Mysterium Fidei la doctrina Eucarística

Mysterium Fidei la doctrina Eucarística (1)

La Doctrina Eucarística en el Concilio de Trento

Mysterium Fidei-Marchando ReligiónResulta paradójico, tal y como apunta un autor, que el Sacramento de la Eucaristía, llamado a ser signo de unidad entre los cristianos, haya sido el que más divisiones a causado a lo largo de la historia de la Iglesia. Las luchas en torno a él se remontan a los primeros tiempos del cristianismo y llegaron a su punto álgido en la Edad Moderna, con motivo de la Reforma Protestante y la reacción católica a las doctrinas de los heresiarcas reformados. El eco de esas luchas llega incluso a nuestros días, en los cuales en torno al tema de la comunión de los divorciados vueltos a casar y las relaciones ecuménicas con los luteranos, la cuestión eucarística ha vuelto a primera plana del devenir católico.

El Concilio de Trento, celebrado cuando la ruptura luterana estaba ya consumada, vino a clarificar la doctrina eucarística de la Iglesia Católica, que, en algunos aspectos, estaba por aquel entonces poco clara, de lo cual se valieron los reformados para exponer sus tesis sobre la presencia real y la Santa Misa.

Aclarar y confirmar la fe tradicional sobre estos aspectos fundamentales de la fe católica fue la labor del Concilio de Trento, una tarea que no puede ser ignorada y menospreciada a favor de una mayor flexibilidad pastoral o un malentendido dialogo ecuménico. Como todo Concilio, Trento fue un regalo del Espíritu Santo para la Iglesia en un momento en el que, como en tiempos de Nicea, parecía que la herejía acabaría terminando por dominarla y que la Verdad quedaría postrada ante el empuje de los poderes de este mundo.

Las herejías eucarísticas en los primeros siglos del cristianismo y en la Edad Media

Disputaban los judíos entre sí: << ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?>>. Entonces Jesús les dijo: <<En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitare en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él>> (…) Muchos de sus discípulos, al oírlo dijeron: <<Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?>> (…) Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él (Jn 6, 48-56.60.66)

El discurso del <<Pan de vida>> de San Juan pone ya de manifiesto aquello mismo que hemos señalado al inicio de este artículo: la Eucaristía como fuente de división.

Unos abandonaron a Jesús, y otros permanecieron con Él, seguramente por fidelidad, aunque no hubiesen alcanzado aún un conocimiento perfecto del sentido de sus palabras. Sin embargo, está claro que para los primeros cristianos la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía era algo incuestionable, aunque no supieran como expresarlo adecuadamente.

La lectura de la I Carta a los Corintios pone de manifiesto esta fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y de la <<fracción del pan>> como algo más que una cena fraternal o un recuerdo de la Ultima Cena del Señor; algo especial habrían de tener el pan y el vino sobre los que se pronunciaba la bendición, nombre con que se conocía entonces la “consagración”, para que san Pablo hiciese esta dura advertencia a los corintios, conocida de sobre por todos, pero hoy tan olvidada: Porque quien como y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación (1 Cor 11, 29).

Si no hubiera una fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, ¿para qué hace Pablo esta advertencia? ¿Para qué examinarse a la hora de recibir el pan y el vino consagrados? ¿No daría igual estar en pecado si sólo se tratase de pan y vino normal?

Vemos pues que hay una conciencia de la presencia de Cristo en el pan y el vino “bendecidos”, que nos hace ver que la fe en la presencia real no es un invento posterior, aunque todavía no se tenga claro cómo explicarla.

La aparición de las herejías gnósticas en el seno del cristiano, fruto de contacto con el pensamiento helenista, dio lugar a la negación de la presencia real de Cristo en la Eucaristía en una época no muy distante de los Apóstoles. Entre quienes negaros esta verdad se encontraban los docetas, contra los que, según parece, lucharon san Pablo y san Juan evangelista. Los docetas, como todos los gnósticos, negaban la bondad de la creación material, y, por lo tanto, les parecía impensable que Cristo hubiese tenido una humanidad real; Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, era aparentemente humano, una especie de aparición, sin consistencia ni materialidad.

No resulta, pues, extraño, que negaran la presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía; como tampoco, que san Juan, encarnizado enemigo de los docetas, recalcase tanto en su evangelio la humanidad real de Cristo con esas afirmaciones tan duras que encontramos en el <<discurso de Pan de Vida>>, que recoge toda la doctrina eucarística del Cuarto Evangelio. Contra ellos esta esa afirmación culminante del Prologo de su Evangelio (Y el Verbo se hizo carne y habito entre nosotros) y las que encontramos en el citado discurso de Cafarnaúm.

Pasados los embates de las persecuciones y extendida la Iglesia por toda la Cristiandad, llego el tiempo de la paz, aunque salpicada de herejías y conflictos internos.

La Edad Media, menos oscura de lo que la propaganda humanista e ilustrada nos han querido hacer ver, brillo por su devoción a la Eucaristía como lo demuestra la proliferación del culto eucarístico a partir del siglo XIII y la progresiva comprensión teológica del misterio eucarístico de la mano de Santo Tomás de Aquino y la Escolástica. Sin embargo, en este tapiz hay claroscuros: en el siglo XI Berengario de Tours negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía, reduciéndola, como más tarde hará Calvino, a un mero símbolo; en los siglos XII y XIII junto a la santidad y ortodoxia más brillante, surge también la herejía más escandalosa: cataros y valdenses, dignos herederos del gnosticismo paleocristiano, niegan la presencia real de Cristo en la Eucaristía y la potestad sacerdotal para consagrar.

Ya en el siglo XIV, en los albores de la rebelión luterana, surgen las figuras de Wiclef y Huss, considerados precursores de Lutero, que niegan la presencia real de Cristo en la Eucaristía, reduciéndola a una mera presencia dinámica, espiritual muy en la línea de Berengario de Tours y más tarde de Zwinglio y Calvino.

Todas estas sectas y movimientos medievales van preparando el terreno para la aparición de la Reforma protestante, a la que aportan algunos elementos: espiritualización de la Iglesia, rechazo de la jerarquía, del sacerdocio ministerial, de los sacramentos y, sobre todo, de la presencia real. A ellos se une otros factores: declive del Pontificado, descredito del clero regular y secular, ignorancia religiosa, decadencia de la escolástica, falta de formación de los sacerdotes, intrusismo civil en la vida de la Iglesia, crisis espiritual… Todos estos factores abonaron el terreno para la aparición de la Reforma protestante, si bien, estos estaban más acentuados en la Europa del Norte que en la del Sur, donde ya habían surgido movimientos de verdadera reforma espiritual, teológica y disciplinar, que impidieron el triunfo del protestantismo en España, Italia, Portugal y Francia en el XVI.

La doctrina eucaristía de los Reformadores: Lutero, Calvino y Zwinglio

El punto de inflexión en la historia de la doctrina eucarística fue la Reforma protestante, como también lo fue en muchos otros aspectos de la vida de la Iglesia. La tan querida unidad cristiana queda definitivamente rota, a pesar de los intentos de Carlos V, el último emperador cristiano, por restaurar lo que los anhelos espirituales y políticos de su tiempo terminaron por destruir.

De los tres grandes “reformadores” sólo Lutero y Zwinglio eran sacerdotes. En el reformador alemán, siempre hubo cierta aprehensión a la hora de la celebración de la Santa Misa. Su sentimiento de indignidad personal, sus escrúpulos y la observancia angustiosa de las rubricas fueron los rasgos del Lutero sacerdote católico, que explican, en parte, su animadversión futura hacia la celebración católica de la Misa.

Su misma concepción negativa de la naturaleza humana (corrompida y no herida como la entendemos los católicos) influyo también en su crítica hacia la celebración eucarística: si el hombre estaba irremediablemente corrompido, nada podía ofrecer a Dios para alcanzar el perdón de sus pecados y la gracia divina; sólo los meritos de Cristo podían salvarlo, pero de no un modo intrínseco, interior, sino externo: el hombre siempre permanece pecador, solo la justicia de Cristo lo recubre de cara al Padre Eterno, de manera que este, no le contempla a él, sino a su Hijo bajo cuyo resguardo se encuentra el hombre pecador.

De nada sirven, pues, los actos piadosos del hombre y menos aún las mediaciones humanas, con lo que rechaza el sacerdocio ministerial y junto a él la Misa, a la que califica como “el más grave y horrible invento que se ha producido entre las otras formas de idolatría”.

Todo ello está corrompido, no es fuente de gracia y justificación, sólo la fe puede salvar sin mediación, ni sacrificio, ni ritos…

Hay en el pensamiento de Lutero un rechazo total hacia concepción católica de la Eucaristía, tanto como sacramento como sacrificio. Para él la Santa Misa es una idolatría, carece de eficacia y es más importante como signo por encima de su eficacia; por su parte, como sacramento, no niega la presencia real de Cristo en la Eucaristía, como haría más adelante Calvino, sino que rechaza su explicarla siguiendo la doctrina escolástica de la Transubstanción.

Para él, hay una presencia real “consustancial”, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo están juntamente con el pan y el vino, al contrario de como afirmaba la Iglesia con la doctrina de la Transubstanción, según la cual, tras la consagración la sustancia del pan y el vino desaparecen, siendo sustituidas por el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía queda, según la doctrina luterana, reducida a la celebración eucarística, lo cual lleva a la negación de todo culto eucarístico, pues esta no se prolonga más allá de ella, desembocando en el rechazo del culto eucarístico fuera de la Misa, punto en común de todos los reformadores.

Manos SacerdoteAun sosteniendo la doctrina de la Consubstanciación, Lutero sigue manteniendo la creencia de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, algo que irá desapareciendo con los posteriores reformadores. Si nos fijamos en Calvino, fundador del calvinismo, su doctrina eucarística, en muchos puntos cercana a la de Lutero, se aleja de la de este en el punto de la presencia real.

Si el reformador alemán sostiene una presencia real “sui generis”, Calvino rechaza toda presencia sustancial de Cristo en la Eucaristía, y sostiene una presencia “según la virtud”: cuando los fieles, es decir, los predestinados, “comulgan”, reciben una virtud o fuerza procedente del cuerpo glorificado de Cristo (que mora en los cielos) útil para alimentar el alma. Ni que decir tiene, que Calvino rechaza todo culto eucarístico, considerado idolatría, ni que la Misa es una renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz, sino simplemente conmemoración de la Ultima Cena o como mucho un sacrificio de alabanza y acción de gracias, pero nunca de propiciación.

Ya antes que Calvino, el reformador suizo Zwinglio había negado la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía, declarando que el pan y el vino eran meros símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo. La Cena, como así llamaba a la Misa, sería únicamente una solemnidad conmemorativa de nuestra redención por la muerte de Cristo y una confesión de fe por parte de la comunidad.

En síntesis, se percibe en todos los reformadores (Lutero, Calvino, Zwinglio…) un rechazo expreso hacia la Santa Misa como sacrificio, del culto eucarístico fuera de la Misa y de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Esta última va perdiendo fuerza en los distintos reformadores: desde la Consustanciación de Lutero, que propone una unión entre el pan y el vino y el Cuerpo y la Sangre de Cristo menos estable e íntima que la confesada por la Iglesia Católica; hasta la negación de toda presencia sustancial en Zwinglio y Calvino, que se inclinan más por un carácter simbólico y por virtud de Cristo en el pan y el vino.

Conclusión

La presencia real de Cristo en la Eucaristía es “piedra de toque” a lo largo de la historia de la Iglesia, y en torno a ella se han producido los más ardientes debates. Como veremos en el siguiente artículo, el Concilio de Trento clarifico definitivamente la doctrina eucarística de la Iglesia, una doctrina ratificada a lo largo de los siglos, pero también rabiosa y sibilinamente atacada, por los innovadores de toda clase.

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

Presbitero.

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