San Pío X, el Papa del pueblo

SAN PÍO X, un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad.

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Pío X el Papa del pueblo.

San Pío X, llamado José Melchor Sarto, ocupo el solio pontifico desde 1903 hasta 1914, un periodo de la historia de la Iglesia y del mundo marcado por el inicio de un nuevo siglo y por el final de otro, pero también con nuevos desafíos e interrogantes que habrían de marcar la vida de los hombres durante los decenios siguientes.

Lo que más atrae de la figura de este pontífice, elegido como por “casualidad”, pues llego a la Cátedra de Pedro tras el veto austriaco al Cardenal Rampolla, es su origen humilde, muy distinto del de muchos de sus predecesores, que de un modo u otro habían salido de las filas de la aristocracia o de la curia romana.

Para José Sarto los primeros años de su vida estuvieron marcados por la difícil y ardua vida campesina, en la que se forjaron grandes vocaciones como las del Padre Pío o de Juan XXIII. Hijo de un funcionario de correos y de una costurera, el joven Sarto se ordeno sacerdote en 1885, y llevo a cabo su ministerio sin más ayuda que la de Dios, llevando a Cristo a sus paisanos.

Pío X el Papa del pueblo-Marchando ReligionCon el paso de los años, este humilde “viñador” iría escalando puestos en la Iglesia, llegando a ser Obispo de Mantua y Arzobispo de Venecia bajo el Pontificado de León XIII.

Eran estos los tiempos de un cierto acercamiento de la Iglesia al mundo moderno, después de los tormentosos tiempos de Pío IX, bajo cuyo pontificado la Iglesia tuvo que afrontar la marea del liberalismo y los primeros conatos del Modernismo, que con tanta “intransigencia” combatiría San Pío X a lo largo de su pontificado. León XIII quiso abrir la Iglesia a los tiempos modernos, y he ahí la célebre encíclica Rerum Novorum que abría las puertas a la Doctrina social de la Iglesia, y que tantas esperanzas hizo nacer entre los católicos que deseaban afrontar la cuestión social a la luz del Magisterio Pontificio.

Cuando Mons. Sarto se dirigía hacia el Vaticano para el conclave que habría de elegir al sucesor de León XIII, poco podía sospechar que el Espíritu Santo habría de fijarse en él para suceder a tan gran y sabio pontífice. Como en el caso de Juan XXIII, es más que probable que no estuviera en la lista de los papables; prueba de ello es la elección del ya citado Cardenal Rampolla, vetada por el emperador Francisco José, en virtud de un derecho que el mismo Papa Sarto suprimiría, liberando así a la Iglesia del último rescoldo de la intervención secular en la elección del Sumo Pontífice.

Cuando el 4 de agosto se vio fumata blanca en la Plaza de San Pedro, aquel joven campesino se convertía en sucesor de otro hombre humilde, de aquel pescador de Galilea, llamado Pedro.

Cristo como centro de su pontificado

¿Cómo era el mundo en tiempo de San Pío X? Nos hallamos en los estertores de la llamada Belle epoque, aquel periodo anterior a la Primera Guerra Mundial, un tiempo de felicidad, progreso e ilusiones, una época en que todo parecía posible. Pero también eran, como diría Santa Teresa de su época <<tiempos recios>> para la Iglesia: a la pérdida del poder temporal, se unía la amenaza de nuevas herejías, nacidas del intento de conjugar la fe con la Razón, con escaso o nulo éxito, y que desembocaban en la mayoría de los casos en el indiferentismo o el sincretismo.

Desde las filas protestantes, se había inoculado solapadamente en la exégesis católica las teorías de Bultmann, Harnack y otros, que presentaban una visión racionalista de las Escrituras, que presentaba un divorcio entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe: para el cristiano no era importante la historicidad de las Escrituras, sino el efecto de ellas, lo que podíamos llama la <<experiencia de la fe>>.

Todo ello, dio lugar en el campo católico a corrientes de pensamiento racionalistas, alejadas del Magisterio y la Tradición, que cuestionaban los cimientos de la fe y proponían una visión liberal y racional, como fueron el <<Americanismo>> o el Modernismo, que postulaban un acoplamiento de la Iglesia a la Modernidad, sacrificando, si era necesario verdades esenciales de la fe.

También la sociedad se presentaba como un campo de batalla para la Iglesia.

El proceso de laicización que vivió Europa desde 1789 había hecho verdaderos estragos, a pesar de la labor de la Iglesia, pero el acoso desde los poderes públicos, como fue el caso de la III Republica en Francia, hacia evidente que se quería alejar a Dios de la sociedad. Las costumbres también se fueron relajando y la moralidad fue poco a poco decayendo, llegando a imponerse una doble moral, sobre todo, entre las clases pudientes, que desdecían en muchos casos del testimonio cristiano.

Este era el panorama que se encontró San Pío X cuando dijo su “fiar” ante los cardenales el 4 de agosto de 1903, en la Capilla Sixtina.

Ciertamente, José Sarto no era un teólogo, ni tampoco un estadista, sino un campesino con mucho sentido común y una gran fe en la Providencia, y, con esa clarividencia que caracteriza a las gentes del campo, asumió las riendas de la Iglesia con una idea muy clara: restituir a Cristo como centro de todo, proyecto que sintetizo en su lema pontifical: instaurare omnia in Christo. Para llevar cabo esta misión se rodeo de un gran equipo de colaboradores, destacando entre ellos el Cardenal Rafael Merry del Val, que desde la Secretaria de Estado, descargó al Papa de los asuntos temporales, para que pudiera dedicarse a su misión espiritual.

Una de las primeras medidas que tomo San Pío X fue la de neutralizar el peligro modernista.

En síntesis, el Modernismo, cuyo principal representante fue Alfred Loisy (m. 1940), propugnaba un cristianismo en el que se divorciaban fe y razón, historia y revelación, el Cristo de la fe y el Jesús de la Historia. En este divorcio cristológico residía el verdadero peligro del modernismo: poco nos importa lo que Jesús dijo e hizo durante su vida terrena, si hubo o no una intervención de Dios en el mundo, y por lo tanto milagros, resurrección y redención; lo que importa es el segundo, objeto de una vivencia de credulidad, tan incontrolable como desacreditada.

En síntesis, se venía a decir que existía una discontinuidad entre Jesús y Cristo, entre el hombre y el mensaje, primando el segundo sobre el primero.

El Cristianismo dejaba de ser una religión personal, encaminada al encuentro con el Verbo hecho carne, para convertirse en una idea, en el fruto de la experiencia personal de las primeras generaciones cristianas.

San Pío X vio el peligro que suponía esta teología que, amparándose en el legítimo estudio y desarrollo del dogma y la exegesis, provocaba escándalo entre los fieles y conducía a la indiferencia religiosa. Neutralizar este virus fue el principal objetivo del Papa Sarto, su timbre de gloria, pero también la piedra de toque, porque le valió la fama de intransigente y poco abierto al pensamiento moderno.

Prueba de ello son las duras palabras que dedica en su encíclica Pascendi al Modernismo, al que tacho como “síntesis de todas las herejías”, y para asegurarse la enseñanza de la sana doctrina, exigió a todos los sacerdotes y profesores de teología el juramento llamado “antimodernista”, que contenía una profesión de fe y rechazo expreso de las principales tesis del modernismo, y que fue obligatorio hasta bien entrado el siglo XX.

Con estas medidas San Pío X se aseguraba que los sacerdotes y teólogos anunciaran la fe prístina de los Apóstoles sobre el Hijo de Dios, y asegurado esto, era preciso volver a poner a Cristo en el centro de la sociedad. Mucho lucho el Papa Sarto en este sentido, siguiendo las huellas de sus predecesores, a pesar del embate laicista de los poderes públicos de su tiempo: Alemania, Estados Unidos, España… fueron algunas de las naciones que más oposición mostraron a la labor de la Iglesia en la sociedad; en España, por ejemplo, eran los tiempos de la llamad <<ley del candado>>, que prohibía la instalación en suelo español de nuevas órdenes religiosas.

Más problemático fue el caso francés: la acción social católica se había cristalizado en múltiples formas de asociación bajo León XIII, sin embargo, muchos de estos movimientos degeneraron en movimientos ajenos a los principios cristianos; este fue el caso de Le Sillon, un diario católico y social que degenero en un movimiento aconfesional y que defendía principios ajenos a la Doctrina Social de la Iglesia. Con la misma contundencia que contra los modernistas, San Pío X condeno la orientación de este movimiento y exigió su retorno a los principios cristianos que lo habían fundado.

El Papa de la Catequesis y la Liturgia

Hacer presente el reinado social de Cristo en una sociedad cada vez más laica, exigía una renovación de la catequesis y la liturgia. En estos campos, San Pío X brillo como ningún Papa lo había hecho pues, al contrario que sus predecesores, este humilde campesino había tenido un contacto directo el pueblo llano, tanto como fiel como pastor. De este contacto nació su empeño por reformar la liturgia y la catequesis, para hacer factible la renovación de la sociedad a través de católicos bien formados.

La reforma litúrgica tuvo en San Pío X uno de sus principales impulsores, aunque ya había movimientos y personajes que reclamaban una renovación de la litúrgica católica. En este sentido, no cabe duda de lo que la reforma del Vaticano II debe a este pontífice, como también a sus sucesores como Pío XII y Juan XXIII. A él se debe el impulso a la Música sagrada, al embellecimiento de la Sagrada Litúrgica con el gregoriano, cuya reforma estaba siendo impulsada desde Solesmes y otros centros benedictinos de Europa, y la reforma del Misal Romano anterior a 1962.

En este punto, es de señalar el merito de este pontífice en intentar retornar la centralidad del Domingo a la vida cristiana, en un momento en que, si bien no había dejado de tenerla, se veía un tanto oscurecida por las celebraciones de los santos, que se solapaban con la celebración dominical.

Por otra parte, también hay que señalar el cariño que el Romano Pontífice sentía por los niños, que le llevo a establecer la edad de la primera comunión a los siete años, impulsando con ello la comunión frecuente, una práctica rara en su época, que todavía lastraba los efectos del jansenismo sobre los fieles. Muestra de este cariño es el hecho del Papa por los niños, fue la publicación de los llamados <<Catecismos de San Pío X>>, un instrumento de evangelización que formó a miles de cristianos durante generaciones, y que sigue siendo un hito, junto al Catecismo Tridentino, en la historia de la Catequesis católica.

Con estas reformas, San Pío X ponía de manifiesto que la Liturgia es lex orandi, lex credendi, es decir, que aquello que se reza se cree, y lo que se cree se reza.

En medio de la tormenta modernista, el Papa Sarto dejó claro que la Liturgia expresaba la fe de la Iglesia, aquella que confesaba la divinidad de Cristo, la identidad entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe, de aquel que dijo el Apóstol que “es el mismo ayer, hoy y siempre”, y como aquel, San Pío X advertía a los fieles “que no se dejasen llevar por doctrinas extrañas y raras”.

Un humilde obrero de Cristo

Con la puesta en marcha de este programa de pontificado, San Pío X se granjeo la crítica de no pocos sectores de la vida social y eclesial de su momento. Para muchos, estas actitudes del Pontífice echaban por tierra la política aperturista de su predecesor, y se oponía a una mayor amplitud de miras por parte de la Iglesia, tanto hacia fuera como a hacia dentro.

Se acusaba al entorno del Papa de influenciarle sobre las medidas que debía de tomar frente a los modernistas y hacia el catolicismo social, llegándose a afirmar la existencia de un <<sociedad secreta>>, el llamado Sodalitium pianum, dedicada a la “caza y captura” de modernistas dentro de Seminarios y facultades teológicas.

Sin embargo, la realidad era bien distinta: San Pío X gozó durante toda su vida del amor y el cariño de sus fieles, quienes ya le consideraban santo en vida, en pro de quienes el pontífice trabaja afanosamente para preservar su fe, de las elucubraciones de hombres que, despreciando la fe de los sencillos, inventaban “fabulas” para alagar los oídos, como diría el Apóstol.

De la cercanía del Papa Sarto a los fieles, dan testimonio las catequesis que daba en el <<cortile>> de San Dámaso o del hecho de abrir el Vaticano a los damnificados por el terremoto de Mesina de 1908, tal y como haría años más tarde el Papa Pacelli con los judíos perseguidos en la Roma ocupada.

Esto demuestra que, más allá de la pompa propia de la corte pontificia, el Papa Sarto se seguía sintiendo un “cura de aldea”, cercano a sus feligreses y preocupado por ellos.

Cuando en agosto de 1914 estallaba la Primera Guerra Mundial, San Pío X, cercano ya a su muerte, intento por todos los medios poner fin a aquel conflicto que daba sus primeros pasos, y con esta pena entrego su alma al Señor el 20 de agosto de 1914. De la altura moral del Papa Sarto en aquel momento, nos dan testimonio el clamor unánime sobre la santidad y grandeza de este pontífice, por encima de cualquier ideario. Seria Pío XII quien elevara a este humilde siervo del Señor a la gloria de los altares en 1954.

Vicente Ramón Escandell, pbro.

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna