte lo imprescindible: el amor. Porque un niño no puede crecer sano y feliz si no se siente amado sin condiciones, sin merecerlo… Cualquier padre y cualquier madre darían su vida por sus hijos. De hecho, ser padre o ser madre es dar la vida por sus hijos: es sacrificarse por ellos, desvivirse por ellos, trabajar por ellos, renunciar a salir de fiesta por ellos y desgastar la vida por ellos.

En la cultura tradicional cristiana, lo más importante no son los derechos y las libertades de los individuos, sino la FAMILIA. Y los pueblos, las regiones y las naciones no eran otra cosa que una gran familia de familias: no una suma de individuos aislados. Y las familias se basan en el amor y el amor crece y se sustenta en la gracia de Dios. Dios es el centro de la familia, del pueblo, de la región, de la Patria. Los pueblos cristianos tienen a Cristo por Rey. Y sus leyes se basan en la Ley Moral Universal: en los Mandamientos de la Ley de Dios. Esa es su constitución. Es la Caridad la ley fundamental. Y solo si las leyes respetan la Ley de Dios son realmente legítimas.

Así lo señala el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia:

396 La autoridad debe dejarse guiar por la ley moral: toda su dignidad deriva de ejercitarla en el ámbito del orden moral, «que tiene a Dios como primer principio y último fin». En razón de la necesaria referencia a este orden, que la precede y la funda, de sus finalidades y destinatarios, la autoridad no puede ser entendida como una fuerza determinada por criterios de carácter puramente sociológico e histórico: «Hay, en efecto, quienes osan negar la existencia de una ley moral objetiva, superior a la realidad externa y al hombre mismo, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos. Por esto, al no reconocer los hombres una única ley de justicia con valor universal, no pueden llegar en nada a un acuerdo pleno y seguro».

397 La autoridad debe reconocer, respetar y promover los valores humanos y morales esenciales. Estos son innatos, « derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir ». Estos valores no se fundan en « mayorías » de opinión, provisionales y mudables, sino que deben ser simplemente reconocidos, respetados y promovidos como elementos de una ley moral objetiva, ley natural inscrita en el corazón del hombre (cf. Rm 2,15), y punto de referencia normativo de la misma ley civil. Si, a causa de un trágico oscurecimiento de la conciencia colectiva, el escepticismo lograse poner en duda los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento estatal quedaría desprovisto de sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación pragmática de los diversos y contrapuestos intereses.

398 La autoridad debe emitir leyes justas, es decir, conformes a la dignidad de la persona humana y a los dictámenes de la recta razón: «En tanto la ley humana es tal en cuanto es conforme a la recta razón y por tanto deriva de la ley eterna. Cuando por el contrario una ley está en contraste con la razón, se le denomina ley inicua; en tal caso cesa de ser ley y se convierte más bien en un acto de violencia». La autoridad que gobierna según la razón pone al ciudadano en relación no tanto de sometimiento con respecto a otro hombre, cuanto más bien de obediencia al orden moral y, por tanto, a Dios mismo que es su fuente última. Quien rechaza obedecer a la autoridad que actúa según el orden moral «se rebela contra el orden divino» (Rm 13,2). Análogamente la autoridad pública, que tiene su fundamento en la naturaleza humana y pertenece al orden preestablecido por Dios, si no actúa en orden al bien común, desatiende su fin propio y por ello mismo se hace ilegítima.

400 Reconocer que el derecho natural funda y limita el derecho positivo significa admitir que es legítimo resistir a la autoridad en caso de que ésta viole grave y repetidamente los principios del derecho natural. El fundamento del derecho de resistencia es, pues, el derecho de naturaleza.

407. La doctrina social señala que uno de los mayores riesgos para las democracias actuales es el relativismo ético, que induce a considerar inexistente un criterio objetivo y universal para establecer el fundamento y la correcta jerarquía de valores: « Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia ». La democracia es fundamentalmente «un “ordenamiento” y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter “moral” no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve».

Resumamos estos puntos de la Doctrina Social de la Iglesia:

1.- La autoridad debe guiarse por la ley moral que tiene a Dios como principio y fin.

2.- Los principios morales no dependen de la opinión variable de las mayorías.

3.- Cuando la ley positiva se opone a la Ley Moral Universal, se convierte en un acto de violencia ilegítimo.

4.- Es legítimo RESISTIR a la autoridad cuando esta viola la Ley Natural.

5.- El relativismo moral convierte a la democracia en una verdadera dictadura: esa dictadura del relativismo de la que nos advertía Benedicto XVI.

El centro de la sociedad tradicional es Cristo: la Iglesia en el medio del pueblo y el sagrario en el lugar más relevante del templo. Cristo no es solo el Señor de mi vida: es también el Señor de mi familia y el único Rey verdadero. Dice la Carta de San Pablo a los Filipenses:

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre.” Filipenses, 2.

Cristo es Rey. Pero no es un rey cualquiera. Es un rey que se humilló y tomó la condición de “siervo”. “Tened los mismos sentimientos de Cristo”. Lo que pasa es que al hombre moderno no le entra en la cabeza eso de ser “siervo”. El hombre moderno quiere ser señor de su vida. Y Cristo nos enseña a ser criados de todos. Nos enseña a humillarnos, a rebajarnos, a lavar los pies del prójimo. Y eso el mundo hedonista no lo puede entender. ¿Cómo vas a ser feliz arrodillándote ante los otros? ¿No tendrían que ser lo otros los que se arrodillaran ante mí para cumplir mis caprichos?

“Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor”. Mateo 20, 25-26.

Quien quiera ser el primero que sea vuestro criado. Quien gobierna tiene que ser el criado de su pueblo: está para buscar el bien común. Para ser el padre de todos, amándolos a todos con amor entrañable; buscando la justicia y rigiendo con caridad. Pero hoy en día el “paternalismo” está mal visto. Ser padre es sinónimo de opresor. Y ser madre es sinónimo de esclavitud. Pero donde hay amor no hay opresión, ni lucha de clases, ni hombres que oprimen ni mujeres que son oprimidas. Eso del “heteropatriarcado falócrata” forma parte de la basura ideológica de la modernidad, que no tiene ni puñetera idea de lo que es el amor.

El director de un colegio, por poner un ejemplo, tiene que ser el criado de todos. No es el que ordena y manda. No es el que mira por encima del hombro a todo el mundo. No es alguien a quien hay que pedir audiencia, porque ya se sabe que el director siempre está muy ocupado, y hay que llamar siempre antes a su secretaria para pedir cita previa. El director del colegio es el criado de la madre que viene a las nueve de la mañana a traer a sus hijos al colegio (a veces hasta en pijama y bata). Por eso, el director tiene que estar ahí de portero. El director tiene que ser el criado de sus profesores, para que puedan realizar su trabajo en las mejores condiciones; para respaldarlos, animarlos, preocuparse por ellos y por sus familias; para acompañarlos en sus dificultades, consolarlos en sus disgustos; rezar por sus necesidades… El director del colegio tiene que ser el criado de sus alumnos y tiene que conocerlos por su nombre y quererlos como si fueran sus propios hijos; y rezar por ellos. Porque el director no lo puede todo: solo Cristo lo puede todo.

Pero no nos adelantemos. De educación hablaremos más tarde.

Ante este panorama, Ron Dreher, en su Opción Benedictina propone una especie de rendición ante la modernidad. “Hemos perdido el espacio público”. Por lo tanto, a los católicos tradicionales no nos queda otra opción que volver a las catacumbas. Somos pocos. “La crisis espiritual que atraviesa Occidente es la más seria desde la caída del Imperio Romano, allá por el final del siglo V. La luz del cristianismo se desvanece en Occidente”. “Hablamos un idioma que cada vez más gente considera ofensivo y que pocos pueden escuchar”. Por ejemplo, cuando exponemos la doctrina católica sobre los actos homosexuales y decimos que son pecados que claman al cielo, se nos considera “homófobos”; o cuando decimos que el aborto es un pecado abominable, el mundo ya no nos entiende; ni tampoco cuando criticamos el divorcio o el adulterio, que hoy se consideran como algo “normal”…

“¿Y si la mejor manera de plantar cara al diluvio es dejar de plantar cara?” “En lugar de gastar recursos y energías en batallas políticas que están perdidas de antemano, lo que deberíamos hacer es construir comunidades, establecer instituciones y organizar una resistencia astuta que pueda preservar hasta que levante el estado de sitio”. 

En cambio, mi propuesta para sobrevivir a este mundo desquiciado es resistirStat Crux dum volvitur Orbis: La Cruz permanece erguida mientras el mundo da vueltas. In hoc Signo vincesLa Cruz nos dará la victoria. Somos pocos, insignificantes, irrelevantes en el mundo de hoy. Somos bichos raros. Pero estamos llamados a vencer.

Escribía el Profesor Roberto de Mattei hace pocos días en su artículo La Iglesia en crisis: el acto final del Concilio Vaticano II:

Nosotros somos (también) pocos hoy en día. Estamos desprovistos de los medios materiales que proporcionan los poderes políticos, económicos y mediáticos. Estamos cubiertos de heridas infligidas por nuestros pecadosSe nos aísla y nos trata como a leprosos por nuestra fidelidad a la Tradición. No obstante, si tenemos valor para resistir, para no retroceder, para atacar al enemigo que avanza, como los perros ladradores de los que habla el cronista medieval, la victoria será nuestra, porque nuestro amor a la Iglesia y la Civilización Cristiana es más fuerte que la muerte.

La civilización cristiana no es un sueño que pasó a la historia, sino la solución a la crisis de un mundo en descomposición; es el reinado de Jesús y de María en las almas y en la sociedad, que anunció Nuestra Señora en Fátima y por el cual seguimos luchando cada día con confianza y valentía. 

Hay que reivindicar el valor del amor y de la familia. Sin amor y sin familia, no es posible educar a un niño. Porque educar es amar. La escuela debe ser colaboradora y subsidiaria de los padres, que son quienes tienen la responsabilidad y el deber de educar a sus hijos.

Conclusión: a mi juicio, lo que debemos hacer es resistir la inmoralidad de este mundo enloquecido. Nada de retirarnos, ni mucho menos de adaptarnos al mundo. Toca luchar. Toca resistir las leyes inicuas y los dictados ilegítimos de una democracia relativista que legisla abiertamente contra Dios. Debemos asumir la persecución, la descalificación; debemos asumir que nos condenen al ostracismo social. Pero ni un paso atrás. La persecución y el martirio son gracias de Dios. Bendito sea Dios si nos tildan de ultracatólicos o de fundamentalistas. Esa será buena señal. Si al Señor lo persiguieron, no esperemos nosotros otra cosa.

“Estamos acosados por todas partes, pero no derrotados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; desechados, pero no aniquilados”. II Corintios, 4

3.- El Problema de la Educación

Un mundo hedonismo hasta la náusea, un mundo individualista que desprecia y ataca a la familia; un mundo que ya no sabe lo que es el amor y lo confunde con el emotivismo sentimentaloide o con el sexo; esta sociedad relativista, inmoral y onanista, ¿cómo va a saber educar a los niños? No sabe.

Llevamos casi treinta años (desde la aprobación de la LOGSE en 1990) bajo un sistema educativo que fomenta la incultura y la ignorancia.

La pedagogía moderna odia la tradición cultural española y occidental, fundamentalmente por sus raíces cristianas. El mundo moderno aborrece la moral católica. Quiere cambiar el mundo mediante estrategias que se han venido en llamar de “ingeniería social”. Hay que romper con el pasado, hay que romper con la tradición, hay que acabar con la familia. Dicen los seguidores de Nietzsche que la moral tradicional cristiana es antinatural porque presenta leyes que van en contra de las tendencias primordiales de la vida. Según el pensamiento moderno, la moral cristiana sería una moral de resentimiento contra los instintos y el mundo biológico y natural, lo que quedaría de manifiesto en la obsesión de esta moral tradicional por limitar el papel del cuerpo y de la sexualidad. No hay que reprimirse: vale todo, mientras no conculques la libertad de los demás. A un hombre esclavizado por sus bajos instintos; a un hombre ignorante, privado de su dignidad de hijo de Dios; despojado de sus raíces, de su civilización y de su herencia cultural (de su literatura, de su filosofía, de su arte y de su historia) es más fácil tratarlo como a un animal y así poder dominarlo, domesticarlo, atarlo y encerrarlo en una jaula.

La sociedad moderna, liberal y anticristiana, ha fundamentado su pedagogía en el llamado Constructivismo Pedagógico. Según los constructivistas, el ser humano adquiere el conocimiento a través de un proceso de construcción individual y subjetivo. Y dado que el conocimiento se construye, el niño lo construirá a partir de su propia forma de ser, de pensar y de interpretar la información. Cada niño ha de aprender por tanto, a su manera y el papel del maestro ha de ser el de simple “mediador”.

Los constructivistas modernos no aceptan que el maestro deba enseñar nada porque sostienen que el conocimiento previo es un obstáculo para el aprendizaje. Para ellos, sólo un intelecto en estado virgen está en condiciones ideales para aprender, descubriendo y construyendo su propia concepción del mundo.

Dado, pues, que lo que solía llamarse legado cultural no es más que el conjunto de ciertas percepciones individuales del mundo, educar será para los constructivista modernos no transmitir legado alguno, no instruir al niño, sino acompañarlo en su descubrimiento del mundo, permanecer silencioso a su lado, observando cómo construye su propia percepción de todo lo que le rodea.

Y como consecuencia, ya estamos viendo hoy los resultados de esta falta de educación. Ya estamos comprobando cómo ese intelecto virgen del joven sin civilizar lo convierte en un perfecto salvaje, sin modales, sin cultura alguna; sin respeto a sus mayores ni a sus tradiciones ni a nada.

El posmodernismo rechaza la objetividad y también todo intento de acercamiento a la verdad de las cosas. Para un posmoderno todo concepto de realidad objetiva resulta sospechoso y la honestidad solo se puede encontrar entre la confusión y la niebla. No hay verdad que enseñar porque la verdad no existe. En consecuencia, si no hay verdad, solo hay algo que transmitir: ideología. Tenemos así un sistema educativo al servicio del cambio político, al servicio del relativismo moral, al servicio de la construcción de un mundo en el que los poderosos lo tienen cada vez más fácil para manipular y controlar a ese hombre aislado, al náufrago de la modernidad, que ya no tiene familia ni sabe lo que es el amor. Al hombre sin Dios y sin esperanza solo le queda el Estado como único salvavidas posible; un Estado convertido en el nuevo dios que tiene que rescatarme del desamparo, de la enfermedad, de las calamidades, de mi propia vejez…

En resumidas cuentas, los pedagogos modernos niegan la capacidad de enseñar, abominan de la educación como trasmisión de conocimientos y se recrean en el multiculturalismo, el plurilingüismo y la transversalidad. El resultado de esta pedagogía posmoderna no puede ser otro que la destrucción del saber mediante la exaltación de la incultura y la ignorancia.

Desde un punto de vista puramente pedagógico, yo reivindico, sin la menor duda y sin la más mínima vergüenza, el valor de la escuela tradicional.

Definamos algunos de los rasgos característicos de esta escuela tradicional, tan denostada por todo pedagogo moderno que se precie:

1.- Los profesores deben explicar bien sus materias. Deben dominar las disciplinas que imparten. Y deben sentir pasión por ellas y por transmitir sus conocimientos a los alumnos.

2.- Para poder estudiar y aprender hace falta silencio, trabajo, rigor y disciplinaEl profesor debe explicar y el niño debe atender. Y para aprender hay que esforzarse. Aprender no es un juego ni es divertido. Los niños tienen que aprender a trabajar: es importante que sepan que estudiar con regularidad es un hábito importante, estén motivados o no; les apetezca o no; les guste o no. Hay asignaturas (gramática, matemáticas,…) que por sus propios contenidos no tienen nada de divertidas. Ni tampoco tienen por qué ser divertidas. Son áridas, difíciles y arduas de entender. Y así deben ser.

3.- Hay que enseñar a los niños a leer, a escribir; a sumar, restar, multiplicar y dividir. Para que un niño pueda seguir estudiando cosas por su cuenta y puedan entender lo que leenlos dictados, las redacciones, la lectura, los ejercicios de cálculo y otras actividades igualmente arcaicas y obsoletas serán de mucha utilidad.

4.- La educación es sobre todo responsabilidad de los padres. Educar consiste fundamentalmente en poner límites, porque quien no reconoce sus límites es un ser enloquecido; y los límites no se negocian ni se dialogan.

A los niños se lo estamos dando todo: no les falta de nada. Los estamos llenando de cosas. Pero un niño necesita, antes que nada, sentirse querido y no se va a sentir más querido porque le compren más cosas. Más bien al contrario, cuando se consiente algo a un hijo para que se calle de una vez, se demuestra un claro desinterés por él.

Y, por último, lo que no deberían hacer nunca los padres es desautorizar al profesor delante de sus hijos. Si unos padres caen en ese error, la batalla está perdida. Pero el problema, a medio o largo plazo, no lo va a tener el profesor: lo va a tener ese padre en su casa. Y lo acabarán pagando muy caro.

4.- La Escuela Católica Mundanizada

Y en medio de toda esta vorágine, ¿qué ha pasado con la Escuela Católica? La Escuela Católica ha intentado con todas sus fuerzas adaptarse a los nuevos tiempos para no perder su clientela: adaptarse o morir. Y así, ante un mundo secularizado, tenemos una escuela católica igualmente secularizada, mundanizada, puramente inmanentista.

Ante un mundo que ya no cree en Dios, la escuela católica se ha vuelto arriana: Cristo es un ejemplo de persona, pero no es Dios. La resurrección y los milagros son símbolos y metáforas. Cristo es un hombre ejemplar, alguien a quien imitar, una gran persona. Y punto final.

Ante una sociedad que pretende transformar la realidad desde presupuestos ideológicos anticristianos, la escuela católica se ha vuelto pelagiana: “la educación puede cambiar el mundo”, dicen. Nosotros vamos a educar en valores asépticos: en la tolerancia, en el respeto, en la paz, en el sincretismo religioso, en el multiculturalismo. Hay que huir de los dogmas, de los fundamentalismos, del proselitismo. La escuela secularizada es muy del gusto del mundo, porque es muy pluralista, ecuménica, progresista, igualitaria, ecologista, pacifista, gandhiana… en fin… Cualquier cosa menos católica. Ni rastro del pecado. Todos se salvan porque Dios es muy bueno. Ni rastro de infierno ni de condenación. Ni rastro de la necesidad de la gracia de Dios. Nosotros solos, con nuestra buena voluntad, nuestras ONG, nuestras campañas solidaria, nuestra educación en valores, vamos a cambiar el mundo.

Tenemos que educar a los niños para que tengan éxito, para que sean líderes, para triunfen en la vida. Los niños deben creer en sí mismos: “si puedes soñarlo, puedes conseguirlo”. Hemos cambiado la virtud por la educación emocional; la caridad por la empatía y la autoestima; la dirección espiritual y la confesión por la tutoría y el coaching; el sacerdote por el orientador.

Y a Cristo lo hemos arrinconado en una esquina para que no estorbe. Conviene mantener un cierto barniz cristiano, pero sin que se note mucho para no espantar a los posibles clientes. La escuela católica debe ser inclusiva: todos caben en ella. Todos menos Cristo. Todas las ideas son respetables: todas, menos la Santa Doctrina de la Iglesia.

Ya en 1929, el Papa Pío XI escribía su Encíclica Divini Illius Magistri y en ella ya nos advertía proféticamente de los peligros de esta secularización de la educación:

3. Se multiplican las teorías pedagógicas, se inventan, se proponen y discuten métodos y medios, no sólo para facilitar, sino además para crear una educación nueva de infalible eficacia, que capacite a la nuevas generaciones para lograr la ansiada felicidad en esta tierra.

4. La razón de este hecho es que los hombres, (creados por Dios a su imagen y semejanza y destinados para gozar de Dios, perfección infinita), al advertir hoy más que nunca, en medio de la abundancia del creciente progreso material, la insuficiencia de los bienes terrenos para la verdadera felicidad de los individuos y de los pueblo, sienten por esto mismo un más vivo estímulo hacia una perfección más alta, estímulo que ha sido puesto en la misma naturaleza racional por el Creador y quieren conseguir esta perfección principalmente por medio de la educación. […] Pretenden extraer esa perfección de la mera naturaleza humana y realizarla con solas las fuerzas de éstaEste método es equivocado, porque, en vez de dirigir la mirada a Dios, primer principio y último fin de todo el universo, se repliegan y apoyan sobre sí mismos, adhiriéndose exclusivamente a las cosas terrenas y temporales; y así quedan expuestos a una incesante y continua fluctuación mientras no dirijan su mente y su conducta a la única meta de la perfección, que es Dios.

La escuela católica secularizada agoniza. Se muere irremisiblemente: cuando el sarmiento se separa de la Vid Verdadera, solo sirve para echarlo al fuego. Las órdenes religiosas que durante siglos han seguido la tradición de los grandes santos de la educación cristiana carecen de vocaciones. Porque San José de Calasanz, San Ignacio de Loyola, San Juan Bautista de La Salle o San Juan Bosco querían que Cristo fuera el centro; querían llevar las almas de los niños a Cristo; sentían la pasión sobrenatural por salvar las almas de los niños. No querían educar en valores ni llevar a los niños al éxito meramente mundano, sino que querían que fueran santos. Hoy ninguna escuela escribe en su proyecto educativo que tiene como objetivo primordial la santidad de sus alumnos. Eso no vende. Dicen que son otros tiempos… No sé yo…

5.- La educación en el Corazón de Cristo

La educación en el corazón de Cristo-MarchandoReligion.es

Hay que recuperar y restaurar esta Escuela Católica, que hoy está en ruinas, para Cristo.

Un colegio católico debe ser una escuela de santidad. Nuestro negocio consiste en ganar almas para el Cielo. La caridad debe ser la única norma inquebrantable de nuestro colegios. Y la Caridad es una gracia de Dios que brota del Corazón de Cristo. Por eso nuestro colegios deben tener como centro, no al alumno, ni al profesor, sino al Sagrado Corazón de Jesús, realmente presente en cada Sagrario.

Los profesores debemos ser santos y vivir en gracia de Dios para que podamos ser dignos instrumentos del Espíritu Santo. Los niños se merecen maestros santos porque solo los santos pueden enseñar a los niños lo realmente importante: que Dios los quiere a cada uno de ellos, con su nombre y apellidos; que cada uno de ellos son únicos e irremplazables. Los niños deben sentirse en el Colegio tan queridos como en sus casas. Y si corregimos, corregiremos con amor, buscando siempre el mayor bien para los niños. Sin amor no hay educación posible. Una escuela con meros “trabajadores” de la enseñanza, únicamente preocupados por cumplir un horario y cobrar a fin de mes, sería una basura. Primero amemos a los niños, conozcamos los talentos que Dios les ha dado y ayudémosles a desarrollarlos. Y enseñémosles con la palabra y, sobre todo con nuestro buen ejemplo, el valor de la santidad, que es mucho más que ser “buenas personas”. Así también ellos querrán aspirar a ser santos como sus maestros.

Y si los niños vienen heridos (las separaciones y los divorcios traumáticos están a la orden del día) o maltratados a la escuela, tratemos de aliviarles su dolor dándoles todavía más amor si cabe durante las horas que están en el Colegio. Y, sobre todo, recemos por ellosLos maestros debemos rezar a diario por nuestros alumnos y por sus familias. A donde yo no llego, llega Dios. Creamos en la fuerza y en el poder de la oración. Todos los maestros católicos deberíamos empezar cada mañana delante del sagrario rezando por los niños que el Señor nos encomienda e implorando la gracia de Dios para que nos ayude en nuestra labor. Un maestro que no reza ni vive en gracia de Dios no puede ser un buen maestro en una escuela católica. Como mucho, podrá ser un buen instructor. Pero no un buen maestro a imagen del único y verdadero Maestro, que es Cristo.

Escribía Pío XI:

74. La eficacia de la escuela depende más de los buenos maestros que de una sana legislación. Los maestros que requieren una escuela eficaz deben estar perfectamente preparados e instruidos en sus respectivas disciplinas, y deben estar dotados de las cualidades intelectuales y morales exigidas por su trascendental oficio, ardiendo en un puro y divino amor hacia los jóvenes a ellos confiados, precisamente porque aman a Jesucristo y a su Iglesia, de quien aquéllos son hijos predilectos, y buscando, por esto mismo, con todo cuidado el verdadero bien de las familias y de la patria.

Nuestras escuelas católicas deben ser espacios de comunión y de amorescuelas centradas en Cristo, centradas en la Eucaristía, que es el Sacramento de la Caridad. En nuestro ámbito escolar, la fe será algo palpable si vivimos en coherencia eucarística y dejamos que el Señor transforme nuestro corazón para hacerlo semejante al suyo. Así cada uno de nosotros podrá ser un instrumento del amor de Dios y la escuela será verdaderamente un espacio de paz y de caridad donde los niños podrán crecer, madurar y aprender, sintiéndose amados y protegidos. Esa debe ser nuestra aportación a la construcción de la civilización del amor, que tanta falta nos hace en medio de este mundo cada día más cruel e inhumano.

La escuela católica no puede prescindir de dos conceptos básicos: el pecado original y la gracia. Pío XI lo tenía muy claro (leemos en la Encíclica Divini Illius Magistri de 1929):

45. Es erróneo todo método de educación que se funde, total o parcialmente, en la negación o en el olvido del pecado original y de la gracia, y, por consiguiente, sobre las solas fuerzas de la naturaleza humana. A esta categoría pertenecen, en general, todos esos sistemas pedagógicos modernos que, con diversos nombres, sitúan el fundamento de la educación en una pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño o en la supresión de toda autoridad del educador, atribuyendo al niño un primado exclusivo en la iniciativa y una actividad independiente de toda ley superior, natural y divina, en la obra de su educación.

La escuela católica debe enseñar a los niños que no hay otra felicidad que la santidad; que solo Cristo tiene palabras de vida eterna; que Cristo está realmente presente en el Santísimo Sacramento; que vivir en gracia es más importante que la propia vida; que las dos alas que los pueden elevar al cielo, librarlos del pecado y hacerlos santos son la confesión y la comunión eucarística; que no hay salvación fuera de la Iglesia ni otro Salvador que Jesucristo.

La escuela católica, regida por la Caridad y centrada en el Corazón de Jesús, es un ámbito donde se vive auténticamente la misericordia: allí se puede enseñar al que nos sabe, se puede corregir al que yerra, se puede dar consejo a quien lo necesita, se puede consolar al que sufre, se puede aprender a perdonar al que te ofende; allí se soportan con paciencia los defectos del prójimo; y allí rezamos los unos por los otros; y también rezamos por nuestro difuntos cuando la muerte nos alcanza y nos hiere.

El Sagrado Corazón de Jesús nos enseña y nos da la gracia para que podamos amar a todos siempre cada día, desde que abrimos las puertas del Colegio hasta que las cerramos.

La escuela católica debe ser un lugar privilegiado de encuentro con Cristo Resucitado, para que los alumnos reciban la sabiduría, el entendimiento, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios, que solo el Espíritu Santo les puede dar. Es Cristo quien les puede abrir los ojos, quien puede mover su voluntad, quien puede abrir su entendimiento y elevar su inteligencia; es Cristo quien les puede dar la fortaleza que necesitan y la piedad que les enseñe a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ellos mismos.

Cristo es el verdadero y único Maestro. Nosotros – desde el director hasta el último maestro – no somos más que inútiles siervos suyos: somos criados de Dios. Si nosotros vivimos llenos del Espíritu Santo, los niños lo percibirán. Y aprenderán… Pero el mérito y la gloria y la alabanza sean siempre para nuestro Señor. Suyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

Que la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre Nuestra, interceda por todos nosotros para que nos mantengamos con ella junto a la Cruz; junto a esa Cruz que permanece firme mientras el mundo da vueltas; junto a esa Cruz que nos dará la victoria sobre este mundo desquiciado; junto a esa Cruz que nos salva. AMÉN.

Pedro Luis Llera

Esperamos que hayan disfrutado con este artículo de Pedro Luis, “la educación en el Corazón de Cristo”. Les recordamos que estamos en las redes sociales: Facebook y tweeter


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