Sed fecundos y multiplicaos

Sed fecundos y multiplicaos.

REFLEXIONES BREVES SOBRE LA VIDA, un artículo de Félix Véliz.

El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. JN 10 10.

Hablemos un poco sobre la familia fecunda.

Sed fecundos y multiplicaosEn los albores más remotos de la creación, apenas hubo el Hombre erguido su cuerpo del barro original, nuestro Padre Dios le dictó, antes incluso que cualquier prohibición, un mandamiento positivo:

                                                            Sed fecundos y multiplicaos.

Modelado para guardar la creación y labrar la tierra generosa, hecho para procrear nuevos Hijos del Altísimo que poblaran el mundo de gratitud y adoración al Padre común; creado, en definitiva, a imagen y semejanza de un Dios que derrocha vida, ¡que es la Vida!, inició el Hombre su andadura revestido de una dignidad nada despreciable.

Luego, ya sabemos, pasó lo que pasó…no obstante la caída en el pecado, el llamamiento al trabajo y a la fecundidad se mantuvo tan vigente, como el amor del Creador por su criatura herida. Desde entonces, ¡sed fecundos y multiplicaos!, resuena la voz del mandato divino en lo más interior del alma humana, generación tras generación, como un indeleble recordatorio de nuestra original grandeza.

Nuestros antiguos padres sabían perfectamente y aceptaban como una verdad incuestionable que la fecundidad es la mejor y más clara garantía de la bendición divina:

“La herencia de Yahvé son los hijos, su recompensa el fruto del vientre; como flechas en mano de un guerrero son los hijos de la juventud. Feliz el varón que llena con esas flechas su aljaba” Salmo 127.

Los hijos de Abraham se sabían depositarios y artífices de la promesa que hiciera el Creador a su ancestro: tu descendencia será más numerosa que las estrellas del cielo; en consecuencia, la que no había sido bendecida con la fertilidad, se postraba en el santo Templo, suplicando entre lágrimas obtener el inapreciable don de un hijo o el que se negaba a hacer un uso honesto del acto conyugal cerrándose a la posibilidad de transmitir la vida era duramente reprobado por Yahvé. Las páginas de la Sagrada Escritura están transidas de interminables genealogías que testimonian la generosidad de un pueblo escogido por Dios para que de él, llegado el momento culminante, naciera el Autor de la vida.

Este mandamiento a la fecundidad (reitero, el primero en un sentido cronológico dado por Dios) no fue abrogado ni mitigado por Nuestro Señor Jesucristo, quien no vino al mundo a abolir la antigua Ley, sino a darle cumplimiento.

Sin embargo, revelando y proclamando a los hombres que el Reino de Dios había llegado y que sus intereses, los del Reino, estaban muy por encima de los intereses a veces legítimos pero siempre parciales de la carne, el Hijo de Dios abrió nuevas perspectivas a la obligación de ser fecundos apenas ligeramente insinuadas en el Antiguo Testamento.

Así, en esta última etapa de la Historia, algunos miembros del santo pueblo de Dios reciben la vocación a ejercer la paternidad en un sentido puramente espiritual haciéndose a sí mismos eunucos por el Reino de los Cielos, a imagen de Nuestro Señor y de su santa Madre.

De este modo, matrimonios, sacerdotes, consagrados y laicos célibes cooperamos juntos con la gracia del Señor para agrandar la familia de los Hijos de Dios que han de ser alabanza de su Gloria por toda la eternidad.

¿Alguien puede siquiera imaginar una misión más grande y estimulante que esta?

En nuestro ADN católico, por lo tanto, están impresos miles de años de apertura a la vida, de forma tal que podemos afirmar rotundamente que la familia fecunda supone todo un compendio de los principales aspectos de la visión antropológica del cristianismo, pues ella, la familia abierta a la vida, es su más evidente e inmediato resultado.

La cristiana es desde su inicio una civilización profundamente vital que fundamenta su fe en la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (curiosamente el único punto del anuncio paulino que no estuvieron dispuestos a escuchar los aeropagitas atenienses), que se opuso a la atrocidad del circo romano, a los excesos en el comer y al suicidio, a los crímenes del aborto y del infanticidio, al asesinato de inocentes (que no a la pena de muerte ni a la guerra justa) al mismo tiempo que edificaba sus cimientos sobre la base del matrimonio sacramental cristiano uno, indisoluble y fecundo.

La consciencia de la sacralidad de la alianza conyugal, de toda vida humana y de la misión encomendada por Dios a través de la Iglesia a los esposos, llevó a nuestros antepasados a abrirse con gran generosidad a la vida, recibiendo todos los hijos que el Señor en su providencia tuviera a bien enviar al matrimonio como un valiosísimo don.

Hasta no hace demasiadas décadas no eran raras las familias católicas bendecidas con más de diez vástagos, así como tampoco las que contaban entre sus miembros con varias vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada. Hasta no hace demasiados años las familias católicas vibraban pletóricas de chiquillos que endulzaban la existencia del más renegado con el alegre presagio de un futuro esperanzador. Hasta no hace mucho, la santa Teresa del siglo XX, Madre Maravillas de Jesús, santificaba la geografía española poblándola de numerosos palomarcicos de la Virgen rebosantes de novicias, y la diócesis más insignificante contaba con un muy nutrido y santo número de seminaristas que aprendían a celebrar dignamente la misa y a ser sacramento vivo de la presencia de Nuestro Señor Jesucristo en medio del pueblo.

Hasta hace no demasiado, en fin, casi nada hacía presagiar el desolador panorama familiar con que nos encontramos hoy en la Iglesia y en el mundo. Pero acerca de esto diremos algo en otra ocasión, si Dios lo permite.

Félix Véliz

¿Les ha gustado este artículo de Félix, “sed fecundos y multiplicaos“?  Les invitamos a quedarse en nuestra página y recorrer nuestras distintas secciones: arte, espiritualidad, cine…

 

👉 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Felix Veliz

Felix Veliz

Félix Véliz es un pecador que se sabe hijo de Dios, padre de familia graduado en educación secundaria y que ejerce la profesión de camarero.