Jesús en la sinagoga de Nazaret II

La semana pasada, el Rev. D. Vicente Ramón Escandell nos proponía la primera meditación de Jesús en la Sinagoga de Nazaret, hoy, nos invita a continuar profundizando en este relato evangélico con la segunda parte de la meditación.

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

Jesús en la Sinagoga de Nazaret (segunda parte)

Relato evangelico (Lc 4, 21-30)

Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos  y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Comentario al Evangelio

La salvación que Dios ofrece no se circunscribe a un pueblo o a una raza concreta, sino que tiene un alcance universal. Dios no es sólo el Señor de Israel y de los judíos, sino el de todos los hombres que viven fuera de esa comunidad de fe. Esta verdad, aprendida por el pueblo judío en el exilio, pero reemplazada muy pronto por un nacionalismo religioso extremo, es recordada por Jesús en su presentación a Israel en la sinagoga de Nazaret. Jesús recela de las palabras de aprobación que recibe de su pueblo, y les recuerda la actitud de rechazo que han manifestado hacia los enviados de Dios y la acogida generosa que estos han recibido por parte de gentiles y paganos. Esto enciende la ira de los suyos, fruto de un celo religioso mal entendido, que les empuja, no sólo a expulsar a Jesús de la sinagoga, sino a intentar matarlo, algo que sus antepasados habían ya hecho con muchos profetas, y que harían después con los apóstoles y los primeros cristianos. Pero no se acobarda Jesús ante las amenazas y sale desafiante de entre sus enemigos para continuar su misión, una misión que, sin renunciar a la conversión de Israel, se abre poco a poco a los nos judíos. Serán Pedro y Pablo quienes lleven a cabo esta tarea evangelizadora: el primero bautizando al centurión Cornelio y el segundo llevando la Buena Nueva de la Salvación a los grandes centros de la gentilidad: Éfeso, Corinto, Atenas y Roma, la Ciudad Eterna, centro del mundo antiguo y futuro corazón de la Cristiandad.

Reflexión

¡Ay, cuantas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno![1], recriminaba san Francisco Javier a los estudiantes de París en carta a San Ignacio de Loyola. Esta expresión del Divino Impaciente, que hoy nos puede sonar desfasada y hasta exagerada, es fruto del celo apostólico que ardía en el corazón del santo misionero. Él veía con tristeza como el gran número de hombres y mujeres que desconocían a Cristo, porque no había quien les enseñase la fe y los condujese por el camino de la Salvación. Este celo apostólico, animado por un ardiente amor a Cristo, parece como apagado en nuestros días, que se caracterizan por un cristianismo gris y aburguesado. Parece no dolernos que existan personas, no ya en tierra de misiones sino en nuestra propia sociedad, que no conocen a Cristo o si lo conocen, que tengan una visión deformada de Él; que los niños y los jóvenes crezcan sin conocer quién es su Señor y Salvador, y que nuestros mayores no tengan una esperanza a la que aferrarse en sus últimos momentos. Parece que nos conformamos con salvarnos a nosotros mismos, si es que lo procuramos, esperando que los demás se salven por ellos mismos.

¿Cómo se nos ha podido apagar el celo apostólico? ¿Cómo hemos perdido el ansia de ganar almas para Cristo? Muchas podrían ser las causas: el ambiente, la cultura, la educación, un mal entendido respeto humano…, pero la principal, a mi modo de ver, es que se nos ha helado el corazón, se nos ha vuelto insensible al amor de Cristo. Hemos creado un cristianismo más atento “al que dirán los demás” que “al que dirá Él”; dejamos que nuestra acción apostólica la dicten los demás y no Cristo, y nos obsesionamos con no ofender con el anuncio del Evangelio que a hacerlo en toda su radicalidad, sin que ello suponga un atentado contra la libertad y la conciencia del prójimo. El que de verdad ama a Cristo le importa poco lo que digan de él, sino que el celo de su amor lo consume, y desea extender este fuego a todo el mundo, pase lo que pase, porque nadie puede apartarnos del amor de Cristo.

Testimonio de los Santos Padres

San Ignacio de Antioquia (+ c.110)

Su cuerpo fue verdaderamente crucificado bajo el poder de Poncio Pilato y del tetrarca Herodes (y de su divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros), para, mediante su resurrección, elevar su estandarte para siempre a favor de sus santos y fieles, tanto judíos como gentiles, reunidos todos en el único cuerpo de su Iglesia.

Carta a los Esmirniotas.

Oración

Señor y Dios Nuestro, cuyo Hijo vino al mundo para prender en él el fuego de tu amor, aviva en nuestras almas el deseo de extender tu reino en todos los corazones; que este fuego de tu amor avive en nuestras almas el deseo de llevar a todos los hombres a Cristo. Que vive y reina contigo. Amén.


[1] Carta 4

D. Vicente Ramón Escandell, pbro.

Esperamos que hayan disfrutado con esta meditación: “Jesús en la sinagoga de Nazaret”.


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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna