Mirar hacia afuera: Para ver a los árboles

Hace quince días Gilmar nos sorprendía con un bello artículo sobre el vacío interior: “¿Para qué ver a los árboles?” y hoy, con un título muy parecido nos trae la continuación a esas preguntas que se hacía. Hoy, nos propone mirar hacia fuera. 

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Tiempo de lectura estimado: 3 minutos.

“Mirar hacia afuera: Para ver a los árboles”, un artículo de Gilmar Siqueira

Para escribir este artículo me he sentado delante de mi ordenador; está él en una mesa, sobre la cual hay unos cuantos libros desordenados. Estoy rodeado por las paredes de la habitación, excepto a mi derecha, donde hay una ventana; por arriba me cubre el techo. No escribiré este artículo para mostrarme contento por tener una casa, ya que mi punto es otro: si miro en cualquier parte de esta habitación todo lo que veo son construcciones humanas; incluso si miro por la ventana no veo más que otras partes de mi casa. Y, sin embargo, en mi calle hay algunos árboles.

Mirar hacia afuera-Marchando ReligiónPero para verlos tengo que salir, es decir, para ver a las pocas cosas que tengo cerca y que no son construcciones humanas tengo que conducirme hacia afuera de mi casa y levantar la cabeza.

Con esta imagen que – ironicamente – quizás sea más ilustrativa en mi cabeza que en la realidad, quise dibujar una idea general de lo que significa la educación. Esta conducción, que parte de las construcciones humanas y sale en busca de lo que no ha sido hecho por el hombre, los árboles de mi calle en el ejemplo que menciono, ya en sí lleva una idea contemplativa: no saldré a la calle para derribar a los árboles, sino sencillamente para mirarlos y, como regalo, podré mirar también al cielo.

Porque la necesidad de contemplación ya estaba presente, de alguna manera, en mi disposición para levantarme de la silla y dejar incluso cosas que me gustan no más que para ver a los árboles.

Y es que la necesidad de mirar lo que está fuera ya existía en mí antes de que me levantara y muy probablemente fecundó mi imaginación de tal manera con la esperanza de lo que vería, que al fin percibí que el esfuerzo de conducirme hacia afuera valdría la pena.

Lo que ocurre es que esta conducción, que en mi ejemplo tiene un claro y fundamental movimiento físico para cumplir su fin, exige una disposición interior cuyo movimiento (llamémoslo así también, aunque análogamente) es muy semejante: primero la imaginación aleja las distracciones que insisten siempre en hacer mucho ruido para concentrarse en una única imagen, que a su vez empieza a ejercer una atracción sobre todo el ser hasta el punto que no le queda otro remedio al pobre tipo (en mi ejemplo, yo mismo, un perezoso) que salir y satisfacer a aquél anhelo con la visión de lo que poblaba su imaginación.

Ahora bien: para que la imaginación pueda fijarse en esta esperanza de una visión agradable necesita saber por lo menos que tales visiones agradables existen en el mundo; necesita, como una planta, de ciertos estímulos para que pueda salir debajo de la tierra y crecer en dirección a la luz. Tiene que ser, por lo tanto, cultivada.

A propósito de esto, y vapuleando a un funcionario argentino que deseaba esparramar la cultura, dijo el Padre Castellani:

(…) la cultura, señor, no se desparrama, la cultura se cultiva, es una cosa viviente que no se puede tirar a la rebatiña. O mejor dicho, hay dos culturas, una buena y otra mala (que se llama la cultura falsa o sea el “timo”) y esta última es la única que se presta al desparrame. La otra hay que levantarla despacito a puleo, poniendo las espaldas propias debajo – y toda el alma en ellas.

La idea de una satisfacción por el hecho de ver algo que está fuera uno mismo y de se dejar impregnar por tal visión también significa que el hombre sabe – o por lo menos intuye – que no se basta a sí mismo; que, no importa lo que haga o construya, en algún momento tendrá que recibir, sin hacer nada, algo que está fuera de él. Y con esta cosa tampoco podrá hacer nada porque, si lo hace, de alguna manera ella deja de ser ella misma y entonces se pierde el encanto de recibir aquello que parecía – porque realmente lo era – un regalo.

Y los hombres modernos nos rebelamos contra la idea de callar el ruido interior porque, en esta época desesperada, se hace insoportable el conocimiento de que el hombre necesita contemplar. Hay, por lo tanto, que hacer más ruido y matar ese deseo de contemplación.

Quedémonos con las hermosas palabras del profesor Antonio Caponnetto en su libro Pedagogía y Educación:

(…) porque negarle al hombre su peculiar vocación contemplativa es cerrarle el auténtico camino hacia la sabiduría y hacia la real felicidad. Allí donde el alma se extasía y reposa libre de las contigencias de lo útil. Es allí donde se hace plena y encuentra en la visión de los Princípios, la clave de todo lo que existe. Allí donde, en definitiva – bien lo sabían los antíguos – el amor ascende y se realiza.

Lo que ocurre, entonces, es que para realizar (en el sentido Newmaniano del término, es decir, para tornar realidad) este cultivo hacen falta algunas cosas: la semilla, el suelo, el agua, la luz del sol etc. También así lo es con nuestro cultivo interior. Necesitamos muchas cosas y la primera de ellas es que en nuestra imaginación esté asentada la idea de que hay algo que tenemos que ver, pase lo que pase, para satisfacernos. No es que veremos todo lo que hay para ver, ya me entienden, porque no lo soportaríamos (por el exceso de luz, como dijo Pieper); pero lo que veremos nos hará felices.

Citemos las palabras del maestro Pieper en su artículo titulado Earthly Contemplation:

(…) Solamente la visión de algo que amamos nos hace felices, y por tanto, es parte integral al concepto de contemplación lo que representa una visión encendida hacia algo en el amor y en la afirmación.  Por eso ahora es para nosotros posible formular una definición más completa del significado esencial decontemplación. Si nosotros dirigimos nuestro poder de afirmación, por ejemplo, nuestro amor, hacia la infinita y divinafuente de saciedad, la cual fluye a través de toda la realidad desde su fuente última, y si esta amada fuente se revela a la mirada del alma en una visión completamente no mediada y absolutamente serena – incluso si la visión perdura por no mas de la mitad de un segundo – entonces y solamente entonces ocurre aquello que puede, en un sentido absoluto, ser llamado contemplación.

Y la felicidad de la auténtica contemplación, como dijo Pieper, es la que nos lleva a la fuente última de lo que vemos: por lo tanto, la visión sí que nos hace felices, pero es una felicidad con añoranza.

Dejémoslo así de momento, que ya me extravío del tema principal de este artículo.

Y el tema principal es justamente darse cuenta de que hay algo fuera de nosotros que reclama nuestra mirada, algo que está allí para que nos impregnemos de ello, algo que sin saber asociamos a nuestra necesidad de amar, algo por cuya sencilla existencia nos alegramos y que hace despertar en nosotros la plegaria: una plegaria de felicidad por lo que es.

Nuestro cultivo es, por lo tanto, lo que nos lleva a salir de la tierra oscura en que vivimos – las construcciones humanas materiales y mentales – para ver lo que hay afuera; lo que, aunque no colme toda nuestra añoranza, por lo menos nos pone en el camino de la confiada espera por lo que está detrás de las cosas creadas.

Gilmar Siqueira

Esperamos que hayan disfrutado con este artículo en el que Gilmar Siqueira nos invita a mirar hacia afuera para ver los árboles y nosotros les invitamos a quedarse en nuestra página y a recorrer nuestras distintas secciones: Misa Tradicional, Arte, Historia de la Iglesia, Nuestras firmas…

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Gilmar Siqueira

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Feo, católico y sentimental