Pastor Angelicus

Pío XII-Pastor Angelicus

PASTOR ANGELICUS un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell.

Pío XII-Pastor angelicus-Marchando ReligiónNo ha habido en la historia reciente de la Iglesia un siglo tan fecundo en santos y grandes pontífices como el XX. Entre todos ellos, destaca la figura de Eugenio Pacelli, el Venerable Pío XII, un hombre providencial que tuvo que luchar contra enemigos internos y externos de la Iglesia, y cuyo pontificado supuso un punto de inflexión en la historia de los Papas, y cuyo legado brilla con luz propia, a pesar de las “puertas del Infierno”, en el corazón de la Esposa de Cristo y en todo el Orbe.

Un autentico “Padre de los pueblos”

El mundo en el que recibió un 12 de marzo de 1939 la noticia de la elección de Eugenio Pacelli, estaba inmerso en la antesala de la mayor conflagración mundial desde la Guerra del 14, y en la que se darían cita los dos grandes movimientos políticos totalitarios, nazismo y comunismo, fruto de las filosofías ateas del siglo XIX.

El panorama que heredada Eugenio Pacelli no era nada alentador: en España, la Guerra Civil, que había enfrentado a los españoles, entre otras muchas cosas, por la defensa o persecución de la religión, estaba tocando a su fin, después de más de tres años de lucha intensa, en la que casi seis mil católicos habían perdido la vida por el hecho de serlo, y otros miles por defenderla en los campos de batalla.

En Centroeuropa, Alemania estaba preparándose para extender su influencia más allá de sus fronteras, poniendo sus ojos en la católica Polonia, que también era objeto de deseo de la Rusia comunista, gobernada por Stalin, y donde la persecución contra la fe de Cristo duraba ya casi tres décadas, desde el triunfo del bolcheviquismo en 1917; finalmente, en la vecina Francia, gobernada por el Frente Popular, las leyes anticristianas seguían su curso, como triste herencia de la III República y su política laicista.

Más allá del océano, en el lejano oriente, el Imperio japonés estaba en plena fase de expansión, arrasando China y poniendo sus ojos en los territorios oceánicos del Reino Unido y Estados Unidos.

Esto que era perceptible a los ojos humanos, ocultaba una silenciosa lucha espiritual e ideológica que también llegaría a los campos de batalla.

Occidente se debatía, ya desde finales del siglo XIX, entre el rechazo de sus raíces cristianas y la imposición del liberalismo ateo, seguido a principios del XX por el marxismo, que consideraba la religión como “el opio del pueblo”.

Pero, también otra nueva ideología, igualmente peligrosa, estaba luchando por la conquista de las almas: el nihilismo, fruto del pensamiento de hombres como Nietzsche, con su exaltación del superhombre y su desprecio de la fe cristiana, que él consideraba como propia de esclavos, amenazaba con anegar las naciones, no ya a punta de bayonetas, sino a través de la educación de los jóvenes y niños.

En este ambiente y como freno a ambas corrientes, se alzaba la Iglesia, gobernada por aquellos turbulentos años por Pío XI, que supo luchar contra hombres e ideas, con el auxilio de su Secretario de Estado, Eugenio Pacelli, quien, durante su estancia en Baviera como nuncio, tuvo la oportunidad de ver por sí mismo los efectos devastadores de las ideologías anticristianas.

Es conocido el hecho de cómo, durante el asalto de la nunciatura de Baviera por las turbas marxistas, tuvo la valentía de plantar cara a los asaltantes para su sorpresa, evitando a riesgo de su vida la destrucción de la misma; también, y parece ser que es un dato histórico cierto, leyó con atención durante esos años el libro programático del nazismo, Mi lucha de Adolf Hitler, pudiendo descubrir el veneno que contenía esta nueva ideología que no había hecho más que nacer.

Siendo ya Secretario de Estado, colaboró en la redacción de las encíclicas de Pío XI contra el nazismo, y como Papa se enfrento con valentía y prudencia a la amenaza neopagana que suponía este para Europa.

Terminada la contienda mundial, Pío XII tuvo que hacer frente, en un mundo destrozado y dividido, a la amenaza del comunismo, no ya sólo en Occidente, sino también en Oriente. En China, tras el triunfo de la revolución maoísta, se había instaurado una Iglesia cismática, la llamada <<Iglesia patriótica>> que no reconocía la autoridad del Romano Pontífice, frente a la cual se alzaría la llamada <<Iglesia del Silencio>>, que tantos mártires ha dado a la Iglesia tanto de entre el clero como de los fieles.

Fueron años difíciles para el Papa Pacelli, convertido en la única autoridad moral y espiritual de Occidente capaz de hacer frente a la amenaza soviética, contando sólo con la fuerza de su palabra y oración.

Un verdadero maestro de la fe

Pío XII no sólo brillo como padre solicito de la humanidad, sino también como Pastor bueno de la Iglesia de Dios. Hombre abierto a los avances de su tiempo, fue el primer pontífice en dirigirse a los fieles por radio y televisión como medios de hacer llegar su magisterio a cada rincón del globo; memorables son sus discursos navideños de los años 1940-1943 a favor de la paz y la concordia entre los pueblos, recurriendo a los mismos medios que otros usaban para predicar el odio y la violencia.

También vivió con gran interés los primeros pasos de la televisión y el cine, como manifiesta el hecho de que declarase a santa Clara de Asís patrona de la televisión y dedicase un documento al cine, alertando sobre el mal uso que de este medio se podía hacer.

Siguiendo la estela de su predecesor San Pío X, apoyo vivamente la renovación litúrgica de la Iglesia, dedicando a esta cuestión una de sus cuatro grandes encíclicas. La Encíclica Mediator Dei (1947) supuso un importante respaldo al Movimiento litúrgico y su afán por recuperar las esencias de la Liturgia católica, en la línea marcada por el Papa Sarto; a este respecto, a él se le debe haber recuperado la centralidad, dentro del Sacro Triduo, de la Vigilia Pascual, con su reforma de la Semana Santa.

También, tuvo que hacer frente, como su predecesor a ciertas corrientes teológicas, que, bajo la capa de sincero retorno a las fuentes, pretendían subvertir el mensaje cristiano, y que en el fondo eran un rebrote del Modernismo; contra ellos, escribió la Encíclica Humani generi (1950), verdadera síntesis de los errores contemporáneos sobre temas clave del dogma católico, que no sentó muy bien en determinados círculos teológicos, influidos por corrientes de pensamiento poco compatibles con la fe cristiana.

La Sagrada Escritura y la Iglesia también fueron temas tratados por Pío XII en sendas encíclicas que son hitos de necesaria referencia para comprender el misterio de la divina revelación y de la Iglesia.

En la Encíclica Divino Afflante Spiritu (1943) Pío XII respalda a las corrientes exegéticas católicas que habían visto en los genero literarios un medio para comprender mejor, en su contexto histórico y cultural, los libros sagrados como expresión de la Palabra de Dios en palabra humana; en lo referente a la Iglesia, su Encíclica Mystici Corporis Christi (1943) nos ofrece una síntesis del misterio de la Iglesia desde la imagen del <<Cuerpo místico>>, para afirmar que la Iglesia es, en misteriosa analogía con el Verbo encarnado, humana y divina, espiritual y temporal, saliendo al paso de interpretaciones parciales.

Fuera de estas grandes encíclicas, el magisterio de Pío XII presenta un vasto repertorio de documentos, discursos, alocuciones… que ponen de manifiesto la figura de un verdadero doctor de la Iglesia, preocupado por el hombre moderno y sus necesidades espirituales y temporales.

Especial mención tenemos que hacer de su Encíclica Haurietis Aquas (1956) dedicada a la espiritualidad del Sagrado Corazón y, que a día de hoy, es de obligada consulta para todos aquellos que quieran comprender y vivir, según el sentir de la Iglesia, esta espiritualidad.

Un Papa enamorado de María

Pío XII no sólo fue un estadista y pastor excepcional, sino también una gran personalidad espiritual. Sus imágenes con los brazos abiertos representan a un hombre de Dios, que deseaba acoger entre sus brazos a toda la humanidad, en especial, a los más desfavorecidos del mundo.

Seria prolijo relatar los hechos que demuestran esta afirmación, pero con uno solo bastara: durante la ocupación de Roma por los alemanes, cuando la persecución contra los judíos era más violenta, el Papa Pacelli puso a disposición de los prófugos, no sólo los conventos e iglesias de Roma, sino su palacio de Catelgandolfo e incluso las mismas estancias vaticanas; fue hasta tal extremo su solidaridad con los perseguidos, que él mismo compartió las estrecheces de los mismos, no queriendo desmerecer su alta responsabilidad de Vicario de Cristo y Siervo de los Siervos del Señor.

Este deseo de ver a todos los hombres unidos bajo la cruz de Cristo, era en Pío XII expresión de su alto sentido de la responsabilidad que como Pastor de la Iglesia Dios había depositado en él; pero también de su tierno amor hacia la Virgen, hasta el punto que puede ser considerado uno de los grandes Papas marianos del siglo XX.

A él se debe la proclamación del dogma de la Asunción de María en 1950, en medio de una gran aclamación popular, pero también de cierta oposición silenciosa, que no veían conveniente la proclamación de un nuevo dogma, no tanto por reconocer este privilegio mariano, sino por no favorecer el diálogo ecuménico.

Sobre todo, habría que destacar el gran amor del Papa por el Santuario de Fátima, le unía, no sólo la piedad filial hacia la Virgen, sino también lazos misteriosos. De hecho, es famoso el episodio de que Pío XII fue favorecido, en los jardines vaticanos, con el milagro del sol, fenómeno ligado con el santuario de Fátima.

A la espera del juicio de la Iglesia

Pío XII moría en Castelgandolfo el 9 de octubre de 1958, con el finalizaba una época de la historia de la Iglesia y se iniciaba otra. Abierto su proceso de canonización por Pablo VI, junto con el de Juan XXIII, a mediados de los sesenta, este sigue lento pero firme, como lo demuestra la declaración de “Venerable” por el Papa emérito Benedicto XVI.

Vicente Ramón Escandell

Sacerdote.

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