Penitencia, penitencia

Un sábado más nos vamos a Lourdes de la mano de Rosa Jordana.

Penitencia, penitencia.

penitencia, penitencia-Marchando ReligiónEl miércoles 24 de febrero Jean-Baptiste Estrade tenía que estar en Tarbes. No pudo ir a la Gruta, pues. Encargó a su hermana Emmanuelitte que tomara buena nota de todo lo que ocurriera. Así que ésta, diligente, fue con Dominiquette Cazénave. También estaba allí Fanny Nicolau, la institutriz. Conocía bien a los Soubirous y siempre les había aconsejado prohibir a la niña las idas a la Gruta porque era del parecer que Bernadette fabulaba y con eso, les estaba comprometiendo a todos ellos.

Ese día iba a Massabielle por primera vez, cediendo a las presiones de sus amigas Antoniette Garros y Ursule Nicolau. Eran las cinco de la madrugada cuando este pequeño grupo salió con sus linternas hacia la Gruta. Se diría que formaban una cinta luminosa que recorría el camino en medio de la negra noche. Al llegar constataron que esta historia cada día cautivaba a más lourdeses e, incluso, forasteros.

Estaban allí el abogado Dufo, con su esposa y sus dos hijas, Jaquette Pène, Elfrida Lacampre, Jeanne-Marie Lavit y sus hijas…

Por los agentes de la gendarmería sabemos que ese día había unas trescientas cincuenta personas en Massabielle, la mayoría al otro lado del río. Y es que el Comisario Jacomet, a falta de acciones más contundentes, había mandado a dos de sus agentes el recuento de las personas que se congregaban allí y una vigilancia estrecha de lo que hacía Bernadette.

Como de costumbre, Bernadette llegó sobre las seis de la madrugada y no prestó ninguna atención a los que la esperaban. La acompañaba la más joven de sus tías, Lucile. Su lugar estaba “reservado” pero la densidad de la gente había hecho bascular las ramas del rosal y eso la enojó. Inquirió con descontento y hasta cierta cólera: “¿Quién ha tocado el rosal?”. Siempre tenía miedo de que alguien hiciera caer a la “petito damissello”, “la Dame” ya.

Se arrodilló en su piedra, con lágrimas en los ojos, y empezó a rezar.

Llevaba una decena del Rosario cuando entró en éxtasis. Primero una amplia sonrisa y, pronto, una expresión de profunda tristeza se adueñó de su rostro. Perecía que de la hornacina venían mensajes tristes. Dejó caer sus brazos y abundantes lágrimas caían por sus mejillas. Entonces Bernadette levantó la vista de nuevo hacia la hornacina. Parecía estar recibiendo instrucciones. Según relató después Bernadette, la Señora le rogaba que besara el suelo en penitencia por los pecadores a lo que ella asintió con la cabeza a la vez que decía sí.

La Señora pronuncio por tres veces la palabra PENITENCIA, nueva para Bernadette, y añadió Rogad por los pecadores. Entonces le preguntó si esto le molestaba a lo que Bernadette dijo “¡Oh, no!” y negaba, también, con la cabeza. Tenía los ojos anegados de lágrimas.

Con una actitud muy humilde, besando el suelo una y otra vez, se desplazó de rodillas hacia arriba, hasta llegar a la hornacina. Llegó a tocar el rosal y entonces volvió a bajar de la misma manera, el rostro hacia abajo, besando el suelo.

Volvió a arrodillarse con la mirada fija en la hornacina en medio de un silencio religiosos entre todos los presentes.

Hay algo en lo que todos los testigos coincidían: en los éxtasis su rostro devenía extremamente pálido y su piel parecía transparente y con una ligera luminosidad. Este último detalle era lo único que la diferenciaba de una persona muerta. Por eso, muchas personas que asistían de cerca a la escena creían que iba a morir. En la descripción de las apariciones es habitual encontrar a alguien que se apresaba a socorrerla creyendo que iba a ocurrirle algo grave o que se moría. Ese día fue su tía Lucile. No pudo resistir la visión de su sobrina, con el rostro lívido, y creyó que iba a caerse al bajar de rodillas, besando el suelo. Exclamó: “¡Se muere!” y se mareó. Bernadette se sobresaltó y “la Dame” desapareció. “¡Tía! ¡No te apenes!” dijo, un poco molesta.

Le disgustaban estas interrupciones. “La Dame” se alejaba con estas cosas.

En ese momento llegó el Sargento de Caballería D’Angla abriéndose paso entre la gente gracias a uno de los gendarmes. Se puso al lado de Bernadette y le gritó: “¿Qué haces aquí, pequeña comedianta? La niña ni se inmutó y continuaba arrodillada. Vejado por esta indiferencia se volvió hacia la gente a grandes voces con su leitmotiv: “¡Y pensar que en el siglo XIX se dé importancia a estos disparates!”. La reacción que esperaba no se produjo, más bien al contrario: hubo un murmullo de reprobación y los canteros se le aproximaron amenazantes. Así que cesó su arenga y, con un aire de orgullo del que se cree superior, se marchó.

Entre tanto, la Aparición había terminado.

Bernadette emprendió el camino de vuelta hacia su casa. La institutriz Fanny Nicolau se apresuró a ponerse a su lado y le preguntó: “¿Te ha dicho algo la Señora?”, Bernadette, extrañada le dijo: “Con lo cerca que estaba usted, ¿no ha oído nada?”. No era insolencia. Ella creía que hablaban en voz alta. “¿Oído? No, criatura. ¿Cómo te habla, en francés o en dialecto?” Y la niña, asombrada, contestó “¡Yo no sé francés! ¡Me habla como hablo yo! Y me trata de usted”. Este último detalle era sorprendente y novedoso para Bernadette.

Siempre destacó la amabilidad y el respeto con que “la Dame” la trataba, algo inusual en la relación con la gente de su entorno para los que sólo era una pobre niña, hija de una familia miserable, la última entre los últimos de Lourdes. Luego le explicó a qué respondían los asentimientos y las negaciones con la cabeza y las palabras exactas de la Señora.

Dada la importancia de esta Aparición, y aún a riesgo de parecer reiterativa, la contaré en palabras de la propia Bernadette:

La Señora me dijo: ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! Rogad por la conversión de los pecadores. Luego me pidió que me arrodillara y besara el suelo por la conversión de los pecadores. Estaba triste. Le dije que sí y lo hice. Entonces me preguntó si aquello me molestaría y le dije que no. La Señora estaba triste y yo también. Pero también sonrió al ver a toda esta gente valiente. Desapareció dos veces.

Y tenemos el testimonio de Fanny Nicolau sobre ese día. Ella, una escéptica absoluta, que había intentado convencer a los padres de la niña de que no debían permitirle ir a la Gruta, ese día escribió lo siguiente:

“Bernadette pasaba su Rosario mirando hacia la hornacina. A penas había terminado la primera decena que se volvió blanca como una sábana tendida al sol, sus ojos grandes abiertos, sin pestañear, los labios con una ligera sonrisa… Después, yo no sé si la Señora desapareció o que pasó. Su figura cambió, una nube descendió desde la frente hasta el mentón: era como si una muselina fina hubiera velado su rostro. Yo lloraba… M. Dufo, el abogado (antiguo alcalde) que estaba a menos de cuatro o cinco pasos de mí, no pudo quedarse de tan emocionado que estaba. Cuando se vio la palidez de su cara hubo un grito general ‘¡Dios mío! ¡Va a morir!’. Se veía bien claro que no era una comedia”.

Hubo un testimonio distinto ese día, el de Elfrida Lacambre, de la familia que regentaba el único gran hotel de Lourdes, el Hôtel Lafitte. Ella era una de las increpadas por Bernadette por sacudir el rosal. Desde ese momento, se alejó de ella, molesta, y asistió desde lejos a la aparición. Para ella todos los movimientos de Bernadette, sus idas y venidas por la Gruta habían sido “Una agitación ridícula y sin objeto”. Podríamos rebatirlo, pero es evidente que no es necesario: sencillamente hay quien comprende y cree y hay quien no. Aunque no estaría de más hacerle notar a la buena de Elfrida que de lejos… ¡se ve peor!

Es importante remarcar que entre el martes 23 y el miércoles 24 de febrero, hubo un cambio. Desde ese miércoles, Bernadette se convirtió en “mensajera” de “la Señora”.

A partir de esta aparición empezamos a entrar de lleno en el mensaje de Lourdes.

La mayoría de las apariciones tuvieron lugar en tiempo de Cuaresma. Y lo primero que manifestó la Santísima Virgen era el dolor que le causaban los pecadores. Por eso pidió que se rogara por su conversión. Es el mismo mensaje de conversión que aparece en los textos evangélicos.

En un mundo en que se ha relativizado el concepto de pecado, este clamor que se oyó en Lourdes hace ciento sesenta años, viene a sacudir nuestras conciencias de hoy porque es tanto o más necesario que entonces: “¡PENITENCIA! ¡PENITENCIA! ¡PENITENCIA! ¡Rogad por la conversión de los pecadores!”.

Entre tanto, Bernadette no perdió su sentido práctico y, de vuelta a casa, le dijo a su tía Lucile: “Tía, si te tienes que desmayar, es mejor que no vengas…”. Ya pensaba en el día siguiente… y no deseaba interrupciones.

Rosa Jordana

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Rosa Jordana

Rosa Jordana

Rosa Jordana: Licenciada en Ciencias de la Educación. He trabajado con niños y para niños. Mi pasión es Lourdes, donde peregriné por primera vez con diez años y no he dejado de hacerlo. Mi ilusión es que peregrinemos allí, Vds. y yo juntos cuando nos encontremos en estas líneas. Nos espera la Santísima Virgen