Séptima aparición en Lourdes

Apariciones en Lourdes: séptima.

Séptima Aparición en Lourdes, un artículo de Rosa Jordana

El lunes, 22 de febrero, Bernadette se despertó contrariada. No había dormido bien porque la víspera había recibido serias advertencias de su padre. Le atormentaba que éste hubiera cedido tan fácilmente. Lo primero que hizo al levantarse es volverle a pedir permiso para ir a la Gruta. La respuesta fue que, si esos señores lo decían, ella debía obedecer. Y ella replicó “Voy a desobedecer, si no a ellos, será a la Señora”. Estaba abandonando el “Aqueró” progresivamente y, desde entonces, será “la Dame” hasta que supo el nombre y quedó confirmado que se trataba de la Santísima Virgen.

Antes de ir a la escuela, Bernadette seguía insistiendo en ir.

Apariciones en Lourdes: séptimaLos Soubirous mantenían cerrada la puerta del Cachot. Varios vecinos habían discutido la decisión de François y pensaban que la niña tenía derecho a volver a la Gruta. Pero a Bernadette no le servía de nada. Seguía implorando y ante eso, su mamá le dijo “Ya veremos al mediodía”, para conseguir que fuera a la escuela sin más lamentos. A las once volvió a casa para comer y sus padres tampoco dieron su brazo a torcer. A primera hora de la tarde, su madre decidió acompañarla a la escuela para evitar que la niña desobedeciera, pero más allá del puente de “Arrious” -sobre el riachuelo Lapaca-, viendo la docilidad de Bernadette y la cercanía del destino, decidió dejarla ir sola.

Bernadette subía ya la cuesta de “Enjoan”, que llevaba al Hospicio, cuando la idea de que se la estaba esperando en la Gruta se hizo más y más fuerte.

Intentó obedecer a sus padres, pero… ¡no! La Señora podría esperarla. Se detuvo bruscamente poco antes de acabar la subida. Si ustedes visitan el Hospicio, hoy convertido en el Hospital de Lourdes, pasarán por esa misma cuesta. Allí se conservan algunos objetos que pertenecieron a la santa: fotos, cartas, cuadernos y hasta un mechón de su pelo.

Pero volvamos a ese día. Dio la vuelta y bajó por su antiguo barrio, repleto de molinos, pasó por delante del “Moulin de Boly” y salió a lo que hoy es el Quai Saint Jean. En esa época el río Gave no estaba canalizado y ese camino discurría por su orilla derecha hasta llegar a una cuesta que subía hasta la Rue du Baous -actual Rue de la Grotte-. Entró en ésta precisamente donde hoy en día está el convento de las Clarisas, enfrente del Museo de Cera. De allí siguió por el camino de siempre, hasta la Gruta.

Pero antes de llegar, como todos ustedes se pueden imaginar, Bernadette fue vista por mucha gente y más en pleno día.

La noticia se extendió como la pólvora por el bajo Lourdes. Las lavanderas que había encontrado en la orilla del Gave, la siguieron y se juntaron a ellas las mujeres que paseaban después de comer… Precisamente ese día pasaban por allí Julie Pimorin, Emmanuelite Estrade, Joséphine et Eléonore Peyrard, Madame Lannes, Madame Rivière, y Hélène Pailhasson -la hermana del farmacéutico- cuando se encontraron a Bernadette cara a cara. La siguieron. Alguien había avisado a Bernarde, la tía de la niña, que corrió junto a Lucile, su otra tía, en busca de su sobrina para llevarle el cirio.

Pero no eran los únicos en seguir a Bernadette. El Comisario Jacomet, a pesar de estar convencido de haber hecho un buen trabajo, pensó que los paisanos de Lourdes eran muy suyos y decidió enviar dos agentes a vigilar las idas y venidas de la niña. Estos la habían seguido de lejos. pero, a partir de la Rue du Baous, se pusieron uno a cada lado de ella. Bernadette andaba tranquila, serena, modesta e imperturbable, a pesar de ellos.

Llegaron a la Gruta donde ya había gente. Algunos esperaban desde la madrugada.

Bernadette se arrodilló, sin prestar atención a nadie. Se diría que estaba sola. De pronto sintió una inquietud y pensó que necesitaba el cirio. Por suerte, en ese momento llegaron sus tías y la gente hizo sitio para que pasaran. Todos se arrodillaron para rezar con ella. Los gendarmes eran los únicos que estaban de pie. Había unas cincuenta personas.

Bernadette rezaba, pero no pasaba nada. Y empezó a intranquilizarse: “Sentía una llamada… ¿me equivoqué? ¿No debí desobedecer a mis padres? ¿La volveré a ver? Ella me dijo que viniera quince días…”.

En ese momento llegó el Sargento de Caballería D’Angla. Se hizo paso y se situó, altivo, detrás de Bernadette.

Empezó a hablarle con sorna: “¿Ves algo?”. La niña no contestaba. El siguió, envalentonado por la presencia de dos gendarmes: “Tú ves lo mismo que yo” “Parece mentira que en pleno siglo XIX todavía se siga con estas supersticiones”. Tía Bernarde se le encaró, reprochándole esas demostraciones de fuerza en contra de una niña pequeña. Y el sargento se fue.

La gente se arremolinó en torno a Bernadette que estaba desolada, al borde de las lágrimas. “¿Qué has visto?” decían unos y otros. “No la he visto y no sé por qué. No sé en qué he fallado”, dijo la niña antes de romper a llorar. Su tía Bernarde la cogió, la envolvió en sus brazos e iniciaron el camino de vuelta a casa, pero Bernadette quiso ir a ver al Abbé Pomian, en la iglesia. Tenía necesidad de saber si había actuado bien. El capellán del Hospicio le dijo que nadie le podía impedir ir a la Gruta pues era un terreno comunal, de todos.

Y ella volvió a su casa, con la cabeza baja.

Al entrar en el Cachot, Bernadette daba pena. Su aflicción no tenía límites. No dejaba de llorar y su figura, ya pequeña, parecía haber menguado aún más. Estaba sumida en la tristeza. Sus padres, emocionados por su estado de decepción y por las peripecias por las que había pasado su hija ese día, comprendieron que tenía que ser una fuerza superior la que la empujaba a ir a la Gruta, de lo contrario jamás les habría desobedecido. Tía Bernarde les había reprochado su actitud -lo cual les influyó también- y en Lourdes había mucha gente que apoyaba a Bernadette y que opinaba que no era ningún delito ir a la Gruta. Así que François y Louise levantaron la prohibición.

La gente hablaba de todo esto y había opiniones para todos los gustos.

Los que defendían a Bernadette, se mostraban muy críticos con el Comisario Jacomet y con el Sargento D’Angla. No había proporcionalidad entre su actitud y la nula amenaza que, a su parecer, suponía la niña. También los había que se burlaban de ella y hacían bromas con lo que ella veía. Ese día el comentario general entre éstos era que habían bastado dos agentes y un sargento para ahuyentar a la visitante. Y entre los que dudaban… hubo muchos que se decantaron a favor de la niña ese día, puesto que, si Bernadette mentía, hubiera podido decir que la había visto, decían.

Entre las autoridades había preocupación. El Sargento de Caballería d’Angla, corrió a informar al alcalde, Monsieur Lacadé: “Las alas de mi sobrero hicieron volar a la aparición”. Pero a este no le hizo ninguna gracia. Por más que él y el Comisario Jacomet buscaban y buscaban, no encontraban ningún delito del que acusar a la niña, ni ninguna ley que le impidiera ir a la Gruta y, por otra parte, confirmaron que la presencia de los gendarmes siguiendo a Bernadette no había gustado a la gente. Así que, temiendo alguna insurrección y esforzándose en mantener la tranquilidad, se optó por persistir vigilantes y a la expectativa, pero no seguir presionando a la niña, de momento.

El martes 23 de febrero todas las vías estaban despejadas. Bernadette podía volver a la Gruta.

Al amanecer ya había allí unas ciento cincuenta personas. Bernadette asistió a la Santa Misa y después se dirigió a Massabielle, acompañada de su tía. La recibió un clamor “Aquí está”. Bernadette ocupó su lugar habitual sobre una piedra plana. Había dos cirios encendidos al fondo de la Gruta. En medio de las boinas y los pañuelos de la gente sencilla se distinguían, por primera vez, sobreros lujosos.

Ese día estaban allí el Dr. Duzous y el recaudador de contribuciones Jean-Baptiste Estrade -éste venía por primera vez-. Estaban también presentes, el abogado Dufo, el Capitán de la Guarnición que tenía su sede en el Castillo de Lourdes y Monsieur de La Fitte, hijo del Intendente Militar. También estaban allí dos canteros que se habían autoerigido en guardianes de la Gruta -a fin de evitar accidentes, habían limpiado el interior de ramas y otros restos que arrastraba el río, dejando el montón de arena y piedras que llegaba hasta la bóveda-.

Bernadette estaba arrodillada, rezando y ausente de todo cuanto había a su alrededor.

De pronto vio la luz y supo que “la Dame” venía. Sus ojos se iluminaron y una elegancia infinita emanaba de su persona. Tuvo un primer sobresalto de admiración y entró en éxtasis. Primero su amplio y lento Señal de la Cruz. Espontáneamente los hombres se quitaron sus sombreros y un gran respeto se adueñó de todos los presentes, que se arrodillaron. Todos coincidieron en destacar la impresión que les causó el absoluto silencio que se hizo en ese momento y la sensación de que la niña hablaba con alguien.

La aparición duró más o menos una hora.

Bernadette reflejaba felicidad, hablaba -sin que se pudiera oír lo que decía-, escuchaba y también lloraba. De pronto, la niña se empezó a desplazar de rodillas por el interior de la Gruta, subía hacia la hornacina -lo cual era factible entonces debido a la gran cantidad de arena y rocas que había en el interior de la Gruta-. Según describió Elfrida Lacampre “Se desplazaba, ágilmente, sobre esa pendiente dura, llena de ásperas piedras; nada parecía obstaculizar su paso, andaba sobre sus rodillas como si hubiera andado sobre sus pies”.

Algunos testigos que lo vieron desde las posiciones más alejadas dijeron que flotaba, como llevada por ángeles, pero, a pesar de que les pudiera dar esa impresión, no fue así. Luego volvió a su sitio habitual. Se prosternó y besó el suelo. Su rostro recuperó el color, hizo una nueva reverencia, apagó el cirio y guardó el Rosario en su bolsillo. Hizo como una mueca de tristeza.

No reveló a nadie lo que le había dicho “la Dame” ese día y confesó que ésta estaba triste. No sabemos qué le dijo, pero ese besar el suelo se interpreta como el primero de varios gestos penitenciales que tendrán lugar en las próximas apariciones.

Bernadette se puso de pie. La gente se agolpaba en torno a ella y la tocaba. Ella respondía con una amable cortesía, pero estaba asustada. Todos querían tocarla y estiraban de su “capulet”. Se apretó a su tía, está la arrastró y se apresuraron a salir de ahí.

Esa tarde, en el Café Français, Estrade confesó a Dozous que su primera visita a la Gruta había cambiado su opinión y que nunca más se burlaría de las apariciones. Para su sorpresa, Dozous, con un signo de aprobación, le hizo saber, confidencialmente – y lo remarcó-, que se sentía turbado por el discurrir de los acontecimientos. Sus doctas posturas, tan ilustradas y fruto del raciocinio propio del llamado “siglo de las luces”, empezaban a flaquear. Si bien era pronto para pronunciarse públicamente.

Pero Estrade hizo más y esa noche visitó a l’abbé Pène, su vecino en la Maison Cénac.

Allí no tenía que mantener el tipo, como con el Doctor Dozous: “Mi querido abbé, jamás he visto nada parecido. Hay que verlo para creerlo. Se dice que Bernadette hace comedia, pero no… ella ve algo sobrenatural. La transformación de su figura es suficiente para probarlo, ese sólo hecho, sobrepasa las posibilidades humanas”. El abbé Pène, lamento vivamente la prohibición que el padre Peyramale había impuesto a todos los sacerdotes de Lourdes: no debían ir a la Gruta. Que nadie pudiera decir que estaban alentando esos sucesos.

Y ¿qué fue de Bernadette ese día?

Pues estaba radiante. ¡La Señora no estaba enfadada! Por la tarde, al salir de la escuela, Madame Dupin -de soltera Anne Dupas- invitó a la niña a entrar en su casa. Su marido le dijo “Ten cuidado, pequeña, haces correr a mucha gente”, a lo que Bernadette respondió serena “Yo no los busco”. Anne, impactada por la evidente desnutrición de la niña, le quiso dar una manzana. Bernadette la rehusó, como si quemara. Nunca quiso, aceptar nada, de nadie.

Sólo tenía a “la Dame” y estaba feliz de haberla rencontrado. A partir del día siguiente empezaría a saber qué quería.

Rosa Jordana

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Rosa Jordana

Rosa Jordana

Rosa Jordana: Licenciada en Ciencias de la Educación. He trabajado con niños y para niños. Mi pasión es Lourdes, donde peregriné por primera vez con diez años y no he dejado de hacerlo. Mi ilusión es que peregrinemos allí, Vds. y yo juntos cuando nos encontremos en estas líneas. Nos espera la Santísima Virgen