No todos son hijos de Dios

Un artículo que pone en nuestro punto de mira el llamado encuentro interreligioso.

No todos son hijos de Dios un artículo de Félix Véliz.

Cuentan que en estos días se está desarrollando en Extremadura un encuentro interreligioso con, por supuesto, profusa participación católica.

Encuentro interreligioso-Marchando ReligiónEl pasado 26 de noviembre, de hecho, nos encontrábamos en cierto medio con un titular que se hacía eco de unas palabras pronunciadas por el Cardenal de Madrid frente a los participantes del variopinto encuentro: “todos somos hijos de Dios’‘. Es decir, que según Monseñor Osoro la filiación divina no es patrimonio exclusivo, ni mucho menos, de los cristianos renacidos del agua y del Espíritu, sino de todos los hombres, con independencia de la religión que profesen, si es que profesan alguna.

Todos recordamos el vergonzoso vídeo en el que el actual Sumo Pontífice expelía exactamente el mismo exabrupto afirmando que “muchos piensan distinto, sienten distinto, buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera.

En esta multitud, en este abanico de religiones hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios”.

Esta manera de manifestarse, queridos hermanos, por parte nada menos que de un cardenal o incluso un Papa, conlleva, ¡cómo no!, la indefectible alabanza y el mendaz aplauso del mundo; como de hecho sucedió y aún, aunque cada vez menos, sucede con el papa Francisco.

No tienen ustedes más que darse una vuelta por la hemeroteca y leer las portadas elogiosas que le han dedicado al actual Vicario de Cristo muchos de los principales y más anticristianos medios de comunicación del orbe.

¡Por fin un papa abierto, que no condena, que no pretende poseer la verdad absoluta; que no mira al resto por encima del hombro!

¡Un papa tolerante, de pensamiento democrático y capaz de aceptar la pluralidad, la diversidad, no como una amenaza, sino como un enriquecimiento, incluso, para su vida espiritual!

¡Un papa que vuelca sus esfuerzos no en un más allá dudoso como antaño hacían los papas de tiara y silla gestatoria, sino en el más acá perfectamente comprobable del calentamiento global, las migraciones o las desigualdades sociales! ¡Viva el papa! ¡El mejor papa de la historia! Etc…

Todos, budistas, musulmanes, judíos, induístas, animistas, ateos… hijos de Dios, dicen.

Y Dios es un Padre bueno, misericordioso, que siempre perdona, que envió a su Hijo a salvar a todos y no a condenar. El infierno, vacío; a excepción de los mafiosos, los ricos explotadores o los rígidos fariseos que sí que van a parar a él.

Al final de la jornada, ¿qué resulta de este arroz con mango espiritual que tienen muchos en la cabeza?

Pues resulta que todas las religiones llevan a la Jerusalén celestial. Todas salvan. Todas son diferentes maneras de ir al mismo lugar, de recorrer el camino que lleva a Dios, que espera a todos sus hijos, sea cual sea su religión, con los brazos abiertos. Lo que importa es ser buenos, obrar conforme a la propia consciencia…

Como ven, no hay que tener un doctorado en teología para darse cuenta de que, según esta visión indiferentista de la fe, el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en el Calvario no sería absolutamente necesario para la salvación.

Su doctrina sería una más en medio de muchas otras igualmente válidas para obtener su fin último que es la salvación eterna.

Esta, la salvación, ya no sería un don gratuito de Dios, sino que podría obtenerse con las fuerzas de la propia voluntad y una vida moral recta.

Gracias sean dadas a Dios Todopoderoso, nuestro Señor, a quien sean dados todo el poder, honor y gloria por los siglos de los siglos que las fuentes de la Revelación son y serán, no los Osoros y Bergoglios de turno, sino la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición. He aquí, señores, el seguro asidero que tenemos los católicos para no ser zarandeados por cualquier viento de doctrinas falsas que asolan hoy a tan amplios sectores de la Iglesia.

Veamos, pues, muy someramente, qué nos dice la Palabra de Dios sobre la absoluta necesidad de la fe en Jesucristo para la salvación.

“Yo (Jesucristo) soy la puerta; si alguno entra a través de mí se salvará (…)´´ Jn 10, 9.

“Y en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados´´. Hch 4, 12.

“Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios´´. Jn 1, 12.

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Jn 3, 16.

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (…) nadie va al Padre, si no es a través de mí´´. Jn 14, 6.

“En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no viene a juicio sino que de la muerte pasa a la vida.´´ Jn 5, 24-

“En efecto, todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús.´´ Gal 3, 26-

“Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará’’. Mc 16, 15-16.

Duras palabras estas últimas salidas de lo más profundo del misericordioso Corazón de Jesús.

Duras palabras creídas con radicalidad evangélica por la Iglesia, hasta el punto de preferir incontable número de cristianos el martirio antes que negarlas. Imagínense ustedes qué pensarán los santos mártires de estos jerarcas que relativizan la fe de forma tan miserable. ¡Ellos, empezando por San Pedro y casi todos los papas de los tres primeros siglos, se levantarán el Día del Juicio y los acusarán de haber pisoteado la sangre de Jesucristo! Imagínense ustedes qué les dirán ese día terrible a estos mentirosos la pléyade de misioneros que lo dieron todo por la salvación de tantas almas…

No señores, no nos dejemos engañar por quienes buscan adular los oídos del mundo diciéndole aquello que quiere escuchar, aunque le cause la ruina.

No todos son hijos de Dios.

Quien se niegue a aceptar al Hijo de Dios permanece sumido en el pecado de Adán, en las tinieblas de la muerte. Esta verdad de fe, al contrario de lo que deben de creer estos descreídos, no sólo no nos lleva a odiar a los paganos, sino que, muy al contrario, nos impulsa a los cristianos a prodigarles una dilectísima caridad rezando por ellos cada día y llevándoles la Verdad del Evangelio sin adulterar, para salud de sus almas.

Nosotros, queridos hermanos, mantengámonos firmes en la fe transmitida por la Iglesia desde los Apóstoles hasta nuestros días. Ella es el fundamento sólido sobre el que edificar nuestra vida espiritual.

Probemos todo y quedémonos con lo bueno.

Aunque la ruina y la desolación parezcan generalizadas, nosotros sabemos por fe que las puertas del infierno no prevalecerán. Aún queda mucho que no han logrado derribar. ¡Seamos miembros vivos de la Iglesia! Transmitamos la fe íntegra a la siguiente generación. Cada uno en su familia, en su ambiente. El Señor se vale de inútiles como usted o como yo para su magnífica obra. Me gustaría terminar citando el siguiente texto de la Constitución dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II:

“El sagrado Concilio fija su atención en primer lugar en los fieles católicos. Y enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. Él mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negases a entrar o a perseverar en ella.”

Félix Véliz

 

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Felix Veliz

Felix Veliz

Félix Véliz es un pecador que se sabe hijo de Dios, padre de familia graduado en educación secundaria y que ejerce la profesión de camarero.