Asalto a la roca II-Iglesia y liberalismo

ASALTO A LA ROCA II, un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell.

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Iglesia y Liberalismo

El siglo XIX fue testigo de uno de los cambios más radicales que ha experimentado la humanidad desde sus orígenes. 1789 marcó el fin de un mundo y abrió las puertas de otro que altero todo el statu quo social, político, religioso, intelectual y cultural de Occidente, pero, particularmente de Europa. Todo ello afecto a las relaciones entre la Iglesia y el mundo que la rodeaba, hasta el punto, de desapareció esa armonía entre ambos que había caracterizado las centurias precedentes.

Iglesia y Liberalismo-Marchando ReligiónEn este ambiente surgieron voces que propugnaban un acercamiento de la Iglesia al “espíritu del siglo”, que bendijera las conquistas de la Revolución de 1789 y asumiese sus postulados de libertad, igualdad y fraternidad. No menores fueron las voces que desearon ampliar esa conciliación a la misma doctrina de la Iglesia, aplicando los principios críticos del protestantismo liberal a la exegesis, la dogmática, la liturgia y la moral.

Los Papas de este convulso siglo tuvieron que luchar arduamente para mantener incólume el Depósito de la Fe y discernir qué valores y cuáles no podían conciliarse con él, sin perjuicio de la Verdad y la salvación de las almas.

La Iglesia, revolución e infiltración

Los enemigos de la Iglesia pensaron que con la muerte de Pío VI se ponía fin al pontificado, pero se equivocaron. Pío VI tuvo un sucesor, Pío VII que tendría que enfrentarse al “hijo de la Revolución”, Napoleón Bonaparte, en quien convergían lo peor del absolutismo y de la revolución. No lo tuvo fácil la Iglesia bajo el corso, empeñado en controlarla como lo habían hecho los Borbones y los revolucionarios, a pesar de la oposición del Papa que llegó a coronarle emperador, pero también a ser su prisionero.

En 1815 la estrella de Bonaparte se apaga, pero atrás quedan los logros de la revolución y la brecha abierta entre la sociedad y la Iglesia, entre el Estado y la Religión.

En un primer momento, Pío VII buscó el entendimiento con el “nuevo mundo” nacido de la Revolución Francesa, hasta el punto de pensar que no podría haber incompatibilidad entre el ideario revolucionario y la fe cristiana: El régimen democrático no se opone al Evangelio – afirmaba en 1799 –, por el contrario, pide el concurso de éste, pues las virtudes que exige sobrepasan las fuerzas de la naturaleza y requieren las gracias y las luces de la fe.

No obstante las buenas intenciones del Pontífice, los hechos posteriores vinieron a situar al Papa ante la cruda realidad.

Ante el establecimiento, por parte de Napoleón, de la igualdad de cultos, Pío VII no pudo más que condenar tal idea y rechazarla de plano: Bajo la igual protección de todos los cultos se esconde y se disfraza la más peligrosa y astuta persecución que pueda imaginarse contra la Iglesia de Jesucristo y, desgraciadamente, la mejor preparada para confundirla y destruirla, si fuese posible que las fuerzas y las astucias del infierno pudiesen prevalecer contra ella. Pío VII, un papa sencillo y culto, se había percatado a tiempo de los peligros de intentar tender la mano a un mundo hostil que iba a hacer de la libertad de conciencia la principal bandera de batalla contra la Iglesia.

El influjo de la Ilustración se hacía todavía notar en las filas del clero en los primeros compases del siglo XIX.

Así lo manifiesta, por ejemplo, la campaña llevada a cabo en Alemania para la supresión del celibato sacerdotal, en franca alianza con elementos protestantes e iluminados. Así, en 1828 aparece en Baden un Memorial que solicita de la autoridad civil la supresión del celibato sacerdotal, al que responderá el sacerdote Johann Adam Mohler con una defensa del mismo bajo el titulo El celibato sacerdotal, verdadero estudio histórico, dogmático y pastoral sobre la cuestión.

El lastre del galicanismo, jansenismo, josefinismo, febronianismo…, y otras doctrinas heréticas de la Ilustración, siguen pesando todavía, a principios del XIX, en la mente y en el espíritu de muchos eclesiásticos.

Junto a la triste herencia de la Ilustración, van penetrando poco a poco y de modo clandestino, las nuevas ideas entre el clero, en especial, en los Seminarios. Así lo denuncia el Cardenal Bernetti, Secretario de Estado de Gregorio XVI, en torno a 1845:

Nuestro joven clero esta imbuido de doctrina liberales y las ha absorbido por el lado malo. Son sacerdotes, pero aspiran a ser hombres, y es inaudito todo lo que mezclan con la fe católica y de extravagancias bajo ese titulo de hombre que preconizan con burlesco énfasis… La mayoría se deja llevar de sugestiones de las que nacerán evidentemente grandes crisis para la Iglesia.

El asalto y penetración habían ya comenzado, aunque, como hemos visto, este ya tenía sus antecedentes en el siglo XVIII, con la difusión en el seno del clero de las ideas ilustradas.

La segunda batalla: el catolicismo liberal

Los sucesores de Pío VII tuvieron que luchar para intentar recuperar la posición de la Iglesia en la sociedad y mantenerla libre de la infiltración liberal en su seno. De cara al exterior, la lucha fue por mantener la confesionalidad del Estado amenazada por el laicismo que propugnaba la libertad de conciencia, que, a su vez, generaba el indiferentismo religioso. En su seno, se alzaban voces por un pacto, un acuerdo con el nuevo sistema nacido de la Revolución e integrar sus valores dentro de la doctrina cristiana, aunque fuera a costa de los dogmas y la doctrina social.

En esta linea iban las doctrinas surgidas en Francia en torno al L’Avenir, periódico liberal católico fundado por un sacerdote mediocre, pero con ínfulas de reformador, llamado Felicité de Lammenais. De pasado ultramontano, Lammenais se convirtió al liberalismo tras la experiencia de la revolución de julio de 1830, asumiendo como ideal supremo el de la libertad, que le llevó a sostener, en contra de sus anteriores convicciones, la libertad de culto y la separación de la Iglesia y el Estado, junto a una renovación del catolicismo sobre las bases de los ideales revolucionarios.

Ya en su obra Ensayo sobre la indiferencia en materia religiosa (1817-1823) esboza la idea del cristianismo como un momento de la revelación en marcha a través de los tiempos, en el que las demás religiones son un esbozo de un Cristianismo esencial.

El desenlace de este planteamiento es el sincretismo religioso: una religión única, universal, futura, reconciliando todas las culturas y en la historia de la cual la venida de Cristo es sólo un episodio.

Más reveladoras son aún sus obras posteriores, ya en plena desobediencia a Roma: en sus Palabras de un creyente (1834) descalifica la institución pontificia y tacha al Papa de “renegado”; planteaba, igualmente, una fuerte crítica social en la que proclamaba, partiendo del principio de hermandad universal, el reino de Dios en la tierra, situándose en la órbita del socialista Saint – Simon y su obra El nuevo Cristianismo.

En similar línea a Palabras de un creyente se encontraba el periódico L’Avenir, órgano de difusión de las ideas liberal católicas.

En sus páginas se podían leer afirmaciones tan peregrinas como esta: La primera virtud hoy día, no es la fe, sino el amor sincero a la libertad.

El mito del progreso, de la exaltación de la humanidad, de la religión antropocéntrica y del llamado “cristianismo a la búsqueda”, resuenan ya en las páginas de este periódico decimonónico: Las prerrogativas con las que los católicos creen investida sobrenaturalmente a la Iglesia pertenecen naturalmente a la humanidad; ella es la verdadera Iglesia instituida por Dios por el hecho mismo de la Creación y todas sus altas prerrogativas, sus divinos atributos, forman en su conjunto lo que se ha llamado la soberanía del pueblo. A él le pertenecen el mando supremo, la última decisión sobre todas las cosas, el juicio inefable: vox populi, vox Dei, pontificaba L’ Avenir.

La reacción de Roma no tardó en producirse. El papa Gregorio XVI, con quien Lammenais, Lacordaire y Montalambert habían mantenido una insulsa y poco fructífera audiencia, publica en 1832 la Encíclica Mirari vos en la que condenaba las ideas de Lammenais, en la que seria, junto al Syllabus del Beato Pío IX, el gran referente magisterial decimonónico contra la penetración del liberalismo en la Iglesia. Gran humanista, condeno la práctica de la esclavitud vigente en los Estados Unidos y en las colonias de ultramar de España, Gregorio XVI sitúa como origen de todos los males el deseo desordenado de algunos por las novedades y la acción de las sociedades secretas contra la Iglesia, la Religión y el Orden social establecido.

Con gran dureza, condena a aquellos que pretenden, como Lammenais, conformar la doctrina cristiana y la Iglesia con las corrientes del pensamiento del siglo, conduciendo a las almas por caminos tortuosos:

Puesto que, para servirnos las palabras de los Padres de Trento es una verdad que la Iglesia ha sido instruida por Jesucristo y por sus apóstoles y que el Espíritu Santo, por su continua asistencia, jamás deja de enseñarle toda la verdad, es el colmo del absurdo y del ultraje hacia ella pretender una restauración y que una regeneración le sean necesarias para asegurar su existencia y sus progresos como si pudiese creerse que ella también estuviese sujeta, sea al desfallecimiento, sea a la oscuridad, sea a cualquier otra alteración de este género. ¿Y qué quieren estos innovadores temerarios, si no dar nuevos fundamentos a una institución que ya no sería precisamente por esto, más que la obra del hombre… volviendo a la Iglesia, que es divina, humana?

La reacción del grupo de L’ Avenir fue dispar: mientras que Lacordaire y Montalambert se sometieron y lo abandonaron, Lammenais no lo hizo, se mantuvo firme en sus errores y abandono el sacerdocio y la Iglesia. El peligro pareció ser contenido, pero, en realidad, permaneció latente durante todo el siglo XIX adoptando diversas formas y estilos: el social cristianismo, el americanismo y el modernismo serian distintas mascaras de un mismo peligro, que fue afrontado con valentía y decisión por Pío IX, León XIII y san Pío X.

Continuara

Vicente Ramón Escandell, pbro.

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