Décimo séptima aparición en Lourdes

Los artículos de Rosa están dando la vuelta al mundo, su precisión en el relato y su delicadeza al contarlo hacen que el lector se sitúe en la escena. Avanzamos en la historia

Un artículo de Rosa Jordana: “Décimo séptima aparición en Lourdes”

Al final del artículo, tienen un índice con todos los artículos de Rosa Jordana

Desde la Aparición del 25 de marzo, los Soubirous estaban desbordados.

Cada vez llegaba más gente a rezar a la Gruta de Lourdes, y todos querían ver a Bernadette. Los agentes de Guardia apostados en Massabielle por orden del comisario Jacomet contaban cada día el número de visitantes y si eran forasteros o no.  Por las fiestas de Pascua de ese año, superaron los cinco mil. En Lourdes había todo tipo de rumores sobre cuándo volvería la niña a la Gruta y, al menor movimiento de Bernadette, la seguía una multitud.

El día seis de abril Bernadette se sentía preocupada por algo. Se apresuró a ir a rezar a la iglesia y luego entró en el confesionario. Eso provocó el rumor en Lourdes de que la niña iría a la Gruta. Por otra parte, ese rumor no era esos días nada extraño en Lourdes: se repetía día sí día también.

En la madrugada del miércoles, 7 de abril, le sucedió a Bernadette algo parecido a la del día 25 de marzo: sintió la llamada de la Señora.

De la Aparición de ese día tenemos un testigo excepcional. Se trata del Dr. Duzous. Ya hemos visto como este médico había calificado de cataléptica a la niña, sin conocerla, enmarcando todo lo que se contaba de ella en los estudios de neurología que se llevaban a cabo en el Hospital “La Salpêtrière” de Paris. El Dr. Duzous estuvo presente -como mínimo- en la sexta y en la séptima aparición y observó el éxtasis de Bernadette. Se sorprendió, pero no pudo enmarcar en fenómeno en ninguno de los trastornos mentales conocidos. Desde ese día anduvo con ganas de volver a presenciarlo para poder tomar una decisión científica.

No sabemos si estuvo presente en alguna otra aparición, pero por alguna conversación que el recaudador de contribuciones Jean-BaptisteEstrade había mantenido con él, sabemos que sus firmes convicciones sobre la razón y la ciencia se estaban tambaleando, respecto al “asunto Bernadette”.

Sin embargo, las apariciones habían cesado y nuestro Dr. Duzous no podía seguir investigando.

Así que aprovechó los rumores que corrían por Lourdes y le pidió a su colega -médico del cuerpo de bomberos- Martín Tarbès por delante de cuya casa tenía que pasar Bernadette, que le avisara en el caso que la viera dirigirse a Massabielle. Así que antes de las cinco de la madrugada, Monsieur Tarbès, ante la agitación que percibió del exterior, se vistió y fue a buscar al Dr. Duzous. Y ambos se dirigieron hacia allí a toda prisa.

Cuando Bernadette llegó ya había centenares de personas. Eran la cinco de la madrugada. Su sitio habitual estaba ocupado. Gracias a la amabilidad de todos, Bernadette pudo arrodillarse en la roca en la que acostumbraba. Se arrodilló con gran sencillez. Encendieron un cirio, un cirio enorme que debía pesar casi un kilogramo, demasiado pesado para sostenerlo mucho tiempo y demasiado grande para que ella lo apoyara en el suelo y lo mantuviera a la altura del pecho. El cirio de congregante de su tía Lucile lo había dejado el día 25 en la Gruta y se desconoce el origen de este cirio.

Esa mañana había en la hornacina la misma imagen pequeña que había en la aparición anterior. Delante de esa figura irrisoria, Bernadette empezó a rezar el Rosario con calma y fervor y con la mirada fija más allá de la imagen.

En ese momento llegó, con gran alboroto el Dr. Duzous. Con gran autoridad – “¡Vengo en nombre de la ciencia!”- apartó a unas señoras que estaban junto a la niña y se colocó a su lado.

Bernadette estaba absorta en su oración. Cuando iba por la segunda decena saludó y sonrió.

Su semblante palideció. Algunos hombres se inclinaron y se quitaron las gorras. Bernadette continuó rezando el Rosario, pero “de una manera bastante irregular”, observó Duzous.

En ocasiones se detenía embelesada y no hacía sino reír y, llena de alegría, volver a saludar. De vez en cuando, una lágrima brillaba suavemente a la luz del cirio, antes de secarse en sus mejillas. Al final del Rosario, que duró una media hora larga, la niña seguía embelesada. La gente quedaba impresionada al contemplarla.

Sin embargo, un movimiento de alarma, de preocupación, agitó a los que estaban más cerca: “Mire cómo sale la llama de sus manos” le hicieron notar al Dr. Duzous. Cierto que era extraño. Una vez terminada la oración, Bernadette guardó el rosario y juntó ambas manos verticalmente a lo largo del cirio, cuya llama, agitada por el aire, amenazaba con apagarse.  Lo cierto era que en aquel momento rodeaban la mecha para evitar que se apagara, con las muñecas apretando el cirio. A través de los dedos entreabiertos, la llama iluminaba con luz intensa las palmas curvadas de sus manos. “¡Pero se está quemando!”. Algunos trataron de socorrerla. “¡Déjenla!” dijo Duzous, quien, con un ademán brusco, detuvo cualquier amago de intervención. No daba crédito a lo que estaba viendo.

Se concentró en observar el fenómeno y también él pudo ver como la llama pasaba entre los dedos de Bernadette como a través de una rejilla. Y Bernadette no perdía su sonrisa.“¡Milagro!” dijo la señora Tardhivail y el eco de esta palabra se fue repitiendo entre la multitud que no veía nada porque no estaba cerca de la niña. La hicieron callar. Nadie se atrevía a añadir nada más.

Se hizo el silencio, más denso y lleno de respeto y también de aprensión. ¿Cómo le quedarían las manos cuando se acabara todo eso?

El tiempo se hacía largo. ¿Cuánto duró? Un cuarto de hora, aseguraría luego el Dr.Duzous que había echado varías miradas a su reloj.

Entonces las manos abandonaron su curiosa posición y Bernadette volvió a coger el cirio de la manera habitual. Se levantó, saludó de forma encantadora en dirección a la hornacina y camino hacia la bóveda. Los ojos negros, animados y brillantes, estaban fijos en el embudo rocoso. Parecían escrutar el interior. Luego sus labios se movieron sin emitir ningún sonido, apenas un soplo. Se entristeció… Luego sonrió. Los que la contemplaban deseaban saber qué era lo que oía. Pero ningún sonido llegó al exterior. Unos minutos después una especie de velo cayó sobre la palidez de su rostro. Bernadette saludó por última vez con un respeto y una gracia inimitables. Se levantó. Hacía casi una hora que había empezado el éxtasis.

El relato del Dr. Duzous es el siguiente:

“Hubo un momento en que ella empezó a hacer, de rodillas, su ascensión ordinaria, pero se paró. Su mano derecha se acercó a la izquierda, protegiendo la llama del gran cirio entre sus dedos, bastante separados unos de otros para que la llama pudiera pasar entre ellos.En ese momento hubo una corriente de aire bastante fuerte que no pareció afectar a la piel tocada por la llama. Ninguna alteración.Sorprendido por ese hecho tan extraño, impedí que nadie lo parara. Cogí mi reloj y pude, durante un cuarto de hora, observarlo perfectamente. Después de este intervalo de tiempo, Bernadette, todavía en éxtasis, avanzó hacia lo alto de la Gruta, desplazando sus manos y alejándolas una de la otra. Hizo, así, cesar, la acción de la llama sobre su mano izquierda.Cuando su plegaria termino y su rostro recuperó el color. Bernadette se levantó y se dispuso a marchar.La retuve un momento y le pedí que me mostrara su mano izquierda. La examiné con el máximo cuidado. No encontré en ninguna parte el más mínimo rastro de quemadura.Inmediatamente, cogí el cirio encendido y cada vez que lo acercaba a la mano de Bernadette ella la alejaba diciéndome ‘¡Me quema!’. Esto lo cuento tal como fue, pero no me lo puede explicar”.

En efecto, Duzous no dejó que se fuese. Esperaba este momento. Cogió a la niña de las manos y, volviéndoselas, secó una en el revés de su manga y murmuró:

  • ¡No hay nada!

Ningún rastro de quemadura. Y añadió, conmocionado:

  • No sé qué es lo que ves, ¡pero ahora creo que ves algo!
Entre su colega entre los bomberos, el cantero y el carretero, el doctor se marchó muy distinto del que era al llegar, emocionado y subyugado por un fenómeno que creyó sobrenatural.

Si, decididamente, “la fe” vino a él torrencialmente, con todo lo que tal cosa suponía en un hombre de ciencia, fiel al llamado “siglo de las luces” en el que se quería explicar todo con un razonamiento científico. Desde ese momento, dedicó su vida a Lourdes, primero a conocer y profundizar en la verdad de las Apariciones y, después, a difundirlas con ardor. Fue un gran amigo de Lourdes.

Poco después de las seis de la madrugada, Bernadette regresó al “Cachot”, seguida de una muchedumbre entusiasta. En todo el día no pudo librarse de los curiosos.

Para Bernadette, sin embargo, lo único que importaba era que “la Señora” seguía pidiendo una capilla. Debía volver a transmitírselo al señor cura. No sabemos a ciencia cierta si volvió ese día.

La costumbre de llevar cirios a la Gruta se inicia con las primeras apariciones.

Por esos días los canteros que arreglaban en su tiempo libre la Gruta ya habían instalado una plancha metálica para que la gente depositara sus cirios. La aparición que he narrado hoy es conocida como la del “milagro del cirio”. Los cirios tienen un lugar preeminente en Lourdes. Desde el “gran candelabro de la Gruta”, hasta las “capillas de la luz” pasando por la procesión de las antorchas.

Volviendo a esos días y, a nivel general, sabemos que Bernadette se recluyó progresivamente y se centró en sus tareas escolares, su catecismo, el cuidado de sus hermanos y sus obligaciones familiares. Era constantemente requerida por todo tipo de gente que ya no cesó de llegar a Lourdes, pero las religiosas del Hospicio, sus padres y el propio padre Peyramale se instaron a protegerla de tanta presión.

En Lourdes, sin embargo, se sucedieron por esos días multitud de presuntas visiones en la Gruta, incluso hubo quién inventó nuevas apariciones. Las autoridades vieron en todo ello la ocasión de actuar. Así que el Comisario Jacomet ordenó desalojar la Gruta, prohibió beber de la fuente y, finalmente, el día 15 de junio de ese año se levantaron barreras en la Gruta y se cerró totalmente su acceso. Aunque esta empalizada era derribada por la gente de Lourdes, volvía a levantarse.

Pero antes de que eso ocurriera hubo un gran día para Bernadette, el de su Primera Comunión. Tuvo lugar el 3 de junio de 1858. Fue para ella motivo de una gran felicidad. Un día largamente esperado y crucial en su camino de fe.

Aún tenía que ver a la Santísima Virgen por última vez…

Rosa Jordana

Se abre el calendario de peregrinaciones: 1ª peregrinación, Santander, del 22 al 26 de Abril

Esperamos que hayan disfrutado con la historia de la décimo séptima aparición en Lourdes. Les animamos a leer la historia completa de las Apariciones de Lourdes:

  1. ¿Por qué Lourdes? 
  2. El siglo de María
  3. Bernadette Soubirous, ¿quién es? 
  4. ¿Cómo era Bernadette?
  5. Primera aparición de Nuestra Señora de Lourdes
  6. Segunda aparición de Nuestra Señora de Lourdes 
  7. Tercera aparición: La Virgen habla por primera vez 
  8. Cuarta y quinta aparición en Lourdes 
  9. Sexta aparición en Lourdes
  10. Primer interrogatorio a Bernadette 
  11. 17ª aparición en Lourdes
  12. Penitencia, penitencia 
  13. 9ª aparición: La fuente 
  14. 10ª aparición en Lourdes 
  15. Undécima y duodécima aparición en Lourdes 
  16. Primeros milagros en Lourdes 
  17. Los hospitalarios de Lourdes: entrevista 
  18. Masabielle: 13 Aparición en Lourdes
  19. 14ª Aparición en Lourdes
  20. 15ª Aparición en Lourdes
  21. Los hospitalarios de Lourdes: Mari Carmen Luzón
  22. Una pausa para reflexionar
  23. Yo soy la Inmaculada Concepción

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Rosa Jordana

Rosa Jordana

Rosa Jordana: Licenciada en Ciencias de la Educación. He trabajado con niños y para niños. Mi pasión es Lourdes, donde peregriné por primera vez con diez años y no he dejado de hacerlo. Mi ilusión es que peregrinemos allí, Vds. y yo juntos cuando nos encontremos en estas líneas. Nos espera la Santísima Virgen