Sin tretas no hay paraíso

Como alcanzar la salvación.

Sin tretas no hay paraíso, un artículo de Félix Véliz

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Tiempo de lectura estimado: 4 minutos.

Muchas veces me he topado por ahí con gente muy católica, gente de misa los domingos y fiestas de guardar, gran medalla dorada del Sagrado Corazón al pecho e, incluso, amiga de algún que otro cura o monseñor que, no obstante tal bagaje de probada catolicidad, no acude nunca (o lo hace muy rara vez) al sacramento de la confesión porque, según suelen reconocer con gran humildad arqueando ligeramente la ceja derecha y bajando la mirada al suelo: “yo no robo ni mato”.

Con toda seguridad conoce usted a unos cuántos de estos especímenes, pues hoy proliferan en la Santa Madre Iglesia. O quizás sea usted uno de ellos, sabe Dios…Sea como fuere, no viene mal que recordemos lo siguiente: aquellos beatorros santurrones que no roban ni matan” no han entrado aún en el Reino de los Cielos, ¿sabe porqué?, porque sin robar ni matar no existe salvación posible ya que sin tretas no hay Paraíso.

Veamos a qué me refiero.

Según el Diccionario de la Real Academia Española al término treta le corresponden las dos siguientes acepciones: 1-Artificio sutil e ingenioso para conseguir algún intento. 2-En el arte de la esgrima, engaño que traza y ejecuta el diestro para herir o desarmar a su contrario, o para defenderse. ¿Ya se imagina por dónde voy? Siempre me llamó la atención la parábola del administrador infiel y la astucia con que éste sabía “ganarse la vida´´ mediante cualquier “artificio sutil e ingenioso´´, es decir, mediante cualquier treta que se le pasara por la cabeza.

Sin embargo, al menos para mí, lo realmente llamativo y aún chocante siempre fue constatar que Nuestro Señor pusiera a este ladrón como ejemplo de cómo debemos actuar astutamente los cristianos para ganarnos la Vida verdadera que nunca acaba. Mas con el tiempo fui comprendiendo que el Señor nuestro Jesucristo nos invita, como vemos en esta parábola, a ser un poco pícaros y pillos en lo tocante a nuestra salvación y la de nuestros prójimos.

¿Qué no roba usted? ¡Pues sepa que no va por buen camino!

alcanzar la salvación-Marchando ReligiónNunca hubiera podido decir lo mismo el primer santo canonizado del Nuevo Testamento; canonizado, por cierto, nada menos que por Nuestro Señor en el Calvario. Me refiero, por supuesto, a san Dimas, el buen ladrón. Tan enquistado tenía este hombre la costumbre de hacerse con lo ajeno, que ni en el último momento de su vida pudo evitar cometer un robo, el más significativo de toda su carrera: san Dimas le robó el Corazón a Dios ganándose el mayor de los tesoros posibles, el Cielo. “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso´´.

¿Que qué artimañas usó este ladrón para conseguir tal botín? Pues las mismas que deberíamos usar todos los cristianos con asiduidad: confesó sus culpas y aceptó la expiación debida a la Justicia divina (nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho) y recurrió a la Misericordia de Dios (Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino). ¿Cómo no iba nuestro Buen Jesús a dejarse robar, no creen? Imitemos, pues a este buen ladrón san Dimas.

¿Soy lo peor? Muy bien, lo reconozco sencillamente, lo confieso ante el representante de Jesucristo, expío en lo posible las culpas de mi pecado y confío en la bondad del Corazón de Jesús.

¿Creen que viviendo así no entrará alguno en el Reino de Dios?

Ahora le pregunto yo: ¿es usted una persona violenta?¿No le apetece de vez en cuando meterse en una buena pelea? ¿Nunca ha matado? Sepa que, si su respuesta es una rotunda negación, tampoco lo veo muy bien encaminado, la verdad.

El Señor mismo lo dice: “el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos se hacen con él”.

Un violento de cuidado era el santo patriarca Jacob; tal es así que en una ocasión estuvo luchando toda la noche a mamporrazo limpio contra nada menos que Dios (quien se le apareció en forma de misterioso personaje). La pelea, por cierto, la ganó Jacob, que arrebató a Yahveh de este modo una bendición para sí mismo y su descendencia.

¿Ha peleado usted alguna vez con Dios? Seguro que sí.

Sepa que todos los santos han sido grandes luchadores que han sabido arrebatar numerosísimas bendiciones al Cielo mediante el combate de la oración, el ayuno y la limosna. Dios, la verdad sea dicha, siempre se deja ganar por la confianza y la perseverancia.

En realidad, lo de la lucha contra Dios es sólo una forma de hablar, una metáfora, ya sabe…Nuestros reales y auténticos enemigos no son otros que el diablo, el mundo y la carne, que harán todo lo posible por meternos al infierno eternamente.

Según San Pablo, contra estos enemigos mortales el Señor nos reviste de sus armas, las armas de la Luz: nos ciñe la cintura con la verdad, nos reviste con la coraza de la justicia, nos calza con el celo por el Evangelio, nos hace embrazar siempre el escudo de la fe para apagar con él las flechas encendidas del maligno, nos coloca sobre la cabeza el yelmo de la salvación, y nos da la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

Lo dicho: sólo los violentos conquistan el Reino de Dios. ¡Luche contra el demonio, mate en usted las exigencias de la carne, destroce a su adversario el mundo! ¡Estrelle contra la Roca a los hijos de sus enemigos! Mire que está en juego su salvación eterna…

¿No odia a nadie porque es usted muy bueno y muy santo?Pues sepa que quien no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos e, incluso, a sí mismo, no es discípulo verdadero de Jesucristo. Ahí, se lo dejo…

Alguno, a estas alturas del artículo, podría pensar: bien difícil y duro es esto de ser cristianos entonces.

Hay que ser muy esforzado, ¡casi un héroe o caballero andante medieval! Nada más lejos de la verdad, estimado lector: en el Reino de Dios hay cabida para todos, pues es voluntad de Dios que todos los hombres se salven. Ciertamente obtener la salvación es cosa bien fácil para el cristiano y nuestro Señor es acreedor de una prodigalidad sin igual, casi insultante para la natural tacañería humana.

Basta con confesar uno sus pecados mortales con un sacerdote para que sean perdonadas la culpa y la pena eternas, por ejemplo. Si, por cualquier motivo no pudiera uno tener acceso a la confesión sacramental, basta con un simple acto de contrición perfecta y ya está, ¡de par en par abiertas las puertas del Paraíso!

Para más INRI, si a uno le queda algo de pena temporal que padecer para purificar lo manchado por el pecado, he aquí que viene la Santa Iglesia, columna y fundamento de la Verdad, y nos ofrece el inestimable tesoro de las Indulgencias para que nos hagamos fácilmente con el Cielo de forma que, si usted ha confesado correctamente todos los pecados mortales de que tenga conocimiento y muere inmediatamente después de ganar una indulgencia plenaria, vaya directamente al Cielo, sin pasar por el Purgatorio.

En verdad, hermanos, ¿qué más puede hacer nuestro Señor por facilitarnos la salvación eterna? ¿Qué otras tretas y triquiñuelas quieren que se saque de la manga? ¿Hablamos de las indulgencias plenarias concedidas in articulo mortis, para cuya obtención es suficiente que el agonizante hubiera rezado algunas oraciones piadosas durante su vida..?

¡Qué bueno es Dios! La verdad es que quien se condena es porque quiere.

Recapitulemos:

No sea usted, se lo pido por Dios, uno de esos santurrones que ni roban ni matan y, como son tan buenos, casi nunca o nunca se confiesan. Usted, por el contrario, siga mi consejo:

róbese el Cielo como el “Buen ladrón” mediante la confesión humilde de sus pecados y el recurso a la Misericordia divina.

Combata el buen combate de la fe como Jacob y como San Pablo arrebatándole a Dios su bendición con el ayuno, la limosna y la oración. Recuerde que los violentos son los que conquistan el Reino de Dios.

Desapéguese usted del amor fatuo de las criaturas, por amor a Dios.

Gane muchas indulgencias, tantas como le sea posible y, sobre todo, recuerde siempre que sin tretas no hay Paraíso.

Félix Véliz

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Felix Veliz

Felix Veliz

Félix Véliz es un pecador que se sabe hijo de Dios, padre de familia graduado en educación secundaria y que ejerce la profesión de camarero.