Domingo XX de Pentecostés

Evangelio del día. Domingo XX de Pentecostés. Santa Misa Tradicional

Evangelio de San Juan, IV

“Fue, pues, otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había un cortesano cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando él oyó que Jesús había vuelto de Judea a Galilea, se fue a encontrarlo, y le rogó que bajase para sanar a su hijo, porque estaba para morir.

Jesús le dijo: “¡Si no veis signos y prodigios, no creeréis!”. Respondióle el cortesano: “Señor, baja antes que muera mi hijo”. Jesús le dijo: “Ve, tu hijo vive”. Creyó este hombre a la palabra que le dijo Jesús y se puso en marcha. Ya bajaba, cuando encontró a algunos de sus criados que le dijeron que su hijo vivía. Preguntóles, entonces, la hora en que se había puesto mejor. Y le respondieron: “Ayer, a la hora séptima, le dejó la fiebre”

Domingo XX de Pentecostés. Meditación

“Un centurión cuyo hijo está moribundo, le pide a Jesucristo que venga a su casa para curarlo.”

Nos sorprende que Jesucristo reprenda a este hombre que le pide confiado y con fe que le cure a su hijo moribundo. Pero no le reprocha su petición con fe, sino más bien su fe imperfecta y su falta de confianza:
en efecto pide, pero él cree que el poder de Dios está limitado por la distancia y el espacio, por eso le insiste, “Ven a mi casa a curarlo.”

Ntro. Señor Jesucristo le reprocha: “Si no veis señales y prodigios no creéis!” ¿De dónde viene esa gran debilidad de no saber confiar en Dios totalmente?

La confianza depende directamente de la virtud de la Esperanza, Spes. Es una de las tres virtudes teologales, junto con la Caridad y la Fe, que son imprescindibles para salvarse.

Se puede tener alguna imperfección, no tener la virtud de la paciencia o de la templanza, etcétera; pero de las tres virtudes teologales no puede faltar ninguna de ellas.

A pesar de ser algo tan simple, la Confianza en Dios, ¿por qué es tan difícil practicarla a la perfección? Sencillamente porque es la más humillante. En general, no tenemos inconveniente en aceptar la necesidad de la caridad y la importancia de la fe.

Pero, confiar en todo, en todo momento en Dios, totalmente, sin reservas y en ocasiones sin comprender nada… es muy humillante para una inteligencia orgullosa que quiere explicaciones de todo y comprenderlo todo.

Si no fuese tan importante la Confianza total, Jesucristo no se lo hubiese reprochado al centurión; de hecho, cuando finalmente aquel hace ese acto de confianza sin límites, Él le responde: “Márchate que tu hijo ya está curado”.

A muchos santos fundadores y a otros, les sucedió en varias ocasiones en la cual necesitaban una gran cantidad de dinero o medios para calmar el hambre de sus pobres y que de una manera súbita e inesperada aparecía cubierta la necesidad, o llegaba de alguna manera inexplicable la cantidad necesitada.

Reconocemos bien la importancia de las tres virtudes teologales, pero la mayoría de los creyentes tendemos a pensar que la tercera, la Confianza, no es tan grave, ni tan importante y ese pensamiento es un grave error. Hay muchas almas en el purgatorio porque en su vida terrenal no confiaron totalmente en Dios.

Y muchas almas en el infierno porque en sus vidas y sobre todo al final de las mismas cayeron en la desesperación. He aquí el por qué se nos pide, por medio de los mismos Santos, que recemos todos los días por la gracia de la perseverancia final.

Cuando N. S. Jesucristo nos dice en el Evangelio, que “Si no nos volvemos cómo niños, no entraremos en el reino de los cielos,” San Mateo XVIII, 3, se refiere a recobrar la inocencia y con ello también se refiere a que los niños CONFÍAN ciegamente y totalmente en sus padres, sin preguntar, sin dudar, con toda sencillez: simplemente confían y obedecen. Esta es la razón por la cual no le damos casi importancia a la virtud de la Esperanza, porque es humillante para nuestro orgullo que pretende siempre pedirle cuentas a Dios, “¿por qué tengo que hacer esto o aquello?”, “¿por qué no mejor a mi manera?” “como no lo entiendo pues no obedezco…”

Es verdad que según la teología católica, la obediencia ciega no es católica. Pero en el caso de Dios es totalmente diferente, es el único caso en el cual sí se le puede y debe dar una obediencia ciega, como nos lo enseña el catecismo: ”porque Dios no puede engañarse ni engañarnos nunca.

San Pío X tuvo que hacer un gran acto de confianza en la Providencia y pidió hacerlo a todo el pueblo galo, cuando el gobierno francés francmasón le robó todas las propiedades, iglesias, monasterios y seminarios a la Iglesia Católica. Y, sin embargo, la Iglesia siguió siempre adelante sin faltarle nada. Finalmente el Papa santo declaró: “Nos robaran todas nuestras propiedades e iglesias, pero la Iglesia conservará su libertad.” Realizando así un acto heroico de confianza en la Divina Providencia.

La Confianza total y ciega en Dios humilla mucho nuestra inteligencia y duele mucho a nuestra soberbia, pero perfecciona la Caridad y la Fe.
Debido a una mala formación se nos ha dicho a menudo que la obediencia “es lo más importante,” eso contradice nuestra fe, porque la teología siempre nos ha enseñado que la obediencia debe estar sujeta a las tres virtudes teologales: Caridad, Fe y Esperanza. Nadie en nombre de la obediencia nos puede obligar a ir en contra de ellas, porque entonces sería una falsa obediencia, sería idolatría.

El golpe maestro de satanás en la actualidad, es que mucha gente ha dejado de obedecer a Dios por “obediencia” a los hombres.

Es necesario obedecer antes a Dios que a los hombres.” San Pedro. Hechos, IV, 19.

En una revelación de Nuestro Señor a Santa Matilde le comunicaba: “Es para mí un gran placer que los hombres esperen de mi grandes gracias. Ayuda mucho al hombre confiar mucho en mi y esperar mucho de mi.”

Y a Sor Benigna de la Consolata: “¿Sabes cuales son las almas que más les aprovecha mi bondad? Las que me tienen más confianza. Las que más confían son las que más gracias se llevan de mi. Si quieres agradarme, confía en mí, si quieres agradarme más, confía aún más; pero si quieres agradarme inmensamente, confía inmensamente en mi; has de saber que nunca podrás confiar en mí tanto como lo desea mi corazón.”

Y San Juan de la Cruz nos dice: “¡Oh esperanza del cielo, que tanto alcanzas cuanto esperas! Pues siendo Dios tan generoso y riquísimo, que más desea el darnos que nosotros recibir sus grandes gracias. Y le atamos de manos para darnos cuando con nuestra falta de confianza.”

Y en las pruebas que Dios nos pone y nos pondrá en el futuro para probar nuestra confianza en Él:

Hay que saber esperar contra toda esperanza!” San Pablo. Romanos, IV, 18.

Ave Maria.

P. Ricardo Ruiz+

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Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruíz: 1980 Filosofía y latín en el Seminario Ntra. Señora Corredentora de Buenos Aires; 1986 Teología, Francés en Suiza; 1988 Ordenación sacerdotal, Seminario San Pío X, Suiza; 1988 Primer apostolado de parroquia en San Nicolás du Chardonnet, París, Francia; 1988-1990 Misión Parroquial en Mexico; 1991 - 2000 Madrid. España; 1996-2000 Exorcista "Ad Actum" en Valencia; 2000 - 2001 Parroquia en Wausau, Wisconsin, EEUU; 2000-2001 Capellán Hermanas del Corazón Real de Jesús. María Alm, Austria; 2002 - 2006 Capellán de convento Hermanas De La Presentación, Iowa, EEUU; 2006 - 2018 Casa De Retiros San José. Madrid, España.