Bernadette Soubirous ¿Quién es?

Quien es Bernadette Soubirous. Un artículo de Rosa Jordana.

Bernadette Soubirous

Quien es Bernadette Soubirous-Marchando ReligiónSabemos muchas cosas de Bernadette. Las Apariciones de Lourdes no dejaron a nadie indiferente, ni entre los conciudadanos de Bernadette ni entre los franceses -el hecho tuvo una repercusión inaudita hasta entonces en Francia y mucho más intensa que la que tuvieron apariciones precedentes-. Desde el principio, consciente o inconscientemente, se percibió que se estaba ante un hecho importante. Las reacciones fueron diversas. La Iglesia decidió ignorarlas, posicionarse en contra, incluso, y esperar, para no ser acusada de ser el origen del fenómeno.

En Lourdes se vivió una ola de fervor que invadió a la mayoría de la población y que atribuyó actitudes y hechos a Bernadette de cariz místico y piadoso absolutamente exagerados y hasta falsos. También opinaron y dejaron su marca en la historia los ateos que, en la ya laica Francia, tenían un buen predicamento y que se conjuraron unánimemente en propagar la imagen de una Bernadette guiada por los sacerdotes y víctima de histeria y otros trastornos que la llevaban a fabular.

Las autoridades policiales y gubernativas que interrogaron a la niña dejaron actas de ello, que constituyen documentos de gran valor para conocerla. Y luego estaba la prensa que ya tenía un papel influyente en el siglo XIX y que se hizo eco de los hechos. Hasta Emile Zola, se inmiscuyó en el asunto manipulando datos a su antojo. Todos los historiadores tienen en común el haber tenido que discernir entre estas fuentes para acercarse a ella.

La persona que más ha escrito sobre Lourdes es René Laurentin (Tours, 19/10/1917-París, 10/09/2017), teólogo y experto en las Apariciones de Lourdes.

Del Padre René Laurentin proceden muchos datos.

Pero se puede uno documentar en el mismo Lourdes, en otros autores (Pierre Pene, Vittorio Messori, Jean Paul Lefebvre-Filleau…) y hasta en la propia Bernadette que, aunque poco, algo dejó escrito (cartas y un cuaderno llamado “Notes Intimes”). Además, en 2008, nombraron rector del Santuario al P. Horacio Brito, que ha contribuido, con gran rigor, a la divulgación de apuntes históricos sobre Bernadette. Y en la propia ciudad de Lourdes se han editado revistas con distintos planteamientos: históricas, fotográficas, religiosas… A veces emergen novedades donde uno menos lo espera.

Así pues, surgen ya dos preguntas que hay que responder antes de entrar de lleno en el relato de las apariciones. La primera es ¿quién era Bernadette? Y la segunda es ¿cómo era?

En este artículo intentaré responder a la primera y dejaré para el próximo la segunda.

De momento, conoceremos a la niña hasta el momento de las apariciones. Y dejaremos para más tarde la aproximación a la Bernadette adulta.

Nació en el Molino de Boly. Este era el último y el mejor de los cinco molinos que había en el curso del riachuelo Lapaca. Se puede visitar hoy en día, restaurado, y está muy cerca de la puerta de Saint Michel del Santuario. Sólo hay que cruzar el puente del mismo nombre y, acabado este, descender por una calle con fuerte pendiente situada a mano derecha.

Allí, perpendicular al Quai Saint Jean, empieza una tortuosa callejuela (Rue Bernadette Soubirous) en la que muy pronto se encuentra el molino. Este fue adquirido por los abuelos de Bernadette, Justin et Claire Casterot, quienes lo hicieron prosperar hasta que Justin murió en un desgraciado accidente de carreta. Dejó viuda y cuatro hijas. Claire nunca se había ocupado del molino y, aunque desbordada, tardó casi dos años en llegar a la conclusión que era imposible para ella continuar con el negocio familiar. Urgía encontrar un molinero que se casara con su hija mayor, Bernarde. El mejor molinero soltero que se presentó fue François Soubirous. Venía con la fama de ser muy bueno en su oficio, tenía ya treinta y cuatro años y buscaba esposa.

El problema surgió cuando no se pudo seguir con la tradición de casar primero a la hija mayor puesto que François se fijó en la segunda hija, Louise. Claire, disgustada, no pudo torcer la voluntad de los dos enamorados, a pesar de la humillación que esto suponía para su primogénita. La necesidad de un molinero condicionó la elección de heredera del molino.

François y Louise se casaron el día 9 de enero de 1843.

La vida se anunciaba bella, sin ninguna nube en el horizonte para la nueva familia Soubirous que, el 7 de enero de 1844, fue bendecida con el nacimiento de su primera hija a la que se llamó Bernarde -en honor y desagravio de su tía del mismo nombre-. Pero, para evitar confusiones, se la llamó Bernadette, desde el primer día. Fue bautizada dos días más tarde y sus padrinos de bautizo fueron su tía Bernarde -nuevo gesto conciliador- y un sobrino de François, Jean Védére.

El primer contratiempo vino cuando Bernadette era una bebé de diez meses. Su mamá estaba de nuevo embarazada y, cansada, se durmió cerca de la chimenea. Saltó una ascua del fuego y prendió su corpiño causándole una quemadura importante en el pecho. Eso iba a impedir amamantar a la niña por lo que tuvieron que buscar una nodriza. Casualmente, en Bartres -a cuatro km.- Marie Laguës, de la maison Burg, acababa de perder a su bebé y fue quien se hizo cargo de la niña por cinco francos al mes. Bernadette no volvería a su casa hasta el primero de abril de 1848.

Nuevamente en el Molino de Boly, se encontró con una hermanita, Toinette, que había reemplazado al pequeño Jean muerto con apenas dos meses de vida, y a su mamá nuevamente embarazada de un niño que nacería a finales de ese año. La casa se hacía pequeña para tantos y Claire Casterot y sus dos hijas pequeñas se mudaron al centro de Lourdes, a la casa del flamante marido de Bernarde, con negocio de fonda incluido. La dote y el arreglo de la nueva casa dejaron mal las finanzas de los molineros de Boly.

El molino quedó totalmente a cargo de los Soubirous, justo cuando se empezaban a vislumbrar tiempos de escasez.

La máquina de vapor hacía los molinos más rápidos, eficaces y no dependientes de la meteorología. Contra eso, los Soubirous atendían fiando su trabajo y no siempre acababan cobrando, también obsequiaban a sus clientes con buñuelos (la especialidad de Louise) y un vaso de vino siempre caro; François perdió un ojo cuando se le clavó una astilla mientras afilaba las ruedas del molino; y, por si eso fuera poco, el antiguo propietario del molino les reclamó, con sus atrasos, una cláusula que impuso al venderlo: una renta anual o un cerdo. Esa condición era desconocida para los Soubirous puesto que nunca la habían visto cumplir.

Perdieron la propiedad del molino al no poder satisfacerla.

En realidad, fue la gota que colmó el vaso y que les inició en la pendiente de la ruina. Bernadette tenía diez años y medio cuando abandonaron la casa en la que nació y se mudaron, provisionalmente, a la maison Laborde mientras François buscaba un nuevo molino.

En octubre de 1855 Bernadette contrajo el cólera, víctima de una epidemia que sacudió Lourdes. Lograron salvarle la vida pero su salud, ya frágil a causa del asma que padecía desde los seis años, ya nunca más se recuperaría del todo. Ese año murió Claire, la abuela de Bernadette. Al hacer el reparto de la “herencia”, a los Soubirous les correspondieron novecientos francos. Lo suficiente para alquilar el molino Sarrabeyrouse, en Arcizac-ès-Angles, a cuatro km de Lourdes.

El experimento duró poco y, al primer vencimiento, los Soubirous tuvieron que regresar a Lourdes. Vivieron en un cuartucho en subarriendo, en el número 14 de la Rue du Bourg. François pasó de molinero a bracero y Louise también tuvo que ponerse a trabajar. Así las cosas, era Bernadette quien se ocupaba de sus hermanos pequeños, Toinette, Jean-Marie y Justin. Era imposible para ella ir a la escuela. Eventualmente ayudaba en la fonda Nicolau, negocio de su tía Bernarde, situada en la esquina de lo que hoy es la Rue de la Grotte con la Rue du Bourg.

Con todo, el trabajo agrícola escaseaba en Lourdes y se concentraba en la temporada de cosecha.

Entre 1855 y 1857 hubo una gran sequía en todo el país y las cosechas disminuyeron en extremo. Ni François, ni Louise, conseguían reunir lo necesario para pagar el alquiler y alimentarse.

Pronto tuvieron que abandonar su último hogar. Por fortuna, el primo Sajous era propietario de la antigua cárcel: un edificio pequeño, en la Rue Petits Fossés, con una vivienda principal que ocupaba él mismo y su familia, en el primer piso, y un calabozo en la planta baja. Se lo cedió. Era una habitación infecta e insalubre con dos ventanas que daban a una especie de patio con letrinas. Llegaron allí sólo con un baúl. Los jornaleros que habían ocupado ese lugar habían dejado parásitos. Aquello era la miseria. El día que nadie contrataba a François, no se movía de la cama para no tener hambre.

Bernadette enfermaba de asma cada vez más frecuentemente en aquel antro malsano.

Su salud era muy precaria y su estatura se resintió. Tenía trece años pero apenas aparentaba diez. Jamás superó el 1,40 m. Parecía que nada podía empeorar, pero sí. Una noche de marzo de 1857, dos sacos de harina desaparecieron de la casa del panadero Maisongrosse. Sólo unas huellas de zapato -marcadas sobre harina derramada- podían delatar al ladrón pero al señor Maisongrosse no se le ocurrió que pudiera haber alguien más necesitado en Lourdes que François Soubirous y le acusó. Le había contratado y conocía bien el estado calamitoso de la familia.

Detuvieron a François y estuvo ocho días encarcelado. Al final, alguien que en su día se había encargado de cotejar las huellas de los zapatos dejadas sobre la harina con los zapatos de François, consiguió que el procurador dijera que “no había lugar” para mantener esa detención. No se pudo evitar, sin embargo, que las habladurías recorrieran la villa y se resintiera la reputación de los Soubirous. 

Sólo la unión de los esposos, su fe y su fortaleza anímica les permitió seguir adelante. En efecto, cada noche rezaban juntos el Rosario. Esta era la única oración que conocía Bernadette. Rezaban en francés, una lengua desconocida para la niña. Conocía, aunque rudimentariamente, el significado de las palabras en las que rezaba.

La obsesión de Bernadette era hacer la Primera Comunión pero ni iba a la escuela ni al catecismo.

Imposible, pues. En septiembre de 1857, una propuesta de Marie Laguës, la alejo de los suyos y de Lourdes. Su ex nodriza la necesitaba para ayudarle en casa y como pastora de un rebaño de ovejas. Se comprometía a ser ella misma quien le enseñara el catecismo. Pero una vez en Bartres, el trabajo de sirvienta, combinado con el de pastorcilla, se le acumulaba a Bernadette y sólo por la noche, madame Marie tenía un rato para ella. Le hacía recitar el catecismo en francés. Obviamente, resultaba inútil. Memorizaba tres o cuatro palabras y ya no sabía seguir.

Empezaban de nuevo y lo mismo. “Eres demasiado tonta” era lo menos ofensivo que tenía que oír. Por otra parte, la alimentaban con pan de maíz, que su pobre estómago no lograba digerir, y pasaba las noches llorando.

Un pensamiento la sosegaba “Cuando Dios lo permite, no hay que quejarse”.

Su padre, François la visitaba a menudo y Bernadette le reclamaba ardientemente volver a Lourdes para hacer la Primera Comunión. Y François entendió que se estaba exigiendo demasiado a su hija mayor.

El domingo 17 de enero de 1858, Bernadette volvió a Lourdes, oficialmente para visitar a sus padres, pero ya no regresó a Bartres. Volvió al “cachot”, a la miseria más absoluta, y también al amor de los suyos. Su madre se decidió a inscribirla a la escuela para niños pobres que tenían las Hermanas de Nevers. 

Durante su estancia en Bartres, su hermana Toinette había aprendido a ocuparse de los pequeños.

Mientras el ingreso en la escuela se gestionaba, la rutina en casa de los Soubirous era la misma: François y Louise trabajaban el día que podían y los niños sobrevivían en ese mísero habitáculo. De allí partió Bernadette, junto a Toinette y su amiga Jeanne Abadie el jueves 11 de febrero, a las once de la mañana, para ir a buscar leña. Tuvo que vencer la resistencia de su madre que temía sus frecuentes ataques de asma. Fueron, por primera vez en su vida, a Massabielle. Le esperaba la Santísima Virgen.

Rosa Jordana

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Rosa Jordana

Rosa Jordana

Rosa Jordana: Licenciada en Ciencias de la Educación. He trabajado con niños y para niños. Mi pasión es Lourdes, donde peregriné por primera vez con diez años y no he dejado de hacerlo. Mi ilusión es que peregrinemos allí, Vds. y yo juntos cuando nos encontremos en estas líneas. Nos espera la Santísima Virgen