Las migajas de la Fe en la Eucaristía

Las migajas de la Fe en la Eucaristía un artículo de Félix Véliz

Sobre la corrección y la falta de fe en la Eucaristía.

Como miserable pecador odio tremendamente corregir al personal. Como hijo de Dios y coheredero con Cristo, a veces no me queda otro remedio. Corregir al que yerra es una tarea ingrata, dura, que casi nadie aprecia ni agradece en estos tiempos de la tontería viral, del botox y del Photoshop. Muchas veces me escaqueo y paso del tema, la verdad sea dicha. Total, ¿quién es uno para decirle a nadie cómo tiene que hacer las cosas como si la gente no supiera perfectamente lo que tiene el deber de hacer? Sin embargo, otras veces viene el Buen Pastor y logra encajarme un contundente y misericordioso varazo de los suyos, de esos que te obligan a doblar la dura y soberbia cerviz y te reconducen a las verdes praderas de la gracia y amistad divinas, renunciando, eso sí, al seductor y efímero aplauso del mundo.

La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, me digo en tales ocasiones en las que aún dudo entre ayudar al prójimo con la corrección fraterna o mirar para otro lado.

También suelo aplicarme aquellas palabras del Altísimo a su profeta Ezequiel: “A ti también, hijo de hombre, te he hecho yo centinela de la casa de Israel.Cuando oigas una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte. Si yo digo al malvado: `Malvado, eres reo de muerte´, y tú no hablas con él para advertirle que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero te pediré cuentas a ti por su muerte. Si, por el contrario, adviertes al malvado que se convierta de su conducta, pero él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida”. Por mí que no quede, pues “el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza, será humillado”.

La gloria de este mundo es pan para hoy y hambre para mañana: remedo infecto de Cielo ahora e infierno real y eterno después. Buen Jesús, Señor mío verdadero, tú ganas en esas ocasiones en que me dejo ganar y te obedezco. ¿Cómo voy a negarte algo que veo tan a las claras que me pides? ¿Cómo quieren que calle si te veo tirado por el suelo y pisoteado ante la indiferencia de muchos de los tuyos?

El día ocho de agosto del año 2017 me encontraba asistiendo al santo sacrificio cuando, en mi interior, me debatía entre si debía (como un imperativo moral) recibir el sacratísimo Cuerpo de Cristo de rodillas y en la boca o, por el contrario, podía seguir haciéndolo de pie y en la mano, como era mi costumbre.

Todavía andaba en esta disyuntiva cuando al señor que estaba justo enfrente de mí en la fila de la comunión se le cayó de la mano el Señor de Cielos y Tierra al suelo. El buen hombre se agachó como pudo y trató durante un rato, sin éxito, de levantar la fina Hostia con las uñas, con el consiguiente desprendimiento de partículas. Otro se agachó a ayudarlo, ya que no convenía que la misa durara unos segundos más de lo habitual. Quedé atónito.

El sacerdote, una vez hubo logrado su intento el comulgante patoso y apartado éste del medio, me pidió, por ser el siguiente en la cola, que buscara el purificador que tenía en la credencia e intentara recoger dichas partículas. Por más que pasaba el pañito blanco por la sucia superficie del suelo, no veía que fuera suficiente. La añeja feligresía seguía pasando impávida a mi lado, como si nada hubiera pasado. El sacerdote me mandó dejar de limpiar apenas había comenzado con un indolente “ya está bien´´.

Por alguna razón no pensaba yo que ya estuviera bien así sin más, pero le obedecí sin pensarlo. Algo inesperado para mí sucedió en aquél momento.

Ese ocho de agosto me di cuenta de que algo terriblemente malo tenía que estar pasando en la Iglesia si Nuestro Dios no era tratado por muchos con más respeto que una simple galleta Oreo. Ese día tomé la firme resolución de recibirlo con el máximo respeto exterior posible: de rodillas y en la boca. Sin dudas ni complejos absurdos. Como se había hecho toda la vida de Dios en la Santa Iglesia Católica.

Ser el friki que se arrodilla durante la consagración, al recibir el Cuerpo de Cristo o la bendición final de la misa, que hace una reverente genuflexión en la parte correspondiente del Credo, que se queda en su sitio hasta que el sacerdote ha abandonado el presbiterio mientras todo el mundo se apresura a llegar primero a la puerta…etc, te va creando poco a poco un aura de ser potencialmente peligroso entre el funcionariado eclesiástico local que se huele a la legua. Algún amigo empleado de la diócesis te lo advierte un día: si no fueras tan radical…ellos te favorecerían.

De este modo, a través de la esperanza de recibir algún día una miserable prebenda, intenta el padre de la mentira que se pase uno (o que regrese) al lado gris y tibio, ese al que le da lo mismo “chicha que limoná’’ con tal de seguir con su triste vida de comodona tranquilidad. La convivencia entre el friki (o rígido fariseo como somos constantemente calificados por el papa de la misericordina tales especímenes) y la horda vaticanosegundista se va volviendo tensa por momentos hasta que llega un día en que presencia uno durante nada menos que la misa algo realmente aberrante, imposible de digerir hasta por los estómagos más curtidos por la basura neomodernista.

Ese día no puedes evadir tu responsabilidad de fiel bautizado y esperas al cura a la puerta de la sacristía para decirle unas cuantas cositas…

¡Habría de ser uno un auténtico desalmado para no reaccionar nunca! Mi primera vez, ¡cómo olvidarla!, mantuve con el venerable (al menos en edad) presbítero el siguiente perturbador diálogo:

-Resulta, padre, que cuando usted daba la Comunión se le calló al suelo una partícula de unos cuatro milímetros que pude ver desde tres metros de distancia. No pude evitar ir a recogerla en seguida, no fuera a ser pisado Nuestro Señor. Si en lugar de tener a una monja distribuyendo a su lado la comunión pusiera a alguien a aguantar la bandeja como manda la Santa Madre Iglesia…
-Tranquilo hijo, no pasa nada. ¿La recogiste? Hiciste bien. Eso no suele pasar.
– ¿Cómo que no pasa nada? ¡Se trata del Santísimo Sacramento! ¡Por los suelos!
-No hay que ser tan escrupulosos, hijo, si no hay voluntad expresa de tirarlo a suelo, no hay pecado.
-Pues yo he visto varias veces a fulanita, la ministra extraordinaria de la Comunión, picoteando el suelo como una gallina después de la Misa para recoger las partículas que supuestamente caían y pensaba yo que estaba loca. Pregúntele a ella y verá que esto sí pasa muy a menudo.
– Bueno hijo, gracias por preocuparte. Que te vaya bien. Me tengo que ir que estoy muy ocupado…

¿En esto ha quedado vuestra fe en la presencia real y sustancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, reverendos sacerdotes del Altísimo? ¿Para terminar así habéis un día escuchado la llamada del Señor que os invitaba a dejar padre, madre, hijos y mujer por el Reino de los Cielos?

Normal que, ante este panorama, los seminarios estén vacíos. ¿Puede un sacerdote caer más bajo en lo tocante a su fe eucarística? Sí que puede. ¡Agárrense, que vienen curvas! Poco después de tomar consciencia de que no sólo caen algunas veces hostias enteras al suelo, sino también infinitud de partículas, me ofrecí voluntario en algunas parroquias para sostener la bandeja de comunión con casi absolutamente ningún éxito.

La única vez que un sacerdote me lo permitió se trataba de alguien que pasaba por allí sólo temporalmente y no vio ningún problema en ello. Se recogió una partícula bien visible. Al terminar la misa entré en la sacristía a comentarle la absoluta necesidad del uso de la bandeja todos los días. Pero resulta que había llegado en aquel momento uno de los sacerdotes adscritos a esa parroquia y las formas amables del sacerdote que me había dejado sostener la bandeja, se volvieron ariscas y bastante secas delante del otro cura que, callado, me miraba medio de reojo desde un ángulo de la habitación.

Al día siguiente la cosa cambió bastante: ya no estaba el camaleónico cura bonachón sino nada menos que el señor párroco, el que movía el cotarro por aquellos lares.

Las migajas de la Fe en la Eucaristía-Marchando ReligiónNada más verme entrar al templo y sin mediar palabra por mi parte me soltó a bocajarro un ¡qué vienes a buscar aquí! rezumante de un odio inexplicable. Haciendo uso de una amabilidad salesiana que no me caracteriza precisamente pero que creía absolutamente necesaria en aquel trance, le manifesté mi ofrecimiento de, si no había inconveniente por su parte, sostener la bandeja durante la comunión.

Le referí también, aunque era evidente que había sido informado, que el día anterior habíamos recogido una partícula y evitado que cayera al suelo. No tardó ni medio segundo el pobre desgraciado en echarme de su iglesia entre mil improperios, mandándome a arreglar los asuntos de mi casa primero (me había confesado muchas veces con él). Pero, ante mi insistencia en la pérdida de partículas y a modo de tajante conclusión, eyectó desde lo más profundo de su negro y vacío corazón la frase que nunca imaginé escucharle a un sacerdote. El Plus Ultra de la falta de fe en la Eucaristía: “DONDE HAY PAN, HAY MIGAJAS’’.

Obviamente, todo esto fue dado a conocer al señor obispo.

En eso ha quedado, señores lectores, la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía de muchos curas y obispos después del profundo proceso de protestantización de la Iglesia comenzado por el Concilio Vaticano II: migajas de pan que se sacuden con la mano y se barren después sin que a nadie le importe lo más mínimo; y, ¡hay de quien ose señalarles, así sea suavísimamente, su peligroso estado, su falta de fe!

No obstante, la caridad de Cristo nos urge a los cristianos, nos apremia para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquél que murió y resucitó por nosotros para darnos la Vida eterna. Si por defender a Nuestro Señor de los falsos o pésimos pastores hemos de ser excluidos del campamento como leprosos, sabemos entonces que nuestra recompensa será grande en los Cielos.

No dudemos ni un segundo en recordarles a los curas descuidados o carentes de fe el numeral 93 de la Instrucción Redemptionis Sacramentum (Redemptionis Sacramentum, Vatican), sobre las cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía: “La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento’’.

¿Qué menos podemos hacer, ¡digo yo!, por Aquél que en su Misericordia ha hecho hasta lo inimaginable por nosotros y un día nos ha de juzgar con su perfecta Justicia?

Félix Véliz

 

¿Les ha gustado este artículo de Félix, “Las migajas de la Fe en la Eucaristía?” Pueden leer más artículos de nuestras firmas, aquí: Nuestras firmas

Felix Veliz

Felix Veliz

Félix Véliz es un pecador que se sabe hijo de Dios, padre de familia graduado en educación secundaria y que ejerce la profesión de camarero.