Injusticia y perdón

Injusticia y Perdón: El dolor por el pecado cometido

<<Dios odia el pecado, y ama al pecador; el hombre ama el pecado y odia al pecador, se aprovecha del delito y condena al delincuente. El odio criminal es uno de los más tristes sentimentos humanos.>>

Miguel de Unamuno. Diario Íntimo.

Una amiga, hace algún tiempo, me contó algo que le había pasado: mientras que esperaba el autobús para regresar a casa tras impartir sus clases, dos chavales se le acercaron muy rápidamente y le quitaron los libros y el chaleco que tenía en las manos. Afortunadamente no hubo violencia ni tampoco grandes pérdidas; mi amiga se espantó, por supuesto, pero no le hicieron nada más.

Mientras que me contaba esta historia algunos días después, me dijo que no estaba enfadada con los chavales: la cosa había sido tan pequeña, según ella, que no existía ninguna razón para el enfado. Los había perdonado.

Injusticia y perdónSu actitud, sin lugar a dudas, fue muy buena. Pienso que yo, en su lugar, me habría enfadado terriblemente aunque no me quitasen nada. Quizás ni siquiera tuviese la madurez de perdonarlos. Pero mi amiga sí que la tuvo y además sintió lástima por ellos: le parecía incluso ridículo que dos personas fuesen capaces de robar libros y un chaleco. ¿Qué podrían hacer con éstas cosas? Y entonces – como nos pasa a todos en los acontecimientos de la vida que nos llaman la atención – ella se puso a reflexionar y concluyó que aquellos chavales no tenían la culpa de lo que habían hecho; habían crecido en una comunidad bastante pobre, con una educación floja y sin dinero. Mientras tanto veían que los que tenían dinero y estaban cerca de ellos lo habían conseguido gracias al crimen. Ésta, según reflexionó mi amiga, era toda la “visión de mundo” que tenían aquellos chavales. Por lo tanto no podrían ser considerados “culpables”.

Antes de seguir adelante quiero decir que este episodio demuestra el admirable carácter de mi amiga y la sinceridad de sus ideas, incluso en una situación capaz de enfadar y amedrentar a cualquiera. Sin embargo, no me parece correcto quitarle a alguien la responsabilidad por sus acciones. El sencillo hecho de ponerse al lado del ofensor nos ayuda a comprender que, como semejantes, quizás hubiéramos hecho lo mismo.

Pero aquí se apartan las visiones de mi amiga y la mía: ella – como muchas otras personas – puede creer que hubiéramos hecho lo mismo también por la falta de oportunidades, por la educación floja, por la pobreza, etc; mientras que yo creo que hubiéramos hecho lo mismo porque somos capaces – y muy capaces – de perversidad.

En su autobiografía Chesterton nos cuenta acerca de un debate que tuvo con un Mr. Blatchford, miembro del Labour Party, quien defendía precisamente una clase de determinismo: Pero este determinismo le atrajo por medio de otro sentimiento muy normal: el sentimiento de la compasión pura. Llamó a su libro de panfletos deterministas una súplica del desvalido.

Es obvio que todo el tiempo pensó en este género de personas pobres, despreciadas y, con frecuencia, oprimidas, que en realidad pueden ser llamadas desvalidas. Para él y para muchos otros de saludable, pero vago sentimiento moderno, la noción de pecador generalmente está conectada por entero con la noción de un borracho o de un vagabundo ladrón, o de alguna otra clase de pícaros en pugna con la sociedad.

En el groseramente injusto sistema social que sufrimos es bastante probable que muchos de estos sean castigados injustamente y que incluso alguno ni siquiera sea responsable del todo. Y Blatchford, viéndolos ser conducidos a prisión en manada, sintió ni más ni menos que compasión por el débil y el desafortunado, lo cual, en el peor de los casos, era una exageración algo torcida de la caridad cristiana. Él estaba tan ansioso por perdonar que negó la necesidad del perdón.

Es muy probable que la visión de la injusticia sobre abundante haya movido tanto a Mr. Blatchford como a mi amiga. Pero en la última frase de Chesterton está la clave: para perdonar hay que reconocer la necesidad del perdón. Si un hombre ha cometido un crimen “sin culpa”, ¿como se le puede perdonar? Es imposible. Si todo está realmente determinado por las circunstancias no hay elección y no se puede hablar de culpa ni perdón. Como sabemos, la negación de la libertad humana no ha muerto. Pero, a la vez que se le niega a un hombre su libertad, también se le niega la posibilidad de arrepentirse y de pedir perdón. Y ésto me parece una tremenda crueldad.

En un artículo anterior hablábamos, siguiendo al Padre Castellani, que una injusticia sufrida es una herida que nace en el hombre y que le atormenta sin cesar; trae consigo el deseo de venganza, de pagar al agresor con la misma moneda.

Entonces, si a un hombre que está encarcelado cumpliendo su condena se le viene con el cuento de que no ha tenido la culpa de su crimen, él se creerá también víctima de una injusticia; creerá que le han encarcelado sin razón. Y se resentirá. Cada día de su condena será para él una nueva razón para odiar a los que le han encarcelado e incluso la persona contra quien cometió el crimen. Este hombre estará totalmente ciego para la realidad y será casi imposible que se arrepienta; incluso es muy probable que haga cosas peores tan pronto como recupere su libertad.

Él no deseará el perdón por no creer que realmente haya hecho algo malo, porque en su ceguedad el mal le habrían infligido a él. Este alejamiento de la realidad le hará más resentido y perverso. Entonces, para su mente turbia, ya no existirá nada como el perdón. Y ésta sí es una condena terrible para la cual no hay libertad: es la desesperación.

Un hombre sólo puede arrepentirse de algo que ha hecho y que, cualesquiera que sean las circunstancias, sabe que es malo. Se arrepiente por la objetiva fealdad de lo que ha hecho, por el daño que ha infligido a su semejante, por la necesidad de reparar ese mismo daño y también para poder reconciliarse. Los hombres rehenes de sus vicios son los que pierden su libertad, los que no tienen la vida en sus manos. Y sólo se puede volver a empezar tras la reconciliación, es decir, hace falta pedir perdón y reparar el mal.

Decía Ernest Hello que:

El lenguaje cristiano designa con una palabra enérgica el dolor por el pecado. Esta palabra es contrición, que significa dilaceración. Si el hábito no lanzara sobre las cosas el velo ceniza de la indiferencia, los hombres serían singularmente conmovidos por esa magnífica palabra. Pero he aquí lo que quería decir: la contrición es llena de alegría. La dilaceración del corazón es más deliciosa que las cosas más anheladas. No hablo de vagas delicias de ciertos sentimientos que se asemejan a sueños, delicias estériles y debilitantes. Las delicias de que hablo son realidades fortificantes, activas, fecundas. Son alegrías que llevan a la acción.

Y la acción es volver a empezar después de la caída y de la contrición. Pero volver a empezar con la conciencia de la debilidad, gracias a la cual siempre se puede reconocer la posibilidad de caer otra vez y la necesidad del perdón. Quitarle a un hombre la oportunidad de arrepentirse es quitarle la esperanza de volver a ser hombre.

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental