La transmisión de la Fe Cristiana

Formación de la Sagrada Escritura, un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad.

LA TRANSMISION DE LA FE CRISTIANA.

Porque yo recibí del Señor lo que os transmití… Con estas palabras el apóstol Pablo inicia su transmisión a la Iglesia de Corinto de las palabras del Señor que transformaban el Pan y el Vino en su Cuerpo y Sangre. Mucho antes que los evangelistas, sobre todo Mateo, Marcos y Lucas, pusieran por escrito en sus evangelios las palabras de la consagración, estas eran ya transmitidas oralmente, siendo Pablo el primero que las puso por escrito para transmitirlas a una Iglesia cristiana.

Palabra oral y palabra escrita han sido los medios a través de los cuales la fe cristiana se ha ido divulgando en todo el mundo, bajo la atenta guía del Espíritu Santo, que nos garantiza que tanto el contenido de la Escritura como el de la Tradición están conformes con la voluntad salvífica de Dios.

1. La Palabra predicada

Cuando nos acercamos a la Sagrada Escritura no podemos olvidar que está fundada en un sustrato previo, que es la tradición oral. Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento recogen en sus páginas siglos de tradiciones que han pasado de padres a hijos, bajo la atenta guía del Espíritu Santo.

Tomando como ejemplo el Antiguo Testamento, los principales relatos de la Historia de los Patriarcas, del Génesis, del Éxodo…, fueron puestos por escrito mucho tiempo después de que los hechos que narran sucedieran.

Como en cualquier comunidad humana las historias de Abraham, Isaac, Jacob o Moisés formaban parte del sustrato cultural y religioso del primitivo pueblo de Israel: a la luz de las hogueras de los campamentos o en el hogar familiar, los padres narraban a su descendencia los grandes prodigios que Dios había obrado en esto personajes, repitiendo lo mismo que sus padres habían hecho con ellos.

Sin ser consciente de ello, estos transmisores de la tradición, iban siendo guiados por el Espíritu Santo conservando aquellos hechos de generación en generación, del mismo modo que harían siglos más tarde los primeros cristianos que escuchaban, de boca de los apóstoles, los dichos y hechos de Jesús.

Esto mismo que sucedió en el Antiguo Testamento, ocurrió en los inicios del cristianismo.

Mucho antes de la puesta por escrito de los dichos y hechos de Jesús, esto eran transmitidos oralmente por los Apóstoles en su predicación, pero también por aquellos predicadores itinerantes que iban extendiendo el cristianismo por Judea, Samaria, Antioquia… Es esta predicación oral la que se haya en el sustrato de los Evangelio, pues, como es de todos sabido, Jesús no dejo nada escrito, sino que fue la memoria de los Apóstoles la que capturo sus palabras y la gracia del Espíritu Santo la que les descubrió el sentido de las mismas.

Tanto San Pedro como San Pablo, al igual que san Esteban o Felipe, transmiten en un inicio el mensaje evangélico de palabra, enriqueciendo su mensaje con las aportaciones de testigos y de la predicación de otros predicadores.

Algunos de estos recogían por escrito las parábolas y dichos de Jesús que ellos conocían o habían escuchado a otros predicadores, constituyendo pequeñas colecciones de dichos y parábolas que servían como “guion homiletico” al anuncio verbal del Evangelio. No son todavía los Evangelio que conocemos, pero sobre la base de estos “guiones homileticos” se irán redactando los evangelios, que a su vez se ampliaran con aportaciones personales de cada uno de los evangelistas.

2. La Palabra se hizo libro

En un momento determinado de la vida del Pueblo de Israel y de la Iglesia se vio la necesidad de poner por escrito aquel conjunto de tradiciones que habían ido pasando de padres a hijos, y que constituían el sustrato espiritual de los israelitas y de los primeros cristianos.

La formación del Reino de Israel bajo David y Salomón, la desaparición progresiva de los Apóstoles y la consolidación del cristianismo fueron algunos de los factores que impulsaron el paso de la tradición oral a la escrita, y a la formación de las Sagradas Escrituras tal y como nos han llegado hasta nosotros.

2.1. El Antiguo Testamento

La formación del Antiguo Testamento desde las tradiciones orales de la época de los Patriarcas y de los Jueces fue un proceso lento, que abarcó desde la consolidación del Reino de Israel con David hasta las mismas vísperas de la aparición de Jesucristo. Hay que tener en cuenta, y lo mismo podemos decir para el Nuevo Testamento, que los libros que configuran el Antiguo Testamento no fueron escritos siguiendo el orden en que aparecen en las Biblias.

Estos fueron apareciendo sin un orden concreto, sino a medida que el pueblo judío iba tomando conciencia de su historia y de la obra salvadora de Dios en ella.

De esta manera, las narraciones del Génesis o del Éxodo fueron puestas por escrito desde la experiencia del exilio babilónico, y en ellos encontramos, las aportaciones de distintas escuelas teológicas que fueron surgiendo en los años anteriores al Exilio, localizadas en los reinos del Norte y del Sur.

Resulta hermoso comprobar cómo la Divina Providencia quiso que en el exilio babilónico, estas tradiciones teológicas (yahvista, elohista y deuteronomista) se fusionaran entre sí a través de la labor de los sacerdotes que acompañaron al pueblo en el Exilio, y dieran origen a una visión de conjunto de la Historia de la Salvación, dando lugar a esos libros que forman la parte central del Antiguo Testamento, y que nos describen desde el origen del hombre hasta la llegada a la Tierra Prometida. Fueron aquellos sacerdotes exiliados quienes descubrieron la alta misión que Dios había encomendado al Pueblo de Israel, la universalidad del Dios de los Patriarcas y la esperanza de un Mesías liberador.

Sin saberlo, el Espíritu Santo iba dando forma definitiva a todas aquellas tradiciones propias que recopiladas formaron el Libro de la Ley o Pentateuco.

Si nos acercamos a los libros históricos (Jueces, Samuel, Reyes y Crónicas), vemos como desde un conjunto de tradiciones más o menos transmitidas oralmente y un conjunto de crónicas regias, se redactaron desde una óptica teológica concreta: la maldad y la desobediencia de los líderes del pueblo había dado lugar al Exilio. Es lo que se conoce como Historia Deuteronomista pues coincide con la época en que apareció, en tiempo del Rey Josías, el libro del Deuteronomio o discurso de Moisés, durante una reforma del Templo.

A esta tradición teológica se uniría más tarde, tras la caída de Samaria (722 a. C), las tradiciones orales y escritas del Reino del Norte que, como hemos dicho más arriba, constituyen el material sobre el que trabajaran los sacerdotes en el Exilio para redacción final del Pentateuco

Otro tanto, podríamos decir de los Profetas, cuyo primer testimonio escrito es el Libro de Amos, uno de los menores, al que siguieron los demás profetas escritores.

Hay que tener en cuenta que no todos los profetas dejaron escritos, como Elías o Eliseo, sino que es a partir de Amos cuando se ponen por escrito los oráculos proféticos tanto en el Norte como en el Sur. Entre los siglos VIII y VI a. C. aparecen los escritos de los grandes profetas de Israel (Isaías, Jeremías, Oseas), junto a los de otros de menor categoría, pero no por ello menos importantes que se enmarcan ya en la época del regreso del Exilio, un tiempo también difícil de reconstrucción material y espiritual de Israel.

Fueron los mismos profetas quienes pusieron por escrito sus oráculos, pero también sus discípulos e incluso muchos siglos después se añadieron a los textos recibidos oráculos nuevos, igualmente inspirados por Dios, que pretendían, a través de la voz de los grandes profetas, alentar al pueblo en medio de la reconstrucción, la invasión o la persecución. Este es el caso del Libro de Isaías en el cual es posible constatar la presencia de tres autores que elaboran la obra en tres épocas distintas (antes, durante y después del Exilio), sin dejar por ello de atribuir al gran profeta el conjunto del libro ya sea porque él mismo puso por escrito sus oráculos o porque sus discípulos prolongaron con los suyos el espíritu profético de su maestro.

Los libros sapienciales (Job, Proverbios, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría) fueron el fruto de la puesta por escrito de una tradición oral que, no solamente era espiritual, sino también humana.

En ellos encontramos un esfuerzo intelectual por comprender la existencia humana, que no por ello deja de ser inspirado por Dios. Desde una sabiduría basada en la observación de la vida cotidiana, los autores de los libros sapienciales van desgranando el alma humana en lo que tiene de bueno y malo, recurriendo también a la sabiduría popular que con sus dichos retrata a la perfección el obra humano.

Este tipo de literatura alcanza su punto más álgido con la historia de Job, un maravilloso relato escrito desde dos tradiciones diferentes, pero que presentan un único misterio: el sentido del dolor humano.

Partiendo de una historia popular, el autor junta dos versiones de un mismo drama humano: el justo que es puesto a prueba y el hombre que se rebela ante su destino; bajo la guía del Espíritu Santo, el autor sagrado nos muestra esa lucha interna del hombre que, siendo justo a los ojos de Dios, busca sin embargo la razón de su sufrimiento.

Dos tradiciones unidas a la perfección y un solo mensaje para el lector: el hombre no tiene otro camino que rendirse ante los designios de Dios y confiar en su misericordia.

Nos quedarían para el final los Salmos, el fruto de la mejor tradición poética de Israel, en los que el Espíritu Santo expresa, a través de la pluma y la voz del salmista, los sentimientos más puros del creyente.

Muchos de los 150 salmos fueron redactados en tiempos del rey David, cuyo nombre se asocia al conjunto de la obra, como el de su hijo Salomón al de los libros sapienciales; pero no todos son obra del rey David, pues algunos son mucho más antiguos que el mismo monarca y otros van surgiendo en los años posteriores a su reinado.

Recopilados durante siglos, terminaron formando uno de los más bellos libros del Antiguo Testamento, testimonio de la vida espiritual de Israel, pero también anuncio de Cristo y de la Iglesia.

2.2. El Nuevo Testamento

Como en el caso del Antiguo Testamento, la formación de canon del Nuevo Testamento fue un proceso largo y complejo, pero todo él guiado por el Espíritu Santo. Desde la predicación de Jesús a la puesta por escrito del primer evangelio pasaron cerca de treinta y cinco años, tiempo durante el cual fue la palabra, la tradición oral, la encargada de transmitir y custodiar el mensaje cristiano.

El primer texto neotestamentario puesto por escrito no fue un evangelio, sino la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses en torno al año 50, casi veinte años después de la resurrección, y con ella se abre el canon del Nuevo Testamento que cierra el Apocalipsis de Juan, escrito en torno al año 100.

Dejando a un lado el Corpus paulino, las cartas católicas y el Apocalipsis, que son textos pastorales y apocalípticos, vamos a centrar nuestro interés en la formación de los Evangelios, en donde es más palpable la relación entre lo oral y lo escrito.

Como apuntábamos al hablar de la transmisión oral del mensaje cristiano, el punto de partida de los Evangelios esta en el mismo Jesucristo: son sus palabras y hechos los que se transmiten de comunidad en comunidad, a través de la palabra de los Apóstoles y sus discípulos. Ellas son la base de los Evangelios, porque Él es, a la vez, objeto y primer portador de la Tradición, que tiene su origen en el Padre que lo ha enviado:

El que me rechaza y no acoge mis palabras, ya tiene quien le juzgue (…) porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar (…) Por eso, lo que yo hablo es lo que el Padre me ha dicho a mí (Jn 12, 48-50).

La labor de los evangelistas fue dotar a esta tradición oral de Jesús de un marco narrativo, es decir, de contextualizar una serie de palabras, dichos y discursos que fueron recogidos oralmente y transmitidos a través de la predicación.

Y esta predicación constituye la tradición sobre Jesús, transmitida por los Apóstoles, constituidos por Cristo en nuevos portadores de la Tradición.

La predicación apostólica, pues, se encuentra en la segunda fase de la formación de los Evangelios que fueron puestos por escrito a partir de la recopilación de la tradición oral y de una incipiente tradición escrita.

Esta última, como ya hemos apuntado, estaba formada por pequeñas colecciones de dichos de Jesús que fueron recogidas posiblemente por discípulos de los Apóstoles, y que les servían como base para su predicación. Sabemos, por ejemplo, que san Marcos fue discípulo y secretario de san Pedro, y su Evangelio refleja la predicación de este entre los gentiles de Antioquia y Roma.

Pero también, como en el caso de san Lucas, se llevo a cabo una labor de recolección de estas fuentes orales y escritas, que aportaban nueva información sobre Jesús, sus palabras y hechos. De este modo, nacieron los Evangelio sinópticos: tomando como punto de partida el Evangelio según san Marcos, el primero de los cuatro en ponerse por escrito, tanto Lucas como Mateo fueron añadiendo elementos propios a la estructura de este (v. gr. las noticias sobre los orígenes de Jesús, las parábolas de la misericordia, el Discurso del Sermón de la Montaña…), dando lugar a escritos originales y adaptados a un determinado público.

El Evangelio según san Juan es un caso aparte con respecto a los de san Marcos, san Mateo y san Lucas.

Ante todo porque se escribe casi al final de la era apostólica, cuando estos ya eran conocidos tanto en Oriente como Occidente, de modo que Juan da por conocidos muchos episodios de la vida de Jesús; pero por otro lado, tiene que hacer frente a un nuevo peligro que surge en el seno de la comunidad cristiana: el gnosticismo.

Si Mateo escribe para judeocristianos, Lucas y Marcos para los paganos, san Juan se dirige a una comunidad en la que un grupo de herejes pone en duda la realidad misma de la Encarnación, de que el Hijo de Dios se ha hecho hombre.

Por ello, ese carácter teológico, pero no por ello menos histórico que los demás, del Evangelio según san Juan. Es una exposición madura de la vida de Jesús contemplada desde, lo que se llama una <<Cristología descendente>> (Y la Palabra se hizo carne y habito entre nosotros, Jn 1,14), que completa la <<Cristología ascendente>> (Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo, Lc 24, 51), típica de los Evangelios sinópticos.

Así pues, los Evangelio fueron redactados de tal manera que nunca perdieron su estilo de proclamación, sino que, preservando el legado de Jesús y de los Apóstoles, conservaron y adaptaron todo cuanto el Señor dijo e hizo, a fin de que las generaciones futuras encontraran en ellos la misma fuerza y ardor que contenían las palabras de Jesús cuando fueron pronunciadas de viva voz por Él y sus Apóstoles.

Conclusión

En la composición de los libros sagrados Dios eligió a hombres, y se valió de ellos usando de sus propias facultades y medios, de forma que, obrando Él en ellos y por ellos, escribieron como verdaderos autores todo y sólo lo que él quería (DV 11) . De esta manera tan breve pero clara, el Magisterio de la Iglesia nos explica cómo se llevo a cabo la composición de la Biblia, y por lo tanto la transmisión de la fe.

Partiendo de las tradiciones orales de Israel, de y sobre Jesús se pasó a la redacción de las mismas en las cuales palabra oral y palabra escrita se fundieron en un mensaje de salvación que, contenido en la Escritura y la Tradición, nos revela su designio salvífico.

Vicente Ramón Escandell

Sacerdote.

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