La familia, el cardenal Caffarra y los Simpson

La familia el cardenal Caffarra y los Simpson, un artículo de Félix Véliz

Yo, la Luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

El santo Cardenal Caffarra, poco después de hacerse pública su firma en las dubia que pedían al papa reinante claridad en medio de la confusión generada por la exhortación post sinodal Amoris Laetitia, murió, a imagen del Divino Maestro, en una casi absoluta soledad. Quien no lo atacó explícitamente (como muestra de firme adhesión al Supremo Líder) le dio la espalda mirando hacia otro lado si lo veían venir por la misma acera; como hacen las buenas señoronas pudientes ante la ofensiva estampa de un desarrapado.

Aún resuenan en nuestra memoria aquellas palabras que el Papa Francisco inspiró a uno de sus profetas mayores, el Cardenal Madariaga, a la sazón coordinador del sanedrín que ayuda a Su Santidad en el desgobierno y reaggiornamiento primaveral de la Iglesia:

En primer lugar, creo que no han leído Amoris Laetitia, porque lamentablemente este es el caso. Conozco a los cuatro cardenales (los firmantes de las dubia), y les digo (ríe con desprecio): ¡Están ya jubilados, están ya jubilados! ¿Cómo es que nunca han dicho nada sobre los que fabrican armas? Algunos están en países que fabrican armas y venden armas para todo el genocidio que está teniendo lugar en Siria, por ejemplo. ¿Porqué? Yo no quiero ser, digamos, demasiado duro, sólo Dios conoce la conciencia de la gente y su motivación interior, pero desde fuera me parece un nuevo fariseísmo. Se han equivocado, hagan otra cosa.

Estos vituperios del Arzobispo de Tegucigalpa supusieron un duro mazazo papal contra quienes pretendían defender la sana y bimilenaria doctrina de la Iglesia sobre los sacramentos de la penitencia, la Eucaristía y el matrimonio frente ese Caballo de Troya burdamente travestido de puro tomismo que supuso, supone y supondrá el mencionado bodrio pontificio.

Este santo hombre de Dios, nacido en una pequeña ciudad del norte de Italia en 1938, recibió en 1981 el encargo por parte del papa Juan Pablo II de fundar el Instituto Pontificio para los Estudios del Matrimonio y la Familia.

Su profunda piedad mariana le inspiró escribir una carta a la madre Lucía de Jesús, vidente de nuestra Señora en Fátima, solicitándole su intercesión ante la trascendental tarea encomendada. Para su sorpresa (como él mismo declararía más tarde), la anciana carmelita descalza le respondió con una sustanciosa carta llena de sabiduría espiritual. En el valioso documento podemos encontrar la siguiente afirmación de tintes proféticos:

La batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será acerca del Matrimonio y de la Familia. No teman, porque cualquiera que actúe en favor de la santidad del Matrimonio y de la Familia siempre será combatido y enfrentado en todas las formas, porque éste es el punto decisivo. Sin embargo, Nuestra Señora ya ha aplastado su cabeza.

¡Quien le hubiera dicho al Cardenal que algunos años después probaría en primera persona y de forma tan dolorosa la veracidad de tales palabras!

Y es que nada desata tanto el furor de la ira del infierno como lo hace la familia, especialmente la familia cristiana, como todos podemos fácilmente comprobar a diario en un mundo que exalta la promiscuidad, el concubinato, el divorcio, la anticoncepción, el aborto, la sodomía y todo aquello que atente contra la familia como siempre había sido concebida.

Pero, ¿a qué se debe este odio del diablo y de sus hijos que se ha ido transformando en una sangrienta ofensiva por tierra, mar y aire que no se detiene ni ante la vida de los propios hijos “no deseados’’?

La respuesta podemos vislumbrarla en estas palabras de la “Carta a las familias’’ de Juan Pablo II” http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/1994/documents/hf_jp-ii_let_02021994_families.html: “a la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida. El “Nosotros’’ divino constituye el modelo eterno del “nosotros’’ humano; ante todo de aquél “nosotros” que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina“. Ahí es nada…Dicho de otro modo: la institución familiar constituye una especie de sacramento de la Santísima Trinidad que visibiliza y refleja los más esenciales aspectos de su “modelo originario’’, es decir, de Dios mismo. Sólo a partir de esta visión cristiana de la familia y de su papel puede comprenderse la magnitud del ataque a que está siendo sometida la célula fundamental de la sociedad. Le comentaré a continuación sólo un pequeño, aunque no despreciable, ejemplo de esta guerra que manifiesta claramente que uno de sus pilares es la manipulación de las mentes infantiles.

Cuando mi hija mayor apenas comenzaba a hablar, un día nos sorprendió a mi esposa y a mí con un sonoro “papá es tonto“. Imagínese usted nuestra sorpresa ante tal afirmación (no precisamente por ser del todo desacertada, sino más bien por el limitado vocabulario de la pequeña y su aún no muy afinado sentido crítico).

¿Dónde habría escuchado algo así?-Nos preguntábamos. A los pocos días descubrimos la fuente emponzoñada donde menos lo hubiéramos esperado: una popularísima serie de dibujos animados. Se trata de una familia de cerdos muy feliz en la que la protagonista, una niña-cerda, se encarga de señalar la estulticia de su padre al final de casi todos los capítulos entre el jolgorio del resto de familiares. Lo más gracioso es que a la cerda no le falta razón: el padre es un tonto crónico en toda regla, un estúpido sin un ápice de autoridad paterna…

Una vez descubierta la mala influencia, nos dimos cuenta de que este padre bobalicón y totalmente ridículo era todo un patrón que se repetía casi invariablemente en todas las series de dibujos que representaban familias desde finales de los ochenta (al menos) hasta la actualidad.

Recuerde algunas de estas series y verá: Los Simpsons, El asombroso mundo de Gumball, Padre de familia, El pequeño reino de Ben y Holly…(los padres de niños pequeños saben de qué hablo).

Como puede usted ver hay para todos los gustos y edades infantiles. De lo que se trata es de ir metiéndoles en la cabeza a los niños desde muy pequeños ciertos estereotipos y modelos familiares que contradicen abiertamente el plan de Dios sobre la familia.

No ver detrás de todo esto la premeditada maldad de quienes quieren rediseñar la familia para acabar destruyéndola ya es pecar de demasiado ingenuo, ¡digo yo! Pero no me tilde usted de conspiranoico tan a la ligera… Desde aquel momento le hemos comentado el tema a muchos padres que conocemos del colegio o del parque y, sorprendentemente, muchos ya se habían dado cuenta y desaprueban como nosotros tal influencia de estos dibujos. No está de más decir que, a diferencia de un servidor y su señora, no se trata de fariseos rígidos con cara de pepinillos en vinagre, sino de buenos ciudadanos más o menos paganizados.

El combate es a vida o muerte. Estamos, casi sin darnos cuenta, inmersos en medio de una guerra sin cuartel contra todo lo que de bueno, santo y bello nos legó la Cristiandad. ¿Aún alguien lo duda?

Esto me recuerda a aquellas minas antipersona en las que se colocaba un juguete para destrozarle las piernas a algún niño con ganas de jugar; sólo que aquí se trata de ir destrozándole el alma a los pequeños minando poco a poco su percepción hacia lo más preciado que tienen: sus padres. El disparo tampoco es azaroso, pues apunta directamente hacia uno de los puntos neurálgicos sobre los que se edifica la familia sana: la autoridad del padre y la apertura a la vida de la madre. Si falla alguno de estos dos aspectos, falla todo, la familia hace aguas, está mortalmente tocada.

Imagínese usted una familia en la que los miembros buscan todos su propio interés; en la que el padre fuera un mindundi de tres al cuarto perfectamente reemplazable; muchas de las decisiones sean tomadas democráticamente pues no hay jerarquía, nadie manda; la progenitora decidiera cómo, cuándo y dónde tener a su hijito único y especial (o la parejita como mucho, por no hablar de los proliferantes perrhijos); una familia, en fin, en la que importara más el tener que el ser, la cantidad de juguetes y de viajes que el número de hermanos, por ejemplo. Imagínese usted no una, sino millones de familias como ésta y la pútrida sociedad resultante y verá el interés de las tinieblas por convertir a la familia en una caricatura barata y fétida de lo que verdaderamente es: el sacramento por antonomasia de la Tinidad Divina, donde nace y se forma el Hombre.

Hace mucho que los enemigos de Dios comprendieron que, para herir a Dios habían de destruir al Hombre y para destruir al Hombre tenían primero que acabar con la Familia.

Como hemos visto, no dudan ni en manipular la mente de los más pequeños. Ante tal panorama preocupante, sin embargo, no nos es lícito a los cristianos el desánimo ni la desesperanza; pues sabemos que el enemigo ya tiene la cabeza pisada y que, al final, triunfará el Inmaculado Corazón de María.

Nuestra fe, que vence al mundo, nos sostiene en medio de la tribulación. Y la fe nos muestra claramente qué modelo de familia es el que agrada a Dios.

La familia cristiana se basa, como es sabido, en el matrimonio de un hombre y una mujer más la prole que Dios tuviera a bien enviarles en su providencia. El padre es el cabeza de familia, la autoridad máxima del hogar y quien provee principalmente los medios económicos del mismo . La madre es, ante todo, eso mismo: madre; y a través de su maternidad generosa se realiza y se supera a sí misma. Este modelo de familia se apoya en la Revelación, tanto en la Sagrada Escritura como en la Sagrada Tradición Apostólica custodiada, transmitida y vivida fielmente por la Iglesia en sus dos mil años de historia. Para terminar, nada más apropiado que recordar la Palabra de Dios, nuestro Padre:

Sed sumisos los unos a los otros, por respeto a Cristo: las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo. Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo Amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (…) Ef 5 21…

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Felix Veliz

Felix Veliz

Félix Véliz es un pecador que se sabe hijo de Dios, padre de familia graduado en educación secundaria y que ejerce la profesión de camarero.