Modernidad frente a Tradición

Agradecemos Pedro Luis, una vez más, su colaboración con nuestra página, ¿quieren saber de qué nos habla en esta ocasión? Ni más ni menos que de la modernidad frente a la Tradición. 

*Se prohíbe la reproducción de todo contenido de esta revista, salvo que se cite la fuente de procedencia y se nos enlace.

Tiempo de lectura estimado: 5 minutos.

Modernidad frente a Tradición, un artículo de Pedro Luis Llera

Modernidad frente a tradición-Marchando ReligiónEl P. Iraburu, en su artículo (36) Cardenal Pie, obispo de Poitiers –IV el relativismo liberal vigente  escribe lo siguiente:

El liberalismo, a partir del siglo XIX, impone el naturalismo en todos los ámbitos, en la política y las leyes, en la cultura y la educación, en la pedagogía y el arte, en todo. Su definición es muy sencilla. El liberalismo es la afirmación absoluta de la libertad del hombre por sí misma; es la afirmación soberana de su voluntad al margen de la voluntad de Dios o incluso contra ella. Es, pues, un rechazo de la soberanía de Dios, que viene a ser sustituida por la de los hombres, es decir, en términos políticos, por una presunta soberanía del pueblo, normalmente manipulada por una minoría política, bancaria y mediática. Históricamente, el liberalismo es, pues, un modo de naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios”.

El liberalismo ha destruido casi completamente la cultura tradicional católica y nos ha hecho creer que lo más importante son los derechos y las libertades individuales: “lo que importa es mi libertad y mi derecho a ser y a hacer lo que me dé la gana”.

Se trata de una pura afirmación de la voluntad del hombre al margen de cualquier cortapisa moral.

Efectivamente, la modernidad liberal se rebela contra Dios: no cumpliré los mandamientos, no te serviré. Yo seré como Dios y decidiré, según me convenga, lo que está bien y lo que está mal. Dicen los seguidores de Nietzsche que la moral tradicional cristiana es antinatural porque presenta leyes que van en contra de las tendencias primordiales de la vida. Según el pensamiento moderno, la moral cristiana sería una moral de resentimiento contra los instintos y el mundo biológico y natural, lo que quedaría de manifiesto en la obsesión de esta moral tradicional por limitar el papel del cuerpo y de la sexualidad.

Por esta demolición de la moral cristiana tradicional, hoy en día proliferan los divorcios, las infidelidades y la promiscuidad; por no hablar de la pornografía, la prostitución y la violencia sexual: porque no estamos dispuestos a reprimir nuestros deseos ni a controlar nuestros instintos. Mejor dar rienda suelta y acostarse con todos o con todas las que puedas.

Y si ya no siento nada por ti, te dejo y me voy con otra. Y así nos va: familias rotas, niños infelices y almas perdidas a causa del pecado.

La mentalidad liberal es profundamente individualista: lo importante es que yo sea feliz.

Y como la vida no tiene sentido y la muerte es el fin de todo, la única manera de ser feliz es dar rienda suelta a mis deseos. El superhombre pregona el vitalismo dionisíaco, la bacanal, la borrachera hedonista. Y la revolución sexual lleva años educándonos en la desvinculación del sexo respecto al amor conyugal. “El matrimonio es una institución pasada de moda. Mejor vivir juntos y sin compromisos”. El sexo es una forma de disfrutar de la vida. Y no debe tener más límite que la libertad individual de los otros.

Serás feliz cuando disfrutes intensamente de todo lo que antes prohibía ese Dios aguafiestas de la cultura judeocristiana. “Dios” es un invento, un cuento. Y el pecado no existe. Nada es pecado. Todo vale en tanto en cuanto sirva para que tú lo pases bien y te diviertas. Hay que distraerse para anestesiar el dolor que le produce al hombre moderno el profundo vacío interior, el hastío y la desesperación de no saber qué pintamos en este mundo, ni qué sentido tiene la vida, ni qué rumbo tomar. La desorientación de la modernidad resulta espantosa. De ese vacío interior, de ese hastío y de esa desesperación brotan tantas depresiones y tantos suicidios.

El individualismo liberal impone la primacía del yo sobre el nosotros. Solo importo yo, pasarlo bien yo. Yo soy el centro de mi vida.

Es la exaltación del egoísmo. Y a esto lo llaman “humanismo”: la persona es el centro de todo. Por eso el liberalismo es pecado y ha sido condenado en multitud de documentos por diversos papas.

Esta cultura liberal individualista, humanista, choca frontalmente con la cultura tradicional cristiana. Miren ustedes: para mí, lo más importante no soy yo. Lo más importante para mí es mi familia: mis padres, mi esposa, mis hijos… Lo que da sentido a mi vida es trabajar, desvivirme, sufrir y alegrarme con todos ellos.

Yo, lo que quiero, es que mi mujer sea feliz y que mis hijos crezcan sanos, se hagan mayores, maduren, estudien y encuentren su propia vocación, su propio camino en la vida. Me importan mi mujer y mis hijos porque los quiero: por puro amor. Y daría mi vida gustosamente, si fuera preciso, por amor a ellos. Y me levanto cada día a trabajar por amor a ellos. Y me sacrifico y renuncio gustosamente a lo que a mí me apetecería o a lo que me gustaría hacer para que a ellos no les falte nada. No me importa no poder salir a cenar o de fiesta. No me importa quedarme sin ir de vacaciones.

No me importa vivir con estrecheces: no cambio a mis tres hijos por todo el oro del mundo.

El matrimonio cristiano es la unión de un hombre y una mujer que se aman y comparten un mismo proyecto de vida que acoge la vida de los hijos que Dios les regala. La familia cristiana es un espacio de amor y se sustenta sobre el cimiento de la única roca que nos puede ayudar a soportar las tormentas, los huracanes y los diluvios que la vida te presenta: Cristo. Dios es amor, es familia (permítanme la metáfora).

En la familia el padre quiere a sus hijos porque son sus hijos: sin condiciones, sin límites. El marido ama a su mujer porque es carne de su carne, porque ya no son dos, sino uno solo. Yo amo a mi mujer, no porque sea la más guapa, la más lista o la más simpática; sino porque – parafraseando a Pedro Salinas – entre todas las mujeres del mundo, solo ella es ella. Y hemos compartido muchas penas, muchos sufrimientos y también muchas alegrías y momentos de felicidad. Y lo seguiremos haciendo, por la gracia de Dios, hasta que la muerte nos separe.

En la cultura tradicional cristiana el centro no es el individuo: es la familia.

Y la felicidad no consiste en pasártelo tú bien y hacer lo que te dé la gana; sino que ser feliz es sacrificarte, desvivirte y entregarte por amor a los tuyos. Y más allá de la propia familia, están los vecinos. Y también el trabajo: en mi caso, los profesores, que son mis compañeros de trabajo, los niños de mi colegio y sus familias. Y la caridad, el amor, debe ser la norma fundamental.

Intento amar a todos, aunque falle tantas veces.

Pero el amor es expansivo y no debe quedarse encerrado dentro de casa. ¡Qué importante es tratar de hacer lo mejor posible tu trabajo! El trabajo es un lugar de santificación si lo haces con amor y amas a quienes trabajan contigo y a aquellos a quienes va destinado. ¡Amar a todos siempre! Ese es el objetivo: imposible para el hombre con sus solas fuerzas; pero posible para Dios. Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Con la gracia de Dios, nada es imposible, porque Él es el Todopoderoso.

Pero huyamos también de una falsa imagen de la familia como algo idílico.

En la familia hay discusiones y, a veces, gritos. Porque todos estamos dañados por el pecado original y pecamos. Y también somos egoístas en ocasiones y cada uno tiene su manera de ser… Por eso es importante que la familia esté centrada en Cristo y se alimente de la Eucaristía. Los sacramentos son esenciales para crecer en santidad y poder levantarnos cada vez que caemos en el pecado.

En la familia se aprende en el día a día a perdonar y a pedir perdón; se practican cotidianamente las obras de misericordia, sobre todo las espirituales (también las corporales, por supuesto…): se aprende a sobrellevar con paciencia los defectos del prójimo, se corrige al que se equivoca, se dan buenos consejos a quien los necesita, se enseña al que no sabe, se perdonan las ofensas, se consuela al que está triste; y, por supuesto, se reza por los vivos y también por los difuntos de la familia.

Donde hay amor no hay opresión, ni lucha de clases, ni hombres que oprimen ni mujeres que son oprimidas. Esa es la ideología de la modernidad que no tiene ni idea de lo que es el amor. El padre se sacrifica, se desloma y renuncia a lo que sea con tal de ver felices a su mujer y a sus hijos. Y mi mujer hace los mismo: cuidarnos, querernos, mimarnos, sacrificarse ella para que sus hijos tengan lo que necesiten… En un matrimonio cristiano nada es tuyo ni mío. Todo es de todos. Y lo mucho o lo poco que tengamos se emplea para cubrir las necesidades de todos.

En cambio, la mentalidad moderna, liberal y anticristiana nos propone con fin de la propia vida el triunfar y el disfrutar.

Lo que importa es la ostentación, el lujo, las vacaciones, el casoplón y el cochazo. Lo fundamental es el éxito personal: realizarme personal y profesionalmente, hacer carrera, llegar a lo más alto. Y a ese ídolo del éxito se sacrifica todo. Muchos renuncian a casarse o a tener hijos con tal de tener el tiempo suficiente para trabajar, trabajar y trabajar. Y si los dos trabajan y los dos buscan esa realización personal y ese éxito, los que quedan abandonados son los hijos, que acaban aparcados en guarderías o educados por empleados que nunca los van a querer igual que sus propios padres ni los van a educar igual.

El problema es que el sistema liberal capitalista prácticamente obliga a que los dos cónyuges trabajen, porque un sueldo solo (un sueldo normal) no da para vivir ni para sacar adelante a la familia. Para que uno de los dos – el padre o la madre – se puedan quedar en casa a cuidar y educar a los hijos los sueldos tendrían que ser justos.

Y señala el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en su parágrafo 302:

« La remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común ». El simple acuerdo entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de « justa » la remuneración acordada, porque ésta « no debe ser en manera alguna insuficiente » para el sustento del trabajador: la justicia natural es anterior y superior a la libertad del contrato.

El sueldo de cada trabajador debería ser proporcional a las necesidades de cada familia.

No necesita lo mismo quien tiene un solo hijo (o ninguno) que quien tiene cinco hijos. Luego, una forma de favorecer a la familia y la “conciliación” laboral y familiar pasa por establecer sueldos proporcionales a las necesidades de cada familia (no todos los individuos deberían cobrar lo mismo por el mismo trabajo). Y por otra parte, debería reconocerse y remunerarse de algún modo el trabajo del cónyuge que decide libremente quedarse en casa para cuidar a los hijos. ¿O es que ese trabajo no tiene valor para la sociedad? En cualquier caso, el trabajo no es fin en sí mismo, sino medio para poder asegurar una vida digna para la familia. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia:

294 El trabajo es « el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre ».

El trabajo asegura los medios de subsistencia y garantiza el proceso educativo de los hijos.

Familia y trabajo, tan estrechamente interdependientes en la experiencia de la gran mayoría de las personas, requieren una consideración más conforme a la realidad, una atención que las abarque conjuntamente, sin las limitaciones de una concepción privatista de la familia y economicista del trabajo. Es necesario para ello que las empresas, las organizaciones profesionales, los sindicatos y el Estado se hagan promotores de políticas laborales que no perjudiquen, sino favorezcan el núcleo familiar desde el punto de vista ocupacional.

La vida familiar y el trabajo, en efecto, se condicionan recíprocamente de diversas maneras. Los largos desplazamientos diarios al y del puesto de trabajo, el doble trabajo, la fatiga física y psicológica limitan el tiempo dedicado a la vida familiar; las situaciones de desocupación tienen repercusiones materiales y espirituales sobre las familias, así como las tensiones y las crisis familiares influyen negativamente en las actitudes y el rendimiento en el campo laboral.

El caso es que los hijos suponen un estorbo para el individualista ególatra y hedonista de la modernidad anticristiana: por eso en este mundo moderno y progresista hay que planificar y recurrir a los anticonceptivos o al aborto para evitar hijos “no deseados”. Los hijos han dejado de ser considerados como un don de Dios para pasar a ser una especie de desgracia; un obstáculo para alcanzar el éxito profesional y el bienestar material (salen muy caros).

En otros casos, los niños se encargan de diseño.

Y si el niño que viene no cumple con los parámetros exigibles, se mata: es el caso de los niños que vienen con malformaciones, con síndrome de down o con alguna discapacidad. Entonces el niño no me vale. El niño o la niña tienen que ser perfectos y cumplir determinados cánones para que pueda presumir de ellos. Porque hay hombres para los que su mujer o sus hijos son elementos decorativos que quedan bien para presentar a los amigos.

Una mujer guapa y joven o un señor con cuerpo de gimnasio y tableta de chocolate quedan muy bien para enseñar a las visitas.

En la familia cristiana, importa más la felicidad de los hijos que la propia. La felicidad de la madre y del padre es ver a sus hijos felices. Y el mayor sufrimiento de los padres es la enfermedad, los fracasos o las caídas de los hijos. La realización personal nos importa un bledo: lo que nos importa es la santidad: cumplir la voluntad de Dios, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo; vivir en gracia de Dios, teniendo como ley fundamental la caridad.

La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. I Cor. 13

“Si quieres cambiar el mundo, ve a tu casa y ama a tu familia”. Eso decía Santa Teresa de Calcuta. Y es una gran verdad. Si quieres ser santo, haz lo mismo.

En las sociedades cristianas, las familias se agrupaban en un determinado territorio. En Asturias, ese territorio se denomina “Parroquia”. Yo nací en una pequeña aldea asturiana: Gobiendes. Esa es mi Parroquia. La parroquia en Asturias no es solo una institución eclesial: también es una forma de organización política. Las parroquias se agrupan en concejos (o municipios); y los municipios, en provincia y regiones. Y el conjunto de regiones constituían la patria. En la sociedad cristiana, la organización parte de la familia. Esa es su base. Y las familias se unen para buscar el bien común: para arreglar sus caminos y limpiar; para construir su iglesia y su escuela. En mi tierra todavía es frecuente la “sextaferia”: días en que los vecinos de una parroquia se juntan para realizar trabajos para la comunidad sin esperar otra remuneración que mejorar el propio pueblo.

Los vecinos no necesitaban subvenciones de nadie para organizar sus fiestas: entre todos se pagan los gastos y todos disfrutamos juntos. Es el principio de subsidiariedad llevado a la vida diaria.

La patria católica era una familia de familias. La nación liberal es un conglomerado de individuos aislados con intereses egoístas contrapuestos.

La patria católica amaba a los antepasados – a nuestros santos, a nuestros héroes, a nuestras gestas – y se sentía heredera de unas tradiciones y una cultura que había que respetar y engrandecer para legarla a las generaciones futuras. El pasado se fundía con el presente y se proyectaba hacia el futuro.

La nación moderna desprecia y se avergüenza de su pasado, de su propia tierra, de sus tradiciones, de su cultura y hasta de su propia lengua; solo vive en lo hodierno y no le importa el futuro porque no tiene hijos a quienes legar ya nada: y si no vean el suicidio demográfico al que estamos asistiendo.

Pero tampoco idealicemos las sociedades cristianas. El pecado personal se manifiesta en el ámbito familiar y en el social. La perfección cristiana no consiste en que el hombre llegue a ser im-pecable. El pecado está ahí y seguirá haciendo daño al hombre y a la sociedad. Estamos llamados a ser santos con la ayuda de Dios. La caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley, rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin.

Pero el pecado y la muerte serán aniquilados definitivamente solo cuando baje del cielo la Jerusalén celeste:

Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”. Apocalipsis 21.

Pero aunque el Reino de Dios no será instaurado definitivamente hasta la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo, siempre será mejor una sociedad fundada en la Caridad, en el amor; una sociedad que fundamente sus leyes en los Mandamientos de la Ley de Dios y que busque siempre el bien común y la justicia, que una sociedad inmoral que desprecia a Dios y que trata de conciliar los intereses irreconciliables y contrapuestos de los distintos colectivos que luchan entre sí por sus propios intereses egoístas y no por el bien común.

En el mundo moderno, todo tiene que estar subvencionado y organizado por políticos alejados de la realidad que solo buscan medrar y chupar del bote. Y mantenerse el poder a toda costa: son los caciques de la modernidad. Los políticos son los que lo tienen que organizar todo, los que lo tienen que regular todo, los que nos tienen que solucionar todos los problemas.

Y así el Estado Liberal se convierte en un dios todopoderoso que todo lo controla.

Solo que ese dios no es amor: es interés egoísta; tiene vocación totalitaria, liberticida, intervencionista hasta la náusea. El Estado Liberal quiere al individuo solo; aborrece la familia. Porque el hombre, solo, es frágil y débil; es fácilmente manipulable. Para controlar la sociedad, el mundo moderno tiene que destruir la familia, porque destruyendo la familia, se destruye el amor, se destruye la justicia; se destruyen las tradiciones, la fe, la cultura secular.

El mundo moderno, tan aparentemente justo y fraterno, es satánico en realidad: es la cola serpentina que se nos presenta con apariencia de bien, que nos ofrece la felicidad y el bienestar, pero no busca otra cosa que destruirnos, arruinarnos, dominarnos… El Pensamiento Único es profundamente liberal, masónico y anticristiano. Es una de las manifestaciones del Anticristo. La sociedad moderna es una colmena de hombres y mujeres solos e infelices con una sed insaciable de placeres y de éxitos personales que no es ni será capaz nunca de llenar nuestra vida de sentido y de plenitud.

Porque lo que da sentido a la vida es perderla por amor: es entregarla, es servir al otro, es buscar la felicidad del otro.

La santidad de la familia consiste en olvidarse de uno mismo para darlo todo al otro. El amor de la familia es reflejo del amor de Dios: es testimonio vivo del amor de Dios. Pero este mundo sin Dios ha convertido el amor en puro deseo sexual, en pasión desordenada y desbocada; en búsqueda de placer egoísta. Y así, sin amor, sin Dios, es normal que la familia se rompa y con ella el corazón de los hijos (si es que existen) y el del hombre y el de la mujer. ¡Menuda mierda de felicidad la que ofrece la modernidad!

Por eso en La Opción Pelayo ya presentaba como solución a los males que padecemos la vuelta a la tradición. El Reinado Social de Cristo, la restauración de la Cristiandad, la recuperación de la cultura tradicional católica pasan por la conversión personal y social. Cuando Cristo reine en las familias, reinará en el municipio, en la provincia, en la región y en la patria. La contrarrevolución tiene que empezar desde abajo: desde las familias.

No esperemos que empiece desde el poder establecido. De arriba no nos va a venir nada bueno.

El egoísmo y la idolatría del propio placer y del propio éxito personal convierte nuestra vida en un infierno donde no hay lugar para el amor, porque no hay lugar para Dios. Por ese camino no vais a ser felices. Vais a ser unos desgraciados, como ya lo estáis siendo. Pidamos a Dios que entre en nuestras casas, que nos dé la mano y nos levante, porque estamos enfermos, como la suegra de Pedro. Es la gracia de Dios la que nos puede curar. Es Nuestro Señor Jesucristo quien nos puede poner en pie y curarnos de las heridas de nuestros pecados. Y entonces, esa gracia de Dios nos impulsará a levantarnos para amar y servir a todos: empezando por nuestras propias familias y siguiendo por nuestros barrios, nuestras parroquias, nuestros pueblos…

Que la Santísima Virgen María, que es Madre, interceda por nosotros para que no nos rindamos. Hay mucho que reconstruir: una sociedad, una patria, una civilización… Y una Iglesia que amenaza con venirse abajo. No perdamos tiempo en lamentaciones estériles. Pidámosle al Señor al gracia que necesitamos para convertirnos y levantarnos. La tarea es ímproba. Pero Dios Todopoderoso está con nosotros.

Y si Cristo, que venció al pecado y a la muerte, está con nosotros, ¿quién contra nosotros? ¿A quién vamos a temer?

¡Viva Cristo Rey!

Pedro Luis Llera

Esperamos que hayan disfrutado con este artículo de Pedro Luis, “Modernidad frente a Tradición”. Les invitamos a quedarse en nuestra página y a recorrer nuestras distintas secciones: Misa Tradicional, Arte, Historia de la Iglesia, Nuestras firmas…

👉 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Marchandoreligión  no se hace responsable ni puede ser hecha responsable de:

Los contenidos de cualquier tipo de sus articulistas y colaboradores y de sus posibles efectos o consecuencias. Su publicación en esta revista no supone que www.marchandoreligion.es se identifique necesariamente con tales contenidos.

La responsabilidad del contenido de los artículos, colaboraciones, textos y escritos publicados en esta web es exclusivamente de su respectivo autor


*Se prohíbe la reproducción de todo contenido de esta revista, salvo que se cite la fuente de procedencia y se nos enlace.

 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Marchandoreligión  no se hace responsable ni puede ser hecha responsable de:

  • Los contenidos de cualquier tipo de sus articulistas y colaboradores y de sus posibles efectos o consecuencias. Su publicación en esta revista no supone que www.marchandoreligion.es se identifique necesariamente con tales contenidos.
  • La responsabilidad del contenido de los artículos, colaboraciones, textos y escritos publicados en esta web es exclusivamente de su respectivo autor
Firma invitada

Firma invitada

Firma invitada