EL SILENCIO CULPABLE DE LOS PERROS MUDOS

El silencio culpable en la Iglesia.

Sobre el silencio culpable de los perros mudos un artículo de Félix Véliz.

El silencio culpable en la Iglesia-Marchando ReligiónImagínense que el domingo del DOMUND del año 2017 están ustedes asistiendo con su familia a la misa dominical a una de las principales parroquias de su ciudad.

Imaginen que el párroco es uno de los mejores sacerdotes, en muchos aspectos, de la diócesis. Llegado el momento de la homilía, ese momento en el que usted espera ser fortalecido en la fe por quien celebra en la persona de Cristo, figúrese que el mismo sacerdote invita, en un evidente gesto de apertura al espíritu hodierno, a una buena señora a subirse al púlpito.

Imagine, para más INRI, que la fantástica señora comienza a autoinciensarse contando las intrincadas peripecias misioneras de su ya lejana juventud hippie por tierras bolivianas.

Risas vienen y van. Todo muy entretenido, muy moderno…

Después de un muy buen rato de inmersión en la biografía de la doña, ésta se da la vuelta y, al comprobar que el verdadero celebrante sigue risueño sentado en la sede con ganas de más batallitas, se gira nuevamente hacia el pueblo y, con aire de haber colmado sus más íntimas aspiraciones vitales, profiere con aspecto hierático mientras contempla el enorme rosetón románico de la fachada principal del templo: ¡PARECE QUE DON… QUIERE QUE CONTINÚE CON LA HOMILÍA!

¿Qué hubiera hecho usted en caso de ocurrirle algo semejante? Piénselo un momento.

Si su respuesta va más encaminada a “seguiría sentado en mi sitio como si nada pasara”, me siento tentado a pedirle amablemente que deje de leer ahora mismo… pero no lo haré: usted posiblemente necesita más que nadie de este pequeño artículo. En nuestro caso (ya habrá imaginado que se trata de una anécdota real) mi esposa y yo, con nuestros cuatro hijos pequeños (la mayor tenía entonces cinco años), nos levantamos de nuestros asientos y nos retiramos en hilera de aquél bochornoso y desfasado espectáculo.

¿Hermanos, con qué derecho se creen asistidos algunos para suplantar a Dios de manera tan repugnante en la sagrada liturgia? ¿No tenemos derecho, acaso, al salutífero alimento de la Palabra de Dios nosotros sus hijos? ¿Qué padre, si su hijo le pide un pan, le da en su lugar una piedra? ¿Qué madre, por librarse del trabajo que conlleva cocinar, le da a su hijo cualquier cosa de comer, lo primero que encuentre?

A nadie se le escapa, queridos hermanos en el Señor, que estamos atravesando una terrible tormenta como nunca antes se había visto en la Historia humana.

Podemos afirmar con rotundidad y convicción absolutas que han llegado los tiempos que vislumbró el gran Apóstol de los gentiles y sobre los que previno a su ínclito discípulo Timoteo:

En los últimos días se presentarán tiempos difíciles. Pues los hombres serán egoístas, codiciosos, arrogantes, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, implacables, calumniadores, desenfrenados, inhumanos, enemigos del bien, traidores, temerarios, envanecidos, más amantes del placer que de Dios, guardarán ciertos formalismos de la piedad pero habrán renegado de su verdadera esencia. (…)

Tengo la seguridad, sin embargo, de que aún siendo favorecido por Dios con la más inefable experiencia cuando fue arrebatado al tercer Cielo, no le mostró el Señor a san Pablo la decadencia actual del Hombre en toda su crudeza. Quizás el dócil instrumento del Espíritu Santo no lo habría soportado. La maldad está llegando a tal extremo que ya no existen espacios sagrados libres de su pestilente influjo. Mires a donde mires, sólo se ven muertos a espada, cadáveres, pedazos de carroña disputados por sucios buitres.

No obstante la gran ruina en la que nos encontramos todos inmersos (que ningún hombre de buena voluntad puede ignorar), aquellos que han sido designados por el Señor para ser sus faros en medio de la noche siendo maestros de fe y de moral, capitanes de su Pueblo y sacramentos vivos de la presencia de Jesucristo en la Historia humana, los sacerdotes de la nueva y eterna Alianza, han claudicado casi por completo de su altísima misión de predicar el Evangelio a todo el mundo.

Si cree usted demasiado exagerada mi aseveración le invito a hacer el siguiente ejercicio de memoria: intente recordar cuándo fue la última vez que escuchó a un sacerdote predicar claramente en una homilía sobre los siguientes temas:

+Gravedad del pecado, especialmente el pecado mortal.

+Maldad de ciertos pecados que hoy ya no se consideran tales como el concubinato, el divorcio, la anticoncepción, el aborto…

+Pecados que claman venganza al Cielo (especialmente el que está de moda, la sodomía).

+los Novísimos (esta novedad sí que no les va), Muerte, Juicio, infierno y Gloria.

+ El elevado número de los que se condenan.

+La obligatoriedad de profesar públicamente nuestra santa fe.

+El mandamiento de santificar las fiestas, que obliga bajo pena de pecado mortal.

+En qué consiste exactamente, sin sentimentalismos almibarados, eso de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo por amor a Dios.

+Importancia de vestir modestamente.

+ETC…

En lo que a mí respecta ya ni me acuerdo de escuchar a un cura hablar católicamente de estos y otros temas candentes y por los que tantas almas se condenan cada día. Lo cuál me lleva a preguntarme, ¿qué clase de fe es la que se supone que tienen la grandísima mayoría de nuestros pastores?

El Señor no engaña a nadie: sin fe es imposible agradarle.

Pero no esa fe vana de la señora que comulga a diario y, si le preguntara uno acerca de su fe, respondería que “algo tiene que haber”. O la fe fiduciaria y subjetiva del protestante que “confía” en la misericordia de Dios aunque peque más que el mismo diablo. Sino la verdadera fe católica que consiste primeramente en creer con firmeza todas las verdades que la Iglesia nos propone para creer y que se resumen en los artículos del Credo para luego, con la gracia de Dios, hacerlas nuestras en la vida diaria.

San Agustín lo explica maravillosamente: “Los fieles deben creer los artículos del Símbolo para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (Fide et símbolo 10, 25). La fe viene principalmente de la predicación por parte de los ministros sagrados.

San Pablo, citando el Antiguo Testamento, afirma que “todo el que invoque el Nombre del Señor, se salvará”, para, a continuación, proseguir: “¿Pero cómo invocarán a Aquel en quien no creyeron? ¿O cómo creerán, si no oyeron hablar de Él? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique?¿Y cómo predicarán si no hay enviados? El sacerdote deja de ser un enviado de Dios cuando renuncia a su principal vocación, que no es otra que la de salvar almas a través de la predicación de la Palabra.

Señores pastores del rebaño de Dios, me dirijo ahora a ustedes.

¿Cómo esperan que después de haberse convertido ustedes a sí mismos en perros mudos que no alertan de los peligros más inminentes al indefenso rebaño de Dios, después de haber derribado las cercas del aprisco y de haber invitado a los lobos voraces a unirse a las ovejas en antinatural convivencia y camaradería, nos salvemos de morir despedazados? ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios?

¿Desconocen acaso que la vida cristiana es milicia, guerra continua contra el diablo, el mundo y la carne y que muy pocos son los que dan con la vía estrecha que lleva al Cielo?

¿Cómo pretenden hacernos creer que no pasa nada, que todo está bien? ¿No ven la falta de fe de sus mismos parroquianos o les da exactamente igual?¿No les afligen las largas colas para recibir el Santísimo Cuerpo de Cristo mientras los confesonarios permanecen vacíos?¿No ven que muchos de sus feligreses conviven libremente, abortan o se divorcian con buena conciencia?¿No recuerdan que quien comulga en pecado mortal come su propia condenación? ¿No creen ya en el infierno? ¿No aprendieron en el Seminario que Dios, además de misericordioso, es también sumamente justo y que un día nos juzgará a todos? La sangre de millares les será imputada si, callando cobardemente, no dan la voz de alarma y dejan a tantos dormir plácidamente en sus vidas de pecado.

Sacerdote católico, te lo dice un simple laico padre de familia: el día en que tomaste la decisión de callar o edulcorar la Verdad para no ofender ni soliviantar al personal fue el día más negro de tu vida. Más te hubiera valido (y aquí he de usar a mi pesar la dureza que me gustaría ver en tu predicación) amarrarte una piedra de molino al cuello y echarte al fondo del mar ese mismo día; así, por lo menos, no arrastrarías a tantos contigo al infierno.

No duermas, Hombre de Dios, (te lo ruego con el corazón en la mano), hasta haber reparado tus vergonzosas omisiones.

Si no fueras tan necesario para la salvación de tantos, si tu papel no fuera tan principal para la vida de la Iglesia, me darías igual, no dedicaría un segundo de mi vida a escribirte una sola palabra. Pero la Iglesia me enseña que tú, con toda tu debilidad y tus miserias a cuestas, fuiste llamado por Dios y consagrado para ser alter Christus, ¡ipse Christus! ¡El mismo Cristo en la Iglesia santa de Dios! No te rebajes, sacerdote del Dios Altísimo.

No tienes derecho a bajarte de la cruz a la que Dios te subió, como ningún cristiano lo tiene. No tienes absolutamente ningún derecho, padre, a no preparar seriamente tus homilías o a delegar en cualquiera tu deber sagrado de catequizar a los hijos de Dios. No tienes derecho alguno a no escandalizar, a no contradecir, a no ser desecho de los hombres, a caerle bien a todo el mundo. No te puedes permitir ser desalado por los enemigos de Dios; esos mismos que tantas veces se ríen de ti en tu misma cara y que acabarán por pisotearte como un patético pelele.

Si no me quieres escuchar a mí, que soy nada, al menos escucha a Aquel a quien dices servir.

Escucha y cree; cree y tiembla; tiembla y vive heroicamente, santamente, tu ministerio: “¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de su servidumbre, para darles el alimento a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda . Pero si ese siervo fuese malo y dijera en sus adentros: Mi amo tarda, y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y a beber con los borrachos, llegará el amo de aquél siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.”

Como ves, el Señor Dios Todopoderoso ha de tomar un día venganza de todos aquellos pastores hipócritas, vagos y cobardes que descuidan sus más elementales deberes para con la Iglesia.

Como no faltarán, seguramente, almas caritativas y muy espirituales que no comprendan que este pequeño e insignificante articulito nace del amor a la Iglesia mientras piensan aquello de que “a los sacerdotes no se les debe criticar, lo que debemos es rezar por ellos”, me gustaría terminar pidiéndoles a quienes hayan tenido la paciencia de llegar hasta aquí que recen conmigo la siguiente oración por la santificación de los sacerdotes, compuesta por santa Teresa del Niño Jesús:

OH JESÚS, QUE HAS INSTITUÍDO EL SACERDOCIO PARA CONTINUAR EN LA TIERRA

LA OBRA DIVINA DE SALVAR A LAS ALMAS:

PROTEGE A TUS SACERDOTES (ESPECIALMENTE A….)

EN EL REFUGIO DE TU SAGRADO CORAZÓN.

GUARDA SIN MANCHAS SUS MANOS CONSAGRADAS,

QUE A DIARIO TOCAN TU SAGRADO CUERPO

Y CONSERVA PUROS SUS LABIOS TEÑIDOS CON TU PRECIOSA SANGRE.

HAZ QUE SE PRESERVEN PUROS SUS CORAZONES,

MARCADOS CON EL SELLO SUBLIME DEL SACERDOCIO,

Y NO PERMITAS QUE EL ESPÍRITU DEL MUNDO LOS CONTAMINE.

AUMENTA EL NÚMERO DE TUS APÓSTOLES,

Y QUE TU SANTO AMOR LOS PROTEJA DE TODO PELIGRO.

BENDICE SUS TRABAJOS Y FATIGAS Y QUE COMO FRUTO DE SU APOSTOLADO

OBTENGA LA SALVACIÓN DE MUCHAS ALMAS

QUE SEAN SU CONSUELO AQUÍ EN LA TIERRA Y SU CORONA ETERNA EN EL CIELO.

AMÉN.

P. S.: El domingo del Domund de este año 2018, la misma señora volvió a subir al púlpito de la misma parroquia, después de proclamado el santo Evangelio, a predicar su “homilía”.

Félix Véliz

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Felix Veliz

Felix Veliz

Félix Véliz es un pecador que se sabe hijo de Dios, padre de familia graduado en educación secundaria y que ejerce la profesión de camarero.