Lecturas desde Walsingham

Lecturas desde Walsingham un artículo de Miguel Toledano Lanza

Desde que Inglaterra abandonó la Fe en 1.531, su literatura lógicamente no ha podido escalar las cotas de otras naciones fieles a Cristo. Sin embargo, existen obras notables, no siempre conocidas del gran público, en las que el genio británico sobrevive a su decadencia a partir de la Reforma.

Una de ellas es “La hija del rey del País de los Elfos”, traducida al español en 2.012 (Alfabia, 368 páginas). Muchos lectores piensan en “El hobbit” como precursor de “El señor de los anillos”, pero yo creo que Tolkien hubo de inspirarse en el argumento de Lord Dunsany objeto de estas líneas, toda vez que fue dado a la imprenta trece años antes que las andanzas del famoso Bilbo Bolsón.

Lecturas desde WalsinghamTambién se nos relata aquí la historia de un periplo extraordinario, el del humano Alverico Señor de Erl al misterioso País de los Elfos. En sus brumosas fronteras conoce a la princesa Lirazel, a la que desposará para disfrutar de ella por poco tiempo, pues su padre el Rey de grises barbas no teme emplear conjuros poderosos para devolver a la joven junto a su trono mágico de niebla, hielo y arco iris.

Como tampoco los jefes de Góndor en el universo tolkieniano, Alverico no gobierna en su patria a título de rey; su potestad es compartida con un parlamento compuesto por doce representantes del lugar. Esta organización ofrece varias connotaciones interesantes desde un punto de vista político.

En primer lugar, Erl constituye una muestra de democracia griega clásica, en la que una polis de tamaño reducido tiene la virtualidad de organizarse generación tras generación de un modo justo, apacible y eficaz. Además, dichos representantes han alcanzado todos una edad provecta, lo que les permite utilizar su experiencia vital para el buen gobierno de la polis, y al mismo tiempo desempeña cada uno de ellos su propia profesión, de tal manera que no viven de la actividad política.

Pero, ay, como tercera reflexión constatamos que el parlamentarismo de Erl no garantiza de por sí la bondad de su forma de estado, puesto que la opinión de la mayoría, incluso la práctica unanimidad, es susceptible de cometer errores e incluso errores graves, provocando el ocaso de aquella sociedad: Llevados por la vana ilusión de hacer a su patria famosa en la Historia, son ellos, los miembros del parlamento, quienes han recomendado a Alverico su boda con Lirazel, de cuyo seno pueda nacer un heredero capaz de practicar la magia en ese tranquilo pueblo, haciéndolo así memorable.

En este afán de grandeza, en esta puesta en cuarentena de las cualidades infalibles del parlamentarismo se atisba el ambiente de entreguerras de 1.924, en la víspera de la publicación de la prosa poética de Dunsany y de la entrada en prisión de Hitler por el golpe de estado de la Hofbräuhaus.

Hay otra referencia implícita a los riesgos del parlamentarismo: Colocados en la tesitura, los diputados de Erl someten a votación la misma realidad y, naturalmente, yerran; no importa que tres testigos hubiesen corroborado, de acuerdo con las viejas tradiciones, la existencia de un unicornio venido de las brumosas fronteras del País de los Elfos; la votación determina que los unicornios no existen y, por lo tanto, no existen. Pero pronto habrían de comprobar que el escrutinio chocaba con la naturaleza de las cosas, como por demás el triste desenvolvimiento de los acontecimientos demostrará a los humanos de aquellas provincias. Muy sugerentes resultan estos ecos ante las disparatadas decisiones de nuestro legislativo desde 1.976.

El tema de la magia ocupa un lugar central en la trama, como lo hace en Tolkien o en Harry Potter; pero en contraposición a Rowling e incluso a Gandalf y sus colegas en el uso de las artes blancas, el tono del ocultismo es negativo en Dunsany. La magia se practica a cambio de estipendio por la adivinación del futuro y, lo que es peor, conducirá a Erl al desastre definitivo; el estamento eclesiástico, personificado en el fraile Freer y ausente de potestad pero no de autoridad, advierte a los fieles de que los sagrados ritos prohíben los encantamientos como procedentes de las tinieblas del infierno.

Por otra parte, esas tinieblas quizás no han de ser lejanas de las brumas del País de los Elfos, si se considera que éstos, a diferencia de los humanos, tienen vedado el Cielo. Alverico le dice a su esposa que no debe seguir rezando a las estrellas sino abandonar el esoterismo típico de su condición.

Alguien ha pretendido ver a los elfos de la épica de Tolkien como criaturas cuasi-angélicas y a sus moradas ansiadas como el destino soteriológico de las distintas razas; en Dunsany remiten sin querer al Limbo de los padres escolásticos, en la frontera de las regiones inferiores, donde no operan las bendiciones de la Iglesia.

Como en la Compania del Anillo de Tolkien, un grupo se crea para acometer el arduo viaje; en este caso, la compañía estará dotada de seis hombres jóvenes, a saber, el pastor Vand, el poeta Thyl, el enamorado Rannok y los insensatos Zend y Niv, todos ellos comandados por la prudencia de Alverico.

EspiritualidadY nuevamente como en la travesía legendaria del profesor sudafricano, la compañía se va separando y deshaciendo: Primero se vuelve Vand, perdida toda esperanza de llegar al País de los Elfos transcurridos diez años de tarea infructuosa; después abandona Rannok, deseoso de desposar a la doncella de su corazón; y luego Thyl retorna a Erl, dejando a Alverico, Zend y Niv solos para culminar el penoso rescate de la inmarcesible Lirazel.

Hay de este dilema unidad-dispersión una enseñanza explícita diversa de Tolkien: “Grandes hazañas han prosperado, locas o cuerdas, cuando todos formaban una sola misión, y grandes hazañas han fracasado cuando esto no se produjo”.

En el Señor de los Anillos más bien se deduce que el éxito de la expedición dependió de la división de la Compañía, de la especialización de sus miembros y, en último término, de la acción individual de un modesto anti-héroe.

Nos encontramos otra vez ante alegorías con evidentes resonancias en los años veinte del pasado siglo, pero válidas para el nuestro, si se toma en cuenta por ejemplo el enfrentamiento de Cardenal contra Cardenal en el marco de la Iglesia Santa o el desaguisado catalán dentro del modelo liberal español.

Al igual que el extraño Gollum guiará a los hobbits en la tierra donde se extienden las sombras, Dunsany ya había conferido idéntico papel de puente entre ambos mundos a un dudoso mediador, el troll Lurulu, único que parece experimentado para entrar y salir del País de los Elfos a sus anchas. Mas los trolls no han adquirido la fisonomía detestable de Peter Jackson, siendo simplemente gnomos superficiales y burlones, insolentes e incluso irreverentes frente a la religiosidad de los humanos. Al servicio de los elfos, no dudan en engatusar a los niños a acompañarlos a esos parajes mágicos de los que, para desesperación de sus padres, ya no han de volver, como pudo sucederle al hermanito de la prodigiosa Jennifer Connelly en el cuento de Jim Henson y David Bowie (Dentro del laberinto, 1.986).

En Dunsany, el Rey de los Elfos lanzará a sus huestes contra los humanos de Erl en una especie de ataque preventivo al modo de la familia Bush; el terrorífico personaje de Goethe y Schubert no se hubiera atrevido a tanto.

Boromir cae en la tentación humana de la codicia por el anillo y a punto está de acabar con el pequeño Frodo; en el precedente de Erl, Niv y Zend sufrieron celos de Alverico, aunque el fracaso de la búsqueda no trajera causa tanto de la debilidad de sus compañeros cuanto de la inasequible levedad de los elfos.

En el fondo, es más fácil resistir al mal expreso de Sauron que a esta tibieza, a la Revolución que a la confusión contaminante de la verdad.

Como ocurre con el Señor Oscuro en su torre de Mordor, el Rey de los Elfos nota la presencia de Alverico cuando se aproxima con su espada mágica; Dunsany describe ese presentimiento mejor que Tolkien: “Como el ruido de alguna ciudad se escucha entre los pájaros del bosque, como un sollozo entre los niños que se reúnen a divertirse, como la risa en medio de los que lloran en vela, como un viento agudo entre los huertos al comienzo de la primavera, como un lobo que se acerca sobre los campos donde duermen las ovejas”.

Antes que los Bolsón, el Señor de Erl ya se sintió atraído por la espada forjada por la bruja, sin la cual no se ve calificado para combatir los poderes élficos, pero no está tan netamente perfilada la obsesión enfermiza y somática de los poseedores del anillo en Wagner o en Hobbiton.

Al final, sólo el fraile Freer y un puñado de fieles pervive a pesar del suicidio de Erl, reminiscencia por supuesto del Señor del Mundo de Monseñor Benson, cómo no de los fascismos inmediatamente por ascender y sucumbir y, más cercanamente, de nuestra frivolidad con el Islam.

En mi edición en versión original inglesa, el excéntrico Neil Gaiman (Stardust, Coraline) introduce el texto comparándolo con las ligeras piezas de fantasía al uso en nuestros días, frente a las cuales el estilo de Dunsany es “un rico vino tinto, que puede producir un sobresalto si uno se ha acostumbrado a las bebidas de cola”. Por cierto, que Gaiman nos recuerda que Dunsany escribió significativas novelas de una España desaparecida y mágica que nunca existió, una invitación de lo más apetitosa.

Miguel Toledano

Miguel Toledano

Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibio su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovision carlista, esta casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. En la actualidad es subdirector de un colegio internacional en Bruselas. Ha sido secretario general de la Fundación Nacional Francisco Franco y afiliado del partido político Alternativa Española. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Ha publicado distintos artículos en diferentes medios.