Primer interrogatorio a Bernadette

Primer interrogatorio a Bernadette, un artículo de Rosa Jordana

Jean-Paul Lefebvre-Filleau es un oficial mayor de la Gendarmeria francesa y es autor del libro “L’affaire Bernadette Soubirous. 1858”. En él afirma que el dosier policial y judicial de este caso fue escondido muy pronto.

Menos de diez años después de estos acontecimientos el primer hagiógrafo de la santa, Henri Lasserre, encontró muchas dificultades para consultar estos archivos. A su demanda, la Prefectura del departamento de los “Hautes Pyrénées” -donde está Lourdes-, contestó que los dosieres del caso habían desaparecido. La oficina del Fiscal General de Pau, no le permitió el acceso alegando que no era consultable a terceros. Y el Ministerio de la Instrucción y de Cultos le negó cualquier información con el mismo argumento de la Fiscalía. ¿A qué tenían miedo?

Según J-P. Lefebvre-Filleau, sencillamente temían que se descubriera que los funcionarios encargados de poner luz sobre estos “événements extraordinaires” -como se calificó a las apariciones- no habían instruido con el rigor y la objetividad que todo encuesta de cierta importancia requiere.

Primer interrogatorio a Bernadette-Marchando ReligiónDesde el principio, sus investigaciones no tuvieron otro propósito que el de demostrar la impostura de la pequeña. Aferrándose a sus certezas, se encarnizaron con Bernadette. Pero con simplicidad y con una fortaleza de carácter fuera de lo común, esta niña hizo frente a policías y jueces.

Pero no todo se “extravió”, gracias a Dios. Y a parte de lo que pudo recoger H. Lasserre, quedaron los escritos de testigos oculares de los hechos como el Dr. Duzous, Jean-Baptiste Estrade y algunos gendarmes (el guardia Callet, por ejemplo, escribió su testimonio). Y luego está el gran trabajo del P. Cros (1901) y el más reciente de P. René Laurentin, Pierre Pène o el del propio Lefebvre-Filleau que, en este aspecto, y por su condición de policía, es valiosísimo.

En este artículo, me limito a reproducir lo que nos ha llegado de las notas del Comisario Jacomet, junto a comentarios que he encontrado en obras de los autores que acabo de citar y que proceden de la misma Bernadette. Les confieso que este relato me hizo conocerla mejor. Nunca hasta ahora la habíamos oído hablar tan largamente. Emociona.

Así pues, reproduzco el interrogatorio, tal cual fue -hablaron en bigourdan-:

Comisario Jacomet: – Bueno, te debes preguntar para qué te he hecho venir. He oído hablar de todas esas bellas cosas que ves en Massabielle y tengo ganas de saber más. ¿Me lo puedes contar?

Bernadette Soubirous: – Si, señor.

C. J.: – Te llamas Bernadette, creo…

B. S.: – Si.

C. J.: – Bernadette ¿qué más?

B. S.: – Bernadette Soubirous, señor.

C. J.: – ¿Cómo se llama tu padre?

B. S.: – François, señor.

C. J.: – ¿Qué más?

B. S.: – Soubirous, señor.

C. J.: – ¿Y tu madre?

B. S.: – Louise, señor.

C. J.: – Louise, ¿qué más?

B. S.: – Soubirous…

C. J.: – El nombre de soltera, quiero.

B. S.: – …

C. J.: – ¿No lo sabes?

B. S.: – … Casterot, señor.

Bernadette había dudado entre Casterot o Boly…

C. J.: – ¿Qué edad tienes?

B. S.: – Trece o catorce años. No lo sé…

C. J.: – ¿Qué haces en tu casa?

B. S.: – No gran cosa, señor. Desde que he vuelto de Bartrès, voy a la escuela para aprender el catecismo; después de la escuela cuido a mis hermanos, que son más pequeños que yo.

C. J.: – ¿Sabes leer y escribir?

B. S.: – No y yo no he hecho la Comunión.

C. J.: – ¿Entonces tú has vivido en Bartrès? ¿Qué hacías allí?

B. S.: – Pasé unos meses en casa de mi nodriza, que me hacía guardar un rebaño de ovejas y corderos.

C. J.: – Bueno, ahora vas a explicarme las cosas que tú has visto, empezando por el primer día. ¿Cuándo fue?

B. S.: – Fue el día del último mercado de Tarbes.

C. J.: – ¡Ah, sí! Fue el jueves, once de febrero. ¿Qué pasó?

B. S.: – Jeanne Baloume vino a buscarme para ir a recoger leña.

C. J.: – ¡Bueno! ¿Y qué pasó?

B. S.: – Antes de atravesar el canal que viene del molino Savy para llegar al otro lado, oí un ruido muy fuerte en la zarza que hay en la Gruta. Miré y vi una cosa blanca que perecía una bella señorita.

C. J.: – Has dicho que era bella. ¿Bella, como quién?

B. S.: – Más bella que todas las que he visto hasta ahora.

C. J.: Seguro que no tan bella como la señora Palhaisson o la señorita Dufo…

B. S.: – ¡Oh no! ¡Ellas no se le pueden comparar! Yo la miré bien, me arrodillé y me puse a rezar.

C. J.: ¿La veías aún?

B. S.: – Si. “Aqueró” me sonrió un instante y desapareció en la roca. Mis compañeras llegaron en ese momento.

C. J.: – ¿Y ellas la vieron?

B. S.: – Se lo pregunté y ellas me dijeron que no.

C. J.: – Así que ves a la Virgen…

B. S.: – ¡Yo no he dicho que sea la Virgen!

C. J.: – ¡Ah! Vaya… ¡tú no has visto nada!

B. S.: – ¡Si que he visto!

C. J.: – ¿Y qué has visto?

B. S.: – Una cosa blanca.

C. J.: – ¿Es una cosa o es alguien?

B. S.: – Aqueró es una niña.

C. J.: – Y “aqueró” no te ha dicho “Soy la Virgen”?

B. S.: – Eso no me lo ha dicho.

C. J.: – Y esa dama, esa joven… ¿va vestida?

B. S.: – Lleva un vestido blanco, ceñido con un lazo azul, un velo blanco en la cabeza y una rosa amarilla en cada pie… y lleva un Rosario.

C. J.: – ¿Tiene pies?

B. S.: – El vestido y las rosas se los tapan, menos los dedos.

C. J.: – ¿Tiene pelo?

B. S.: – Se le ve un poco, por aquí -señaló las sienes, con ambas manos-.

C. J. – ¿Y sabes quién es?

B. S.: – No, señor.

C. J.: ¿Qué edad tiene?

B. S.: – No lo sé.

C. J.: – ¿Y cómo se te apareció?

Y vuelta a empezar… Bernadette respondió con calma a todas las preguntas y fue explicando las sucesivas apariciones, la piedra de Baloume, el episodio del agua bendita, las idas con madame Milhet…

C. J.: – ¡Ah sí! Tengo entendido que vives en su casa. Es la más rica parroquiana de Lourdes. No me dirás que es por casualidad que vives con ella: estás allí como una princesa, te hace regalos… ¡Sé que ella te da dinero!

B. S.: – ¡Eso no es cierto! ¡Y ya no vivo con ella!

C. J.: – ¿Por qué?

B. S.: – Mi tía no quería que estuviera allí.

C. J.: – ¿Y no te ha dado dinero?

B. S.: – ¡No, señor! ¡No me ha dado dinero!

C. J.: – ¿Y qué dicen tus padres?

B. S.: – Ellos no querían que fuera a la Gruta. Decían que era un sueño.

C. J.: – ¿Y las monjas? ¿Lo has hablado con ellas? ¿Qué dicen ellas?

B. S.: – La superiora y la que nos da la clase de costura dicen que no haga caso, que lo he soñado.

C. J.: – Bueno, hija… si lo has soñado…

B. S.: – ¡Noo! ¡Yo estoy despierta!

C. J.: – ¡Me tomas el pelo! ¿Crees que soy idiota?

Entonces el Comisario Jacomet le dijo que iba a tomar nota de todo y, cuando acabó, le releyó todo el interrogatorio a su modo, para ver si se contradecía. Y Bernadette se levantó.

B. S.: – ¡Señor, usted me lo ha cambiado todo!

Y Bernadette rectificó, uno a uno, cada detalle: ella no había dicho que fuera la Virgen, no había dicho que tuviera veinte años, no había dicho que era más guapa que madame Palhaisson, no había dicho que el pelo le caía hacia atrás… Pero el Comisario subió el tono y empezó a insultarla para intimidarla.

C. J.: – ¡Imbécil! ¡Mentirosa! ¡Haces correr a todo el mundo detrás de ti!

B. S.: – Yo no he dicho a nadie que vaya.

C. J.: – ¡Oh, si! ¡Tú estás muy contenta de hacerte notar y de que te busquen!

B. S.: – ¡No! ¡Yo estoy fatigada!

C. J.: – Mira, niña, tú te has metido en un mal asunto. Vamos a arreglarlo entre tú y yo. Tú no vuelves a la Gruta y yo no sigo con esto y no te meto en la cárcel…

B.S.: – Lo que he visto, lo he visto y he prometido a Aqueró que volvería.

Los gritos se oían desde la calle cuando llegó François a la Maison Cénac. La gente le jaleaba: “¡Entra! ¡Tienes derecho!”.

El padre de Bernadette estaba asustado. Recordaba esa casa. De allí había salido para pasar una semana en la cárcel, por una falsa acusación. Todos sus miedos se dispararon y en su mente había una sola idea: ¡Bernadette no podía ir a la cárcel! François se acercó al guardia Callet y éste entró a informar al Comisario, quién le hizo entrar. Bernadette observó a su papá. Le vio asustado. Vio cómo se descubría la cabeza: se sacó su boina azul y la manoseaba nervioso entre sus manos. “Soy el padre de la niña”, dijo.

C. J.: – ¡Ah! Muy bien. Precisamente le iba a hacer llamar. Esta comedia se tiene que acabar. Ella se hace la interesante y se dedica a hacer tonterías, haciendo perder la cabeza a los imbéciles. Es un verdadero peligro para la paz de la villa. Esto va a acabar mal. Le aviso: o impide usted que vuelva a Massabielle o me ocuparé yo personalmente de que sea así. Ustedes la empujan a ir allá abajo. No, no, no finja. Ella me lo ha dicho”.

Bernadette protestó vivamente. Su papá estaba aturdido. Rememoró sus días en la cárcel, el dolor de los suyos, la vergüenza… El Comisario hizo callar a Bernadette. Y François pudo empezar a hablar: “Señor Comisario, déjeme hablar francamente. Nosotros lo hemos hecho todo para impedir que ella vaya. No dudamos de que dice la verdad, pero ella quizás se equivoca. Estamos fatigados de toda esa gente que viene a preguntarnos. Si usted lo ordena, cerraré mi puerta a todos ellos y Bernadette no volverá a la Gruta”.

Jacomet les dejó ir. Estaba orgulloso de sí mismo. ¡Lo había logrado!

Estrade le preguntó qué le había parecido y el comisario contestó “No la creo. Sus respuestas son demasiado simples”. Estrade dijo: “Yo creo que seduce, pero es una pobre víctima de alucinaciones”. El guardia Callet y madame Jacomet -los otros testigos-, no habían podido oír más que fragmentos. El diagnóstico del Comisario iba dirigido a su propio ego y la declaración del recaudador de contribuciones ya indica que, a pesar de las barreras que le imponían sus convicciones, la niña le había conmovido.

El comisario Jacomet abrió una carpeta verde sobre la cual escribió, con una cuidada caligrafía “Affaire: Bernadette Soubirous”. Para su archivo. El asunto acababa de empezar, si bien él creyó que lo había cerrado.

De este interrogatorio sorprenden muchas cosas. Las preguntas eran muy seguidas, directas, incluso perversas. Y Bernadette respondía con claridad, de forma concisa, sin extenderse más allá del contenido de la pregunta, sin emoción… pero siempre con aplomo.

Sobre todo, cuando tuvo que abordar lo esencial, no dudó en ningún instante; como sí lo hizo cuando le preguntó sobre fechas o nombres de familiares. De vez en cuando, el comisario fingía contradecirse, pero la niña seguía sin la menor confusión, de forma incontestable. Lo que veía era real, se trataba de una persona viva, que hablaba y sonreía como nosotros. Pero Bernadette evitaba y rechazaba cualquier palabra precisa para definirla. Se refería siempre a “Aqueró”. Jacomet a duras penas llegaba a entender aquella abstracción.

He resumido, por limitaciones de espacio, este interrogatorio. Sin embargo, está lo esencial. Bernadette salió de la Maison Cénac llorando por su papá. No podía entender que hubiera cedido tan pronto.

Volvieron al Cachot. Acababa un día intenso. Vendrían más y más duros interrogatorios. Pero también vendrían más días para hablar con Aqueró.

Rosa Jordana

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Rosa Jordana

Rosa Jordana

Rosa Jordana: Licenciada en Ciencias de la Educación. He trabajado con niños y para niños. Mi pasión es Lourdes, donde peregriné por primera vez con diez años y no he dejado de hacerlo. Mi ilusión es que peregrinemos allí, Vds. y yo juntos cuando nos encontremos en estas líneas. Nos espera la Santísima Virgen