El papa Francisco, la crisis de la Iglesia y la Tradición

El papa Francisco, la crisis de la Iglesia y la Tradición. Un artículo de Félix Véliz

Bendita la crisis que te hizo crecer, la caída que te hizo mirar al Cielo, el problema que te hizo buscar a Dios. (Padre Pío de Pietrelcina).

Creo que la Iglesia Católica tiene mucho que agradecerle al papa Francisco. Puede que muy pronto, incluso antes de que veamos subido a los altares como San Francisco papa, los católicos sepamos agradecerle al Cielo el habernos permitido vivir en tiempos de tan significativo personaje.

la crisis de la Iglesia y la Tradición-Marchando ReligiónPara muchos, entre los que se encuentra un servidor, ha habido en sus vidas un antes y un después del pontificado de Jorge Mario Bergoglio. Quizás sea éste también su caso.

La fe de numerosos católicos se ha visto profundamente fortalecida y enriquecida después de escuchar muchas de sus intervenciones y de conocer muchos de sus actos llenos de un irresistible y primaveral espíritu conciliar. Y es que Bergoglio está resultando ser una eficacísima vacuna contra el gran mal que aqueja a la Iglesia desde hace unos cincuenta años, cuyos más evidentes síntomas son: un galopante efecto del sí pero no (conocido tradicionalmente como la tibieza espiritual), una aberrante erupción de relativismo moral, doctrinal y litúrgico y la gangrena de la conciliación con el mundo enemigo de Dios.

Uno de los más grandes descubrimientos del Hombre fue precisamente ese: la vacuna.

Se trata, como ya usted sabe con toda seguridad, de inocular en un organismo enfermo una dosis del agente causante de la enfermedad con el objetivo de que dicho organismo produzca los anticuerpos necesarios para combatir el mal. En este sentido el papa de la misericordina ha resultado tremendamente providencial.

Muchos éramos los que, hasta no hace tanto, aplaudíamos como focas amaestradas cualquier ocurrencia proveniente de un Sumo Pontífice. ¿Que hay que celebrar un aquelarre con los representantes de las principales falsas religiones junto a la tumba de San Francisco renunciando así a la esencia de la evangelización..? ¡Bienvenido sea el aquelarre! ¿Qué hay que darle un besito reverente al Corán para aplacar la ira de los mahometanos ..? ¡Venga para acá el mamotreto! ¿Qué Hay que aprobar la secta de Kiko porque nos llena las JMJ..? ¡Pues se aprueba el engendro!

Y así podríamos continuar con un larguísimo catálogo de despropósitos papales que hasta hace poco nos pasaban desapercibidos, no eran vistos en toda su gravedad o, en el peor de los casos, eran furibundamente apoyados por muchos de nosotros.

Gracias a Dios, Señor Supremo de la Historia, arribó Francisco al solio pontificio para generar en muchos la buena dosis de verdaderos anticuerpos católicos que necesitábamos para combatir el penoso modernismo (que así se llama el gran mal) que nos aquejaba sin que lo supiéramos … El proceso de sanación no es muy evidente al principio (ninguna vacuna es mágica); al menos no lo fue para un pobre converso formado en el vaticanosegundismo, como es mi caso.

Sí que hubo detalles, muchos detalles, que me empezaron a parecer raros, extraños, indignos, quizás, de un sucesor de Pedro; pero se trataba nada menos que del papa de Roma, el Vicario de Cristo, el  “dulce Cristo en la Tierra”, elegido directamente por el Espíritu Santo para guiar al Pueblo de Dios, cual nuevo Moisés, a las delicias eternas de la verdadera Tierra Prometida. ¿Quién era uno para juzgar, menos aún, para albergar la más mínima crítica o duda en lo más oculto de su conciencia hacia la augusta persona del Sumo Pontífice? ¡Imposible! Dios, nuestro Señor, no se equivoca y todas las palabras y acciones de su elegido son casi sagradas y completamente infalibles.

Hasta que un buen día la dosis de modernismo bergogliano es ya la suficiente como para que el pobre modernista papólatra pase de su ceguera bienintencionada a abrir los ojos y a darse cuenta de que en la cúspide de la Iglesia no está el papa, sino Dios que es Quien tiene la última ¡la única! Palabra (si es que el pobre enfermo tiene principios, claro está).

En mi caso, estimado lector, esta dosis definitiva fueron las más desafortunadas y despreciables palabras que jamás imaginé escuchar en boca de un presunto hombre de Dios. Aquello sucedió en enero de 2015, en el vuelo de regreso del viaje de Francisco a Filipinas. Después de aquel monumental baño de multitudes, el Santo Padre debió de venirse arriba y expelió aquello de que “algunos creen que para ser buenos católicos debemos ser como conejos”. ¿Cómo conejos? ¿En serio? ¿La misma palabra que usan los enemigos de Dios para mofarse de las familias cristianas que no profanan el santo matrimonio con la anticoncepción dicha por un papa?

Aquello sí que fue demasiado para mis pobres oídos y, seguro estoy, para los de muchos que vieron en estas palabras una vil traición de quien se supone garante de la verdad católica contra el Magisterio de la Iglesia y contra los sacrificios que, con la gracia de Dios, realizan tantas familias para mantenerse fieles a él.

A partir de entonces ya nada se ve igual. El alma enferma va recobrando la salud perdida. Se va dando cuenta uno de que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Recuerda las palabras de nuestra Señora: Roma perderá la fe. ¡Qué tristeza! ¿Acaso quedará fe sobre la Tierra cuando vuelva el Hijo del Hombre? Se le va desbloqueando a uno la capacidad de discernir según los criterios de Dios, católicamente. Comienzas entonces a ver un despropósito tras otro, un error un día sí y otro también. Misericordia a precio de saldo. Lutero, testigo del evangelio. Amoris Laetitia: subjetivismo moral, comunión a los adúlteros. Premios a abortistas. Agenda sodomítica a toda vela. El crucifijo comunista blasfemo recibido y posteriormente justificado. Risotadas con el hereje Sosa. Encubrimientos nefandos. Traición a los mártires y confesores de la fe chinos. Silencio ante las dubia.¡ No al proselitismo : todos somos hijos de Dios! Ataques rastreros y constantes a todo lo que huela a católico… Etc.

La decepción que se siente es algo realmente indescriptible. La sensación de orfandad no hay manera de explicarla.

El papa, ¡mi papa!, contribuyendo a desguazar lo que queda de Iglesia. Hace menos de tres años hubiera considerado impensable manifestarme así del Santo Padre. Pero no nos ha quedado a muchos otro remedio en vistas de la gravedad de la situación ante la que nos encontramos que hablar claro, que hacer uso responsable de la libertad de Hijos de Dios que nos ganó el Señor en la Cruz y nos dio gratuitamente el día de nuestro bautismo.

La verdad del Evangelio de Jesucristo está por encima de todo y de todos. Tanta confusión se ha vuelto insoportable.

El modernismo “compendio de todas las herejías“, en palabras de san Pío X se ha apoderado de la Santa Iglesia. Nadie menos que Pablo VI ya lo aseveró con rotundidad en su momento: “el humo de satanás se ha metido por alguna grieta dentro del Templo de Dios”, independientemente de que él personalmente sea culpable de haber ayudado a abrir tal grieta, razón no le faltaba.

Ante este panorama desolador, ante el imperio subyugante de la cizaña en el trigal de Dios ¿qué hemos de hacer los neoconversos, aquellos que nos hallamos luchando por desterrar de nuestras almas los últimos vestigios de la enfermedad modernista?

Ante todo, y esto queda cada vez más claro, hemos de trasplantarnos a la tierra fértil a la que pertenecemos naturalmente los cristianos y de la cual nos arrancaron hace cincuenta años sin siquiera preguntárnoslo: la Santa Tradición Católica. ¡Hay tanto que recuperar! ¡Hay tanto que aprender; tanto que reconquistar! ¡Tanto que arrebatar de las garras hediondas de satanás..!

La tarea parece imposible para quien se sabe nada…Mas, con Dios a mi derecha no vacilaré, pues, ¡todo lo puedo en Aquél que me conforta! Por lo tanto, sursum corda, resto fiel, que la Iglesia agoniza y se necesitan ánimos viriles.

¡Gritemos alto y claro la Verdad! ¡Recemos, reparemos, consolemos al Sagrado Corazón de nuestro Buen Jesús, rodeado de tantas espinas! Creo que la Iglesia católica tiene mucho que agradecerle al papa Francisco.

Félix Véliz

 

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Felix Veliz

Felix Veliz

Félix Véliz es un pecador que se sabe hijo de Dios, padre de familia graduado en educación secundaria y que ejerce la profesión de camarero.