Con dos piernas, un artículo de Gilmar Siqueira

Hombre vivo. Con dos piernas, un artículo de Gilmar Siqueira

Cuántas personas hay en el mundo que no saben cómo es un hombre, porque no han muerto nunca de repente, ni siquiera se han quemado los ojos para llegar a enamorarse de una mujer, ni han dado nada sino harapos, dividendos y contaminaciones. (Luis Rosales. Alguien llama a la puerta.)

Vivimos bajo el permanente peligro de creer que la vida es lo que pensamos de ella, lo que sentimos en determinados momentos, lo que vemos en la porción diminuta del ambiente que nos tocó vivir y lo que oímos de las historias de nuestros mayores.

Y en cierta medida verdaderamente es así; pero no totalmente. Nuestros sentimientos y fracasos, sin embargo, tienen el poder de cegarnos para otros elementos – curiosamente los más importantes – de la realidad. Así una amarga decepción es capaz de hacernos creer firmemente que la vida no tiene sentido y que todo es oscuro, feo y terrible. De alguna manera erigimos un monumento fúnebre a nuestro fracaso hasta el punto de convertirlo en toda una visión – pervertida – del mundo. Por otro lado, cuando nos enamoramos, por ejemplo, toda la vida parece cobrar un nuevo color y un sentido especial a la vez: porque nos parecería imposible que en un mundo vacío de sentido pudiera vivir el ser amado. ¡Esto sería una profanación! Entonces, nos preguntamos, ¿cuál de las dos visiones es la correcta?, si es que hay tal cosa.

Creo que si dijera sencillamente que las dos son complementarias el lector me abandonaría ya en este párrafo con la impresión de que no dije nada de nuevo. ¡Y tendría razón! Incluso yo haría lo mismo.

Pero, tomando los dos ejemplos por los cuales he empezado, diré que el del enamoramiento tiene algo que le falta al del fracaso: la salida de uno mismo. El enamorado, por el simple hecho de serlo, mira hacia afuera, no sólo a la amada sino a todo el mundo, aunque muchas veces intente hacerlo desde los ojos de la amada. Pero no entraremos en ello. Lo que pasa es que al enamorado le fascina el mundo porque precisamente de él ha venido su amada; entonces admira. Y, como decía Pieper, la filosofía empieza con la admiración.

Sin embargo, me dirá el lector, un hombre fracasado también mirará al mundo y, de alguna manera, saldrá de sí mismo. Pero yo creo que es todo lo contrario: el fracasado mira al mundo desde sí mismo y de su fracaso; y lo ve como algo hostil, de que tiene que ocultarse; así se replegará en una concha y pasará a vivir no más que de sus pensamientos ensombrecidos.

Con el paso del tiempo la visión oscurecida de la vida formará parte de su misma personalidad y él creerá firmemente que nada de bueno puede venir desde fuera.

Ahí está la trampa: buscará cobijo en sus pensamientos y precisamente ellos harán con que se vuelva más mezquino y replegado en su concha porque, en lugar de brindarle algún alivio, sus pensamientos siempre dejarán presente la memoria de su fracaso o desdicha. Y es así como se forja un loco:

La locura no llega por el hecho de evadirse, sino que por sucumbir; por instalarse en algún sucio y pequeño círculo de ideas propias; por ser amansado.

Eso lo dijo Michael Moon, personaje de la novela Manalive, de Chesterton.

Él, como todos los personajes que Chesterton nos presenta al inicio de la novela, está contaminado por la locura de vivir en su cabeza y no en la realidad. Por eso ellos no pueden ser felices: porque no tienen nada que admirar. La verdad es que Michael Moon me cayó muy bien por ser el cínico – o, si se quiere, el bohemio – del grupo. El hombre que, según se decía, vivía salvajemente y satisfacía a sus placeres (qué es precisamente lo que dicen los puritanos mientras se queman por dentro deseando lo mismo); Moon decía, sin embargo, que la civilización le había amansado:

“Si has escuchado que soy un salvaje, puedes contradecir el rumor” – dijo Moon con una extraordinaria calma – “Yo estoy amansado. Estoy bastante amansado. Y con esto me refiero a que soy la bestia que se arrastra más amansada. Bebo mucho del mismo whisky al mismo tiempo cada noche. Es más, bebo demasiado casi la misma cantidad. Voy al mismo número de tabernas y me encuentro con el mismo número de condenadas mujeres con los rostros color malva. Escucho el mismo número de historias cochinas, y generalmente son las mismas sucias historias. Usted puede asegurar a mis amigos, Inglewood, que tiene al frente suyo a una persona a quien la civilización ha amansado”.

Sí, estaba amansado, es decir, enloquecido. Y así estaban todos hasta que llegó Innocent Smith.

Él era un tipo muy alto que llegó corriendo por su sombrero que le había escapado e incluso escaló un árbol para coger otro que había llevado el viento. Smith, según se rumoreaba, estaba loco. Y eso parecía por la manera como hacía las cosas y como se fascinaba con ellas. Siempre se entusiasmaba por todo. ¡Qué tipo más raro!

Pero, poco a poco, su rareza fue contaminando a los demás, que parecían vivir en un sueño. Sin embargo, esa alegría también no tardó mucho en marchitarse: supieron que Smith seducía mujeres, entraba en casas por la noche y hasta llegó a tirar contra un exprofesor suyo de la facultad. Moon no lo creyó en absoluto y se puso a defender Smith. Entonces, allí mismo donde estaban, hicieron un juzgado para averiguar qué era lo que había hecho Innocent Smith. Resultó que le había salvado a la vida a su exprofesor, la casa que invadía por las noches era la suya y la mujer que constantemente “seducía” y “raptaba” también era su esposa.

Claro que no contaré aquí todo el enredo de la novela. La verdad es que lo hago de una manera bastante cruda y absurda para que al lector le parezca tan rara que no se resista a leerla. Aquí me centraré en el episodio de Smith con su exprofesor.

Innocent Smith, en sus tiempos de facultad, vivía también completamente ensimismado y triste. Una noche fue a buscar uno de sus profesores, hombre que tenía fama de sabio, para pedirle consejos. El profesor, que era un pesimista, comenzó a perorar que la existencia era una crueldad y que la auténtica misericordia sería que alguien nos quitara la vida. Escuchando a ese cantamañas, Smith, que por entonces tenía casi las mismas ideas, sacó una pistola y comenzó a disparar contra el “sabio” profesor. El hombre se echó a correr y gritar como un niño, mientras que Smith decía que le brindaría con la misericordia que anhelaba.

Cuando sus piernas ya no aguantaban el esfuerzo, imploró por la vida y el joven vio que realmente le apenaba la muerte porque no deseaba abandonar las cosas a su alrededor, las quería. Entonces Smith le hizo abjurar de sus ideas e incluso le agradeció: le dijo que, si hubiera aceptado la muerte como pregonaba, él también se habría quitado la vida después.

A partir de ahí Smith descubrió que estaba vivo. Fue cuando le mandó a su amigo Arthur Inglewood el telegrama en que decía: “hombre encontrado vivo con dos piernas”. ¡Sí, estaba vivo, verdaderamente vivo, y tenía sus dos piernas! ¿No es admirable? Por cierto, fuel Michael Moon quien acabó por comprenderlo mejor:

La declaración de principio de Smith puede ser simplemente esta: se rehúsa a morir mientras aún esté vivo.

En cada schock eléctrico al intelecto, él busca recordarse a sí mismo que todavía es un hombre vivo caminando sobre dos piernas por el mundo. Por esta razón, él dispara balas a sus amigos; por esta razón, él dispone de escaleras y chimeneas colapsables para robar su propia propiedad; por esta razón él marcha con pasos de plomo alrededor del planeta para volver a su propio hogar; por esta razón él ha tenido, con la mujer que amó, una permanente fidelidad¸ y a su vez la ha abandonado (por así decirlo) en las escuelas, en las pensiones y en los establecimientos comerciales, de modo que así él podía recuperarla con una intrépida y romántica fuga. Procuró seriamente una perpetua recaptura de su propia novia, para mantener vivo el sentido de su perpetuo valor y el riesgo que traía consigo correr por su amor.

Y la frase que todos ya hemos leído en facebook también es de Michael Moon sobre Innocent Smith:

Él había quebrantado las convenciones, pero había guardado los mandamientos.

Tras descubrir su propia vida, Smith decidió vivirla y admirarla como un auténtico milagro. Le pareció tan impresionante que las cosas y él mismo existieran sin más, que vivir replegado en sí mismo sería la más grande de las locuras. Y así fue feliz. Yo, sin embargo, como Michael Moon, no puedo abandonar como si nada la idea de la tragedia; por eso terminaré con sus palabras:

Personalmente siento como si el hombre hubiera estado ligado a la tragedia, y como que no había un camino de salida a la trampa de la vejez y de la duda. Pero sí había un camino de salida, por Cristo y San Patricio, y es el camino de salida. Si uno pudiera permanecer tan feliz como un niño o como un perro, sería como ser tan inocente como un niño y tan libre de pecado como un perro.

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Gilmar Siqueira

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Feo, católico y sentimental