Juan Manuel de Prada: Católico y maldito

Juan Manuel de Prada: católico y maldito, un artículo de Gilmar Siqueira

<<Es verdad que yo sufro; pero oídme:

¿qué me importa sufrir si soy poeta?>>

Armando Buscarini. Orgullo.

Juan Manuel de Prada ha dicho en diversas ocasiones que el poeta bohemio Armando Buscarini es su ángel custodio literario. Y así lo vemos en su novela Las Máscaras del Héroe, donde el pobre loco con sus tormentos provocados por la sífilis. De Prada tiene mucho cariño hacia los escritores malditos, con quienes se identifica llamándose a sí mismo un apestado dentro del mundo literario moderno. Y él es, indudablemente, bastante distinto de los otros escritores que tienen éxito. Sus escritos pueden chocar a progresistas y conservadores, ateos militantes y beatas meapilas.

Él también ha hecho suyo un combate que fue de Léon Bloy y Leonardo Castellani: el combate al fariseísmo.

Pienso que se le puede aplicar aquello que dijo Bernanos: “mi obra soy yo mismo”. La inmersión en la vida bohemiJuan Manuel de Prada: católico-Marchando Religióna madrileña de principios del siglo XX (Las Máscaras del Héroe); la visitación a las ruinas de la conciencia que deseamos olvidar y la miseria de una degradación viscosa que, a pesar de todo, aún puede ser rescatada (La Vida Invisible); el horror ante el abismo que podemos alimentar en el alma y que, como un agujero negro, es capaz de arrastrar quien se le acerca (Me Hallará la Muerte);

El drama de aquél que pierde la conciencia de los propios actos y, creyendo haber fallado en todo, solo puede llevar una gran culpa hasta sacar todos los velos que cubren su alma (El Séptimo Velo); el triste conflicto entre la santidad quijotesca y el resentimiento de alguien que no puede abandonar sus propios defectos y no ama ni deja amarse por Dios (El Castillo de Diamante); la heroica resistencia de hombres miserables que, en medio de ruinas, se olvidan a sí mismos y sólo pueden pensar en servir a algo que les transcende (Morir Bajo tu Cielo); y el dilema entre una vocación ahogada y otra todavía incipiente, llena de esperanzas y fantasías (Mirlo Blanco, Cisne Negro).

Ésta es una pequeña y deficiente síntesis de la obra de Juan Manuel de Prada, de su vida misma.

Me Hallará la Muerte, por ejemplo, nació después de un período de once años en que Juan Manuel de Prada, colaborando activamente en tertulias políticas de radio y televsión, casi dejó de escribir.

En esta novela el personaje Antonio usurpa la identidad de Gabriel, oficial de la División Azul que vivió y murió como héroe; mientras que él, Antonio, un cobarde, se dejó llevar por una vorágine de errores terribles que han destruído las vidas de todas las personas que Gabriel amaba y que por fin le han destruído también a él. Completamente hundido en el fango – algo que por cierto es muy recorriente entre los personajes de Juan Manuel de Prada – Antonio miró asqueado a todas las vidas rotas por sus actitudes, especialmente la suya. Entonces se acordó de un amor de juventud, que quizá podría salvarle:

A veces, en su relación superficial o crudamente física con Paloma, en su intercambio de palabras y excreciones indiferentes, encontraba inopinadamente un vestigio de ternura vergonzante, una traza apenas perceptible de humanidad, como si su alma apestada no estuviese corrompida del todo, como si aún guardara una reserva o un depósito último de vitalidad espiritual que aguardase otro milagro de la primavera. Paloma, por supuesto, no iba a avivar ese depósito, porque le faltaba curiosidad para indagarlo, pero tal vez otra mujer sí pudiera en el futuro. Tal vez Carmen, aunque se hubiese convertido en un trasto viejo; o precisamente por ello mismo.

Porque aquel trasto viejo, aquella mujer gastada por la vida, que había sufrido tanto como el mismo Antonio, sería su última esperanza para dejar todo hacia atrás.

Pero, ¿como dejar hacia atrás la muerte de una joven que creyó haberse acostado con su propio tío y que llevaba su hijo en las entrañas? ¿Como dejar hacia atrás el leal y honesto amigo que, poco antes del nacimiento de su primer hijo, fue chantajeado y por ello hizo un aborto que luego le obligó a matarse? ¿Como dejar hacia atrás todas aquellas almas que se habían roto para que él pudiera seguir adelante? Y así Juan Manuel de Prada nos enseña que de un mal nunca puede venir ningún bien. Su lenguaje es duro, directo y hermoso. Por estar impregnado por los autores del Siglo de Oro, es siempre necesario tener un diccionario cerca cuando leemos a sus novelas.

Las novelas de Juan Manuel de Prada nos hacen recordar una realidad que a cada día se deja más hacia un lado: la del pecado.

El pecado está presente en todos sus personajes porque también está presente en el mundo; y la degradación, la tristeza y la desesperación son sus consecuencias. El pecado se ha convertido en la Vida Invisible que narra el autor en las bellísimas primeras líneas de la novela que lleva ese mismo nombre:

Hay una vida invisible, subterránea como el veneno, por debajo de esta vida que creemos única e invulnerable, o quizá sobrevolándola, como una ráfaga que parecía inofensiva y que, sin embargo, se inmiscuye en los huesos, dejándonos su beso estremecido. Cuando esa vida invisible nos roza sentimos por un instante que la tierra nos falta debajo de los pies.

Es una impresión fugaz, un sobresalto que apenas dura lo que dura una extrasístole, lo que dura la impresión de caída en las fases de duermevela que preceden al sueño, lo que dura el contacto furtivo de la culpa cuando mentimos atolondradamente, sin saber siquiera que estamos mintiendo y, desde luego, sin vislumbrar las consecuencias de esa mentira.

Esa Vida Invisible que intentamos borrar de nuestra conciencia es el abismo al que tenemos que mirar, el abismo que está en nosotros y que nos provoca horror: el abismo que aquellos demasiado blandos, que se creen siempre buenos o “no tan malos”, rehúsan admitir que exista.

Y lo hacen porque la miseria y la degradación espantan, porque la seguridad de estar en el fango es aterradora; entonces prefieren negar semejantes cosas “oscurantistas” y “exageradas”. La advertencia escrita por el Padre Castellani para quien desee leer a Baudelaire vale también para Juan Manuel de Prada:

(…) ciertamente no es una lectura para chicas que se alimentan de bocadillos y de novelas yanquis, ni para chicas en general, ni para beatos, ni para burgueses, ni para burros, ni para sacerdotes no advertidos, ni para hombres sin percepción artística, ni para la inmensa parroquia de la moralina y de la ortodoxia infantil. Asomarse al abismo no es para todos (…).

No traigo semejante advertencia para apavorar a nadie, sino para decir que hace falta coraje para soportar el puñetazo en el estómago que suelen ser las novelas de Juan Manuel de Prada.

Sus obras y personajes nos espantan y apenan. No sencillamente porque se les ocurran cosas terribles que nos acongojan, pero porque aquello también es, de alguna manera, parte de nuestras vidas. Sus sufrimientos y errores son como los nuestros, tal y como sus consolaciones:

Con la cabeza de Sor Lucía reclinada en su pecho, Novicio creyó estar viviendo uno de esos momentos privilegiados de la vida, cuando el alma se imbuye de una reconfortante sensación de gracia, sin patetismos rimbombantes ni sentimentalismos estridentes. Seguramente los ilongotes seguirían rondando por allí cerca, seguramente en los pantanos seguirían agazapados los caimanes, seguramente los hombres seguirían matándose en algún confín del planeta, pero en aquel paisaje que se extendía ante su mirada no se tenían noticias sobre la desgracia del género humano.

La serenidad del alma a la cual se llega por el amor. Un amor que, en Morir Bajo tu Cielo, es imposible y precisamente por ello casto hasta el fin.

Un amor capaz de cambiar y madurar a dos personajes, dos enemigos, cuyas vidas completamente distintas y hasta entonces sin sentido, cambian completamente y ganan una nueva significación en la presencia de Sor Lucía, encantadora mujer con una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera. Auténtica consolación en medio de la miseria, sin cualquier atisbo de sentimentalismo ridículo. Porque el autor sabe que el sentimentalismo, terrible ponzoña para la religión, también lo es para el amor.

Otra ponzoña fatal para el amor es la melancolía exagerada, aquella que se pudre en el alma y puede convertirse en resentimiento. He dicho al principio que Juan Manuel de Prada se considera un maldito, por ser capaz de comprender y compadecer a los otros malditos. Es lo que hace en sus obras.

Creo que la pobre Princesa de Éboli, antípoda de Santa Teresa, haya padecido uno de los fines más tristes de sus novelas.

Tanto es así que, cuando decidió entregarse sin frenos a la ambición mundana sin esperanzas de consolación para el alma, nuestro autor baja la cabeza y no nos permite ver lo que queda de su trayectoria. Ya no había nada que contar. Pero es notable la percepción que su encantadora y quijotesca Santa Teresa tenía de Ana de Mendoza:

Teresa había reconocido en Ana a una mujer – como ella misma – demasiado inquieta y original para un mundo que las prefería rutinarias y mansas; y en donde la que no se aviniese a aceptarlo no tenía otro destino sino llorar en secreto y resignarse a que sus cualidades y virtudes se malograran. A Teresa le había salvado de ese malogramiento Su Majestad, amándola al menos tanto como a María de Magdala o a la samaritana que le dio de beber; Ana, en cambio, no había encontrado esa ayuda, tal vez porque ella misma la había rechazado, tal vez porque no había sabido reconocerla.

Sea como fuere, el caso es que a la postre el soplo divino no se había derramado sobre su alma, o al menos ella no lo había notado; y, por despecho o por tristeza, viendo que su alma no se llenaba de sol y de pájaros, Ana había permitido que la invadiesen las tinieblas y las sabandijas que nos llenan de bílis.

Porque el alma, aunque no esté llena de humores como el cuerpo, no puede permanecer vacía; y cuando no la ocupa quien la creó, acaba tarde o temprano siendo pasto del que quiere destruirla.

Es emocionante la escena de Ana, desharrapada y enloquecida por el dolor de la viudez y de la desesperación, llorar como una niña sobre las rodillas de una Santa Teresa ya vieja y achacosa, cada vez más cerca de Su Majestad mientras que ella, Ana, se ahogaba en su abismo de tristeza. El drama de Ana, la Princesa de Éboli, es el de no haber conseguido. Y, por ello, Juan Manuel de Prada se compadece de ella. Así como nosotros, sus lectores. Después de cada novela suya nos viene una melancolía; no aquella que es mortal, sino otra: una dulce, tranquila, que quizá tenga que ver con el misterio de la vida.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

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Feo, católico y sentimental