Un rey según el corazón de Dios

¿Saldría bien parado el rey David si lo juzgaran los hombres? Partiendo de este punto y saliendo del Antiguo Testamento, llegamos a nuestro días y a la situación actual…lean, lean.

Un artículo de Juan Manuel Rubio: “Un rey según el corazón de Dios”

En la Escritura el Rey David es muy ponderado “… si marchas ante mí como lo hizo David tu padre, con corazón íntegro y recto …” (1 Re 9,4) “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” (Hch 13,22) y se le utiliza como término de comparación para calificar a otros reyes: De uno que luchó contra la idolatría y favoreció la difusión de la buena doctrina se dice “El Señor estuvo con Josafat, porque anduvo por los antiguos caminos de su antecesor David …” (2 Crón 17,3); uno muy idólatra como Ajaz “No hizo lo que es bueno a los ojos del Señor, como su antepasado David.” (2 Crón 28,1); de Salomón, que empezó bien pero fue a peor, “… su corazón no fue por entero del Señor, su Dios, como lo había sido el corazón de David, su padre.” (1 Re 11,4).

¿Por qué tienen los autores sagrados un concepto tan elevado de David?

Si lo miramos con criterios actuales encontramos lo siguiente: extorsionista (1 Sam 25), polígamo (1 Sam 25,40-43; 2 Sam 3,2-5), adúltero y asesino (2 Sam 11), exterminador de poblaciones enteras (1 Sam 27,8-11), desastroso cabeza de familia (2 Sam 13-14), vengativo hasta el final de su vida (1 Re 2). ¡Una joya! Acertó David al decir “Pero pongámonos en manos del Señor, cuya misericordia es enorme, y no en manos de los hombres.” (2 Sam 24,14) De haberlo juzgado hombres como yo habría salido muy mal parado.

Creo que hay dos aspectos en la vida de David, fuertemente relacionados, que justifican el aprecio de los hagiógrafos: 1º Arrepentimiento, penitencia y aceptación de los castigos de Dios. 2º Firme y absoluto monoteísmo. Desde una concepción monoteísta se puede intuir la grandeza, majestad, rectitud y otras cualidades de Dios que llevan fácilmente, si le desobedecemos, al arrepentimiento, la penitencia y la aceptación de su voluntad aunque pueda parecernos adversa. Esas cualidades divinas no pueden apreciarse, carecen de encaje lógico, en un pensamiento politeísta en el que compiten varios dioses productos de la imaginación humana. Así una firme fe monoteísta es una gracia que predispone para recibir otras como el arrepentimiento de nuestros pecados.

En el primer aspecto es ejemplar el modo en que David acepta la reprimenda del profeta Natán (2 Sam 12,1-14) –a los poderosos no suele gustarles que les reprochen su conducta-; como acepta el castigo por su adulterio y crimen (2 Sam 12,15-23) o el correspondiente a otro pecado que la Biblia no explicita (2 Sam 24).

Pero es el monoteísmo el aspecto que más me llama la atención –quizás se me haya concedido esa sensibilidad-. En el ambiente que nos describe el Antiguo Testamento era una cualidad rara, incluso entre el Pueblo Elegido, pero David jamás aparece, en todos los largos relatos que la Biblia le dedica, dando el menor culto a dioses falsos y sí en acciones de culto y oración al Señor. Tampoco recurría a adivinos ni cayó en otros pecados que se suelen encuadrar bajo el Primer Mandamiento. Es ejemplar que no le importase sufrir, por su forma entusiasta de dar culto al Señor, cierto desprecio o ridículo (2 Sam 6,20-22). En estos aspectos David era verdaderamente conforme al corazón de Dios.

En su monoteísmo David es un ejemplo para nosotros y para nuestros días, lo fue para los siglos pasados y la maldad de los hombres hará que lo siga siendo para los por venir; por ello no debe extrañarnos que la Iglesia conmemore el 29 de diciembre a “San David, rey y profeta”. Profeta porque en su vida y acciones, como en otros casos del Antiguo Testamento, hay un valor de enseñanza, transmiten un mensaje de Dios. En una de las tentaciones Cristo respondió al diablo: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto” (Lc 4,8); en la vida del profeta David ya se hallaba esta enseñanza.

Todo pecado es ofensa a Dios, supone anteponer la criatura al creador, pero difícilmente puede haber ofensa ni inversión de jerarquía más explícita que la idolatría. Para Dios tiene que ser enormemente ofensivo el que pongamos cualquier criatura o producto de nuestra mente como destinatario de nuestra adoración, que reconozcamos algún tipo de poder fuera de él o que pretendamos tener algún poder sobre él como ocurre en brujería y adivinación.

En nuestra época y país se van extendiendo orientalismos y esoterismos, canales de televisión dedicados a horóscopos y echadores de cartas, satanismos –al menos como estética y espectáculo- y otro montón de cosas del estilo.

En nuestro país la fe católica se halla en retroceso y el nivel de formación religiosa de las nuevas generaciones está por los suelos.

El vacío resultante se llena con vanidades como: imágenes de Buda, cuidar perros en vez de hijos, espiritualización de nuestro planeta con pujos ecologistas, arrobamiento excluyente ante la diversidad, etc. Poquísimos degeneran hasta el politeísmo formal, pero son multitud los que se hallan en un estado de “empanada mental” en que no distinguen jerarquías en el ser (Dios, los seres humanos, el resto de la creación visible), ni normas morales con alguna base firme y consistencia lógica ni entiende, ni menos saben explicar, su propia existencia y la de los demás.

San David, rey y profeta, ¡ruega por nosotros!

Juan Manuel Rubio

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