Sexta aparición en Lourdes

Sexta aparición en Lourdes un artículo de Rosa Jordana

Sexta aparición en Lourdes-Marchando ReligiónEl 21 de febrero era el primer domingo de Cuaresma, ese año. A pesar del viento glacial de la madrugada, una pequeña multitud se acercó a Massabielle para ver, básicamente, a la pequeña vidente. Junto a los habituales, estaban algunos trabajadores que aprovecharon el descanso dominical. Algunos, por prudencia, se habían ya situado en la ribera derecha del Gave, frente a la Gruta. Muchos señalaron, después, el frío de ese día, la larga espera, el peligro del descenso hacia la Gruta en la oscuridad…

Las autoridades no habían tomado medidas porque pensaron que esa “tontería” se desharía por sí misma, como había empezado. Sin embargo, esa madrugada volvió a Lourdes el Jefe de Escuadrón de la Gendarmería, Monsieur Renault, acompañado esta vez del Mariscal Bigué. Venían de Tarbes.

Antes de las seis de la mañana Bernadette y su madre se reunieron con tía Basile, hermana de Louise, como ustedes ya saben. Habían acordado ir muy temprano para evitar curiosos.

 

¡Bernadette llevaba su “capulet” blanco! El ambiente era muy frío y su madre quería evitar esos ataques de asma que, por cierto, hacía diez días que no se producían. Cuando llegaron a la Gruta ya había mucha gente. La niña no les prestó ninguna atención. Se puso en el lugar de siempre, frente a la Gruta, se arrodilló, hizo la Señal de la Cruz y empezó a rezar el Rosario.

De pronto en éxtasis y el discurrir de las distintas expresiones en su cara. “Aqueró” no dijo nada ese día, tampoco. Pero Bernadette estaba bien a su lado. Rezaba lentamente. Una leve sonrisa, de vez en cuando y nada más. Los que rezaron a su lado se sintieron transportados por el fervor de la niña. Notaron que la Aparición había acabado cuando Bernadette recuperó el color. Y se marchó, rodeada de su madre y su tía, sin poner atención a los presentes y, muchísimo menos, a la ovación espontánea que surgió de la gente. Había unas cien personas. Ignorando a todos y a todo, Bernadette regresó a la Rue Petits Fossés, al Cachot, junto a los suyos.

¿Adivinan ustedes quién quiso presenciar la escena? ¡El mismo Doctor Douzous!

Como autoridad médica y en calidad de representante de la ciencia -por sus charlas en el Cafè Français sabemos que seguía con interés las investigaciones que en el campo de la Neurología llevaba a cabo el Dr. Charcot en el Hospital de “La Salpêtrière” de París-, quería observar el éxtasis de Bernadette para poder diagnosticar el estado patológico de la pequeña Soubirous. Pero tendremos que esperar puesto que ese día no llegó a ninguna conclusión… Resulta que aquello no encajaba en nada que él pudiera calificar. De momento, claro. Un buen investigador no se da por vencido, así como así.

Pero volvamos a pie de calle, en Lourdes. El alcalde Lacadé, alarmado por la visita del Jefe de la Gendarmeria, Renault, y del Mariscal Vigué, quiso reunir al fiscal imperial Dutour y al Comisario Jacomet. Había que empezar a intervenir antes de que todo aquello se les fuera de las manos. Básicamente, temían que los acontecimientos de Massabielle fueran aprovechados por los contrarios al Emperador para enfrentarse a sus partidarios; pero “oficialmente” dijeron preocuparse por si las condiciones del lugar -la cercanía del río, el deslizamiento de piedras, etc.- pudieran provocar algún accidente entre los que se congregaban allí. Monsieur Lacadé instó al Comisario Jacomet a, sin ofender las susceptibilidades populares, prohibir a la pequeña volver a la Gruta, lo más pronto posible.

Definitivamente, ese día se vivió mucha agitación en la Maison Cénac de Lourdes. Esa casa existe aún hoy en día. Está en la Rue Saint Pierre, frente a la place Peyramale. Esta plaza es un párquing cubierto y tiene el monumento a los caídos por Francia. En la época de las apariciones allí estaba la iglesia parroquial de San Pedro.

Si han ido o van a ir a Lourdes, pueden ustedes conocer la Maison Cénac porque en la planta baja hay, hoy en día, una farmacia -Pharmacie du Progrès-. Verán que es una casa de dos plantas, con una gran entrada cochera a la derecha que en esos días daba acceso a un patio interior. En la plata baja había una vivienda que ocupaban el Comisario Jacomet y su esposa y, justo al lado, tenía éste un pequeño despacho. En el primer piso vivían Jean-Baptiste Estrade y su hermana Emmanuelite. Y en el segundo piso vivían el Abbè Pène -uno de los vicarios de la parroquia de Lourdes- con su hermana Jaquette. Pues bien, ese día ocurrieron muchas e importantes cosas en esa casa.

La mañana de ese domingo, en la maison Cénac, Jaquette Pène y Emmanuelite Estrade, de cotilleo en la ventana del piso de la primera, vieron pasar a Bernadette.

Rápidamente, Jaquette avisó a su hermano, el Abbé Pène, para decirle si quería ver a la vidente. Como asintió, corrió a buscarla y la niña, de muy poca buena gana, accedió a subir. Tuvo que explicar lo que pasaba: desde la primera aparición hasta la de aquella misma madrugada. A Bernadette le empezaba a pesar el tener que explicar tantas veces lo mismo. Desde ese día el abbé Pène emprendió la costumbre de interrogarla casi cada día. De todas formas, el que mandaba en Lourdes en cuestiones espirituales era el rector de la iglesia parroquial, el padre Peyramale. Y éste estaba muy lejos de prestar atención a una niña imaginativa. Sin embargo, el interés del abbé Pène no fue en vano y su encuesta fue también valiosa.

Y esa tarde, a la salida de Vísperas, las niñas de la escuela de indigentes fueron abordadas por el guardia Callet y el comisario Jacomet. Buscaban a Bernadette y las niñas la señalaron, al tiempo que la advirtieron: “Te van a meter en prisión”. La respuesta: “No tengo miedo. Si ellos me meten, ellos me sacarán”.

El Comisario cogió del brazo a Bernadette y le obligó a seguirle. No había comisaria en Lourdes, así que la llevó a su casa. Allí, en un espacio reducido, tenía su despacho.

La gente que había visto la escena se aglomeró en la puerta y Monsieur Jacomet ordenó al guardia Callet que protegiera la casa. Las niñas difundieron la noticia por Lourdes “Han arrestado a Bernadette”. Empezó a llegar más gente. Tantos, que el guardia Callet no podía detenerlos. Entraron en el patio interior, llenaron la acera y parte de la calle. El guarida Callet se interpuso entre ellos y la puerta de entrada. Pronto empezó a tener dificultades para contenerles y, en vista de ello, Jacomet se puso su gorro de la Gendarmería Imperial, para oficializar la situación, y salió a la calle para insistir a la gente que desalojaran el lugar. Fue en vano.

Enmmanuelitte Estrade, que vivía con intensidad los hechos, desde su vivienda en el primer piso, insistía machaconamente a su hermano para que, como persona importante de Lourdes que era, obtuviera permiso del comisario para asistir al interrogatorio.

Al fin y al cabo, eran vecinos y amigos. Le convenció. Y sí, el Comisario, quizás pensando en la bondad de tener testigos, permitió entrar a su despacho a Jean-Baptiste Estrade. En este mismo momento, la vida de Monsieur Estrade cambió. Él no lo supo aún. Mas tarde describió ese momento así:

La niña que tenía ante mí, y que veía por primera vez, parecía no tener más de diez o doce años, en realidad tenía catorce. Su figura era fresca y proporcionada; su mirada era dulce y de una gran simplicidad, el timbre de su voz era, quizás, un poco fuerte pero simpático. No me apercibí de su asma. En una actitud muy natural, tenía las manos cruzadas sobre sus rodillas, y la cabeza ligeramente inclinada sobre su pecho. Llevaba la cabeza cubierta con un “capulet” blanco y su ropa era pobre, pero estaba limpia y cuidada. Una mesa, puesta sobre un pupitre, la separaba del comisario.

Ese fue el primer día que el recaudador de contribuciones Jean-Baptiste Estrade -hombre ilustrado, colaborador de “Le Lavedan” en su faceta más intelectual, no religioso, que tomaba a burla públicamente los hechos que estamos tratando…-, entró en contacto con Bernadette, como él mismo explica. Días venideros, asistiría a una Aparición y… al cabo de un tiempo dejó su profesión y dedicó su vida a escribir sobre Lourdes y a difundir los hechos que él vivió de primera mano.

Pero… aún tenían que ocurrir muchas cosas en Lourdes.

Por de pronto, el comisario Jacomet interrogaría a Bernadette. Si la quieren conocer bien, hay que leer ese interrogatorio. Confieso que las palabras de la niña dicen más de ella que todas las descripciones que se puedan hacer. Lo conocemos de forma exacta porque Monsieur Jacomet tomó acta de todo, como es natural.

Así que el próximo artículo no será el relato de una aparición. Reproduciré el interrogatorio en su versión más fidedigna, extraída del acta del Comisario y con los comentarios que nos han llegado a través del propio Estrade, testigo ocular, y hasta de un relato que llegó a hacer el propio guardia Callet.

Leyéndolo uno piensa en aquellas palabras del Señor: “Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo vais a hablar o qué vais a decir. Lo que tengáis que decir se os dará a conocer en ese mismo momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre que estará en vosotros”. (Mateo 10, 19-20).

Seguiremos en Lourdes, a 21 de febrero de 1858.

Rosa Jordana

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Rosa Jordana

Rosa Jordana

Rosa Jordana: Licenciada en Ciencias de la Educación. He trabajado con niños y para niños. Mi pasión es Lourdes, donde peregriné por primera vez con diez años y no he dejado de hacerlo. Mi ilusión es que peregrinemos allí, Vds. y yo juntos cuando nos encontremos en estas líneas. Nos espera la Santísima Virgen