Cuarta y quinta aparición en Lourdes

Cuarta y quinta aparición en Lourdes, un artículo de Rosa Jordana

El hecho de que Bernadette estuviera alojada en casa de los señores Milhet, significó una fuerte convulsión para los Soubirous. Que la hermana mayor de Louise, Bernarde, se lo reprochara tan duramente, unido al miedo con que los padres de la niña vivían los acontecimientos, les llevó a un profundo desasosiego. Ya habían aceptado que no podrían impedir que la niña visitara la Gruta, puesto que Madame Milhet -con su autoridad implícita- andaba recordándoles que Bernadette había prometido ir durante quince días. Además, el revuelo que había en Lourdes parecía un río cuya corriente llevaba también a Massabielle y las autoridades civiles y policiales no habían actuado en contra, de momento. François y Louise lo temían todo.

quinta aparición en Lourdes-Marchando ReligiónLa tarde del jueves 18, Louise había decidido ir a la Gruta el día siguiente. Tomó esta decisión impelida por su hermana Bernarde que estaba resuelta a ir y, sobre todo, a urdir un plan para arrancar a Bernadette de las “garras” de los Milhet.

El viernes, 19 de febrero, amaneció muy frío. Del Gave subía una densa niebla hacia la villa y la noche había dejado una capa de hielo en toda la comarca. Madame Milhet y Bernadette asistieron a Misa esa mañana y a las nueve llegaron al Cachot para encontrarse con su madre. Lo primero que vio Louise es que Bernadette no llevaba su “capulet” blanco. Su calentito “capulet”, ideal para protegerla, precisamente ese día tan gélido. En su lugar llevaba un pañuelo negro.

Louise se lo recompuso y pensó en cómo era de urgente que Bernadette volviera a casa. De allí, se fueron a recoger a tía Bernarde en la esquina de la Rue du Bourg con la Rue du Baous -actual Rue de la Grotte-, donde estaba la fonda Nicolau de la que era dueña desde que se casó. Llevaba el cirio bendecido el día de la Candelaria que le había dado su hermana Basile. Al ver a su sobrina, también remugó contra el pañuelo negro. Emprendieron el camino de siempre, Rue du Baous -rue de la Grotte actual- hasta el puente.

Dos vecinas las vieron desde sus ventanas y corrieron a unirse a ellas. En el camino se encontraron a cuatro mujeres más que también iban a la Gruta, Josèphe Barinque, la mujer del zapatero, Madelaine Pontic, Germaine Raval y Enmanuelite Estrade -hermana pequeña del recaudador de contribuciones, al que encontraremos pronto-.

Ese día, quizás por deferencia a su madre, Bernadette no se adelantó, a pesar del inmenso deseo de correr hacia Massabielle. Cuando llegaron, la niña se prosternó al pie de la roca e hizo su bella Señal de la Cruz. Su tía Bernarde le dio su cirio. Tenía el Rosario en la mano derecha y el cirio en la izquierda. En adelante seguirá con esta costumbre. En torno a ella había unas diez mujeres.

Empezó a recitar el Rosario y a la tercera Avemaría entró en éxtasis. Toda ella parecía atraída hacia el Cielo. Todas sus acompañantes remarcaron, posteriormente, el maravilloso cambio que se obraba en el rostro de la niña: su piel parecía transparente y su mirada estaba fija, sus ojos no parpadeaban. En algunos momentos sus labios se movían, pero nadie oía nada.

Todas se arrodillaron y rezaban, sin dejar de observar a Bernadette. Louise no quitaba los ojos de encima a su hija, angustiada. Nunca la había visto tan bella, pero tampoco tan pálida y tan frágil. De pronto lanzó un grito “Dios mío, no te la lleves”. Y creyó. Tía Bernarde pensó que su sobrina se moría y corrió a cogerla en brazos. Hubo un griterío y… Bernadette recuperó el color.

Nadie sabe lo que había durado. De retorno a sus casas, las mujeres hablaban sobre esto y llegaron a un medio consenso en que había durado un cuarto de hora. Bernadette no decía nada. Durante el camino de vuelta, meditaba. Las preguntas de las mujeres que habían estado con ella eran referidas a los gestos de saludo y las sonrisas de Bernadette. Ella sólo respondió: “Yo saludo porque Aqueró saluda y sonrío cuando ella sonríe”.

Bernadette SoubirousA partir de ese día Bernadette ya no se refirió más a la visión como “la señorita” o “era petito damizello”, en bigourdan. Las mujeres le habían insinuado que era una falta de delicadeza llamarla así. Le pareció que Aqueró reunía un mayor consenso entre los que la inquirían. Y, por pocos días, empezó a llamarla así.

Esa tarde la difusión de estos acontecimientos subió un escalón más. Los “cuentos” de tres niñas primero y luego de varias mujeres pasaron a ser tratados en el “Café Français”. Jean-Baptiste Estrade, el recaudador de contribuciones, relató lo que había visto su hermana, si bien, él tomó distancia y, a su escepticismo, añadió un tono casi burlesco. Monsieur Lacadé, el alcalde, intentó quitarle importancia, pero el fiscal Dutour y Monsieur Lannes, el dueño del almacén de tabacos, acusaron a Estrade de difundir patrañas.

Al fondo de la sala, el Doctor Duzous disertaba nuevamente sobre trastornos mentales ante, nada más y nada menos, que lo más granado de la sociedad lourdesa: Monsieur Dufó, abogado; Monsieur Pougat, presidente del Tribunal de Justicia (que acabará siendo uno de los pocos defensores de la pequeña); Clément Pailhasson, el farmacéutico; el Juez Ribas; Monsieur Germain, ex veterinario militar y el Doctor Balencie -médico del hospital, que se pasó la tarde asintiendo calladamente, entre cabezada y cabezada-. El que estaba desbordantemente eufórico era Monsieur Poueydébat, dueño del Café. ¡Estaba lleno!

Era evidente que la novedad de las apariciones ya no era tal y entró en fase de debate público a un nivel superior a las habladurías de la gente sencilla. La afluencia de gente a la Gruta empezaba a inquietar a los responsables del orden público y es que el ir y venir de gente no cesaba en Massabielle.

Ese sábado, 20 de febrero, también se presentó gélido. Antes de las seis de la mañana diversas mujeres se habían congregado en la Gruta, entre ellas estaban las esposas de varios picapedreros y artesanos, como Madame Capdevielle -esposa del tallador de pizarra para el Puente Nuevo-, con su hijo Louis, de nueve años, quien, en el futuro, llegaría a ser un pintor reputado. También había muchas mujeres congregantes de María. Todo el espacio entre la roca y el Gave estaba ocupado. Había una treintena de personas.

Bernadette llegó entre las seis y las siete, junto a Madame Milhet, su madre, sus tres tías -Bernarde, Basile y Lucile-; Rosine Cazénave -hermana del dueño de las diligencias para el que trabajaba François-; Germaine Raval y Louise Lannes -esposa del expendedor de tabaco- y su hermana. A su llegada alguien de los presentes gritó “Es Bernadette”. Y, de pronto, se hizo un emocionante silencio.

La niña no estaba impresionada ni inquieta al ver a tanta gente. Más bien parecía indiferente a todos. Ocupó su sitio habitual, una piedra bastante plana, y se arrodilló mirando a la hornacina. En su mano derecha llevaba el Rosario y en la izquierda un cirio.

Empezó su plegaria con su impresionante Señal de la Cruz, seguida del Rosario y, al poco rato, entró en éxtasis. Parecía inclinar su cuerpo hacia la roca. Fue una aparición menos breve que la del día anterior.

Después del Rosario hubo una conversación entre la niña y Aqueró en la que ésta le confió un secreto que Bernadette confesó que le concernía sólo a ella y que guardo toda la vida. Luego le enseño una oración, palabra a palabra, pidiéndole que la rezara cada día. No la olvidó jamás, como es natural. La conversación termino con un “si” de Bernadette y un suspiro. Entonces recuperó su color y tuvo un gesto de sorpresa y decepción, como si le costara volver a la realidad.

En el camino de regreso a la villa, se encontraron con gentes que acusaron a Bernadette de tramposa y mentirosa. Su madre y sus tías la arroparon, pero ella parecía no haber oído. Era una reacción con la que tendría que convivir, en adelante. Implicaba cierta violencia hacia ella y así lo percibían los Soubirous. Sin embargo, Bernadette nunca le prestó demasiada atención.

En cambio, las mujeres que habían asistido a la Aparición volvían transportadas en una sensación de sosiego difícilmente descriptible: la impresión de la cara de Bernadette, el haber estado en una especie de atmosfera celestial, el recuerdo de la oración en Massabielle… Todo muy parecido a lo que describen los peregrinos actuales, salvo la presencia de Bernadette, claro.

Ese día, después de comer, según el plan de tía Bernarde, Berdadette volvió al Cachot. Pocos metros separaban ambas casas, pero eran mundos distintos y la niña se sintió muy feliz de volver a su pobre y maloliente hogar. Fue providencial que tía Bernarde interviniera ante Jeanne-Marie Milhet, si bien no consta si ésta se quedó muy convencida. Estaba segura de estar haciendo un bien a la niña. Sin embargo, François y Louise querían a Bernadette con ellos y la niña quería estar en su casa y esta situación no tenía sentido para ninguno de ellos, ni para nadie de la familia. Puede que incluso hubiese sido utilizada en su contra por los que, a partir del día siguiente, comenzaron a intervenir.

La tarde de ese sábado se presentó en Lourdes, a lomos de su caballo, Monsieur Renault, Jefe del Escuadrón de la Gendarmería, ubicado en Tarbes. Su presencia en Lourdes aceleró diversas medidas.

De estas dos apariciones hay que destacar el éxtasis de Bernadette. En ciertos momentos asentía con la cabeza, otras, negaba, y cuando reía lo hacía alegre y dulcemente. Todo con una gran naturalizada y sencillez. No jugaba, estaba “en otro lugar”. Era necesario estar a su lado para darse cuenta de que, en medio del pesado silencio de los cientos y hasta los miles de personas que llegaron a concentrarse alrededor de la Gruta, sus facciones experimentaban sentimientos distintos: alegría, tristeza, sorpresa, admiración… Todos los que pudieron aproximarse a ella y observarla de cerca, dijeron que era tan bello que no alcanzaban a explicarlo con precisión y que les sorprendía esta actitud en una niña.

Y cuando se le preguntaba a ella, la única respuesta que daba era que compartía los sentimientos de “la Dame” como empezó a llamarla cada vez más frecuentemente -en una progresiva sustitución del término “Aqueró”- a partir del día siguiente.

Me gustaría subrayar algo de estas dos apariciones y que concierne también a la siguiente. Sorprende que la Santísima Virgen o no diga nada -después de haber hablado ya- o diga algo que sólo concierne a Bernadette. Por lo que he podido leer o escuchar en alguna intervención de los capellanes del Santuario en Lourdes, parece como si se estuviera dando tiempo a Bernadette para que preparase su alma.

Dicho de otro modo: se estaba fraguando una gran transmisora de mensajes. A pesar de su edad, de su ignorancia y la gran sencillez que la caracterizó toda su vida, Bernadette sorprendería a no mucho tardar por la seguridad con que se expresaría y por su contundencia.

Al mismo tiempo era fascinante ver cuán interiorizado tenía su papel de mera transmisora. En ningún momento pretendió ser otra cosa, no añadió, ni quitó, no quiso convencer a nadie -eso a mí, personalmente, me impresiona-. En definitiva, no quiso asumir ningún otro papel. Por otra parte, a partir de estos tres días, Bernadette tendría que afrontar dos reacciones de la gente, absolutamente opuestas: la de los que la cuestionaron y la acusaron ferozmente y la de los que la halagaron e intentaron obsequiarla. Se mantuvo distante de ambas, siempre. ¡Tenía sólo 14 años y hacía menos de un mes que iba a la escuela!

Precisamente, el domingo 21 de febrero, las autoridades empezaron a interrogar a Bernadette. Pero antes, vería de nuevo a Aqueró.

Rosa Jordana

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Rosa Jordana

Rosa Jordana

Rosa Jordana: Licenciada en Ciencias de la Educación. He trabajado con niños y para niños. Mi pasión es Lourdes, donde peregriné por primera vez con diez años y no he dejado de hacerlo. Mi ilusión es que peregrinemos allí, Vds. y yo juntos cuando nos encontremos en estas líneas. Nos espera la Santísima Virgen